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La solidaridad de los chilenos

por 15 junio, 2002

El día de la Teletón volverá con un exitoso Don Francisco, o la campaña del Hogar de Cristo con su "Cena de Pan y Vino". La Iglesia Católica nos recordará el deber de contribuir. Las Damas de Rojo o los Bomberos harán su colecta, a la que concurriremos generosos con monedas de cien pesos. Bien, muy bien por la solidaridad del chileno. ¿Pero no será un poquito poco?
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Los chilenos nos declaramos solidarios. Lo hemos ratificado en el último informe del PNUD "Nosotros los chilenos". Se trata de un discurso inmemorial que viene desde el nacimiento de la nación. En un país donde la pobreza y la distancia todo lo hace difícil y en el que la naturaleza es tan pródiga en belleza y fertilidad como cataclismos, los chilenos hemos aprendido a hacernos hermanos en el dolor.



Sin embargo, los chilenos también nos declaramos cada vez más individualistas y egoístas. Sabemos que en caso de agresión nadie concurrirá a ayudarnos y que más vale desconfiar del vecino. Nosotros los chilenos sabemos que en una sociedad de mercado cada cual se rasca con sus propias uñas.



La contradicción es propia de los cambios que vivimos. Individualismo producto de una sentida demanda por ser autónomos y libres. Individualismo en un mundo en que la esfera pública disminuye y nos privatizamos cada vez más en el consumo y el trabajo volcado al mercado competitivo. Pero solidaridad, porque los seres humanos somos gregarios y sabemos que solos no seremos felices. La soledad impuesta molesta y de tiempo en tiempo revienta en solidaridad.



La Teletón, las cadenas de compasión a propósito de los temporales de invierno o terremotos crean verdaderos carnavales de caridad. Otras veces es la agresión colectiva en contra de un enemigo público difuso, pero que nos une en el odio o en el medio. El delincuente nos hace solidarizar con la víctima y anhelar el castigo.



Cuando la selección nacional de fútbol venció a la del Perú, el nacionalismo sobrecogía en el Estadio Nacional. Y nuestras figuras deportivas, otrora exitosas, nos unen en el orgullo. En ese momento todos nos identificamos con el pabellón nacional y con el himno patrio.



El problema está en que la Teletón, el temporal, la victoria deportiva o el odio común al enemigo público pasan muy luego. Ese sentimiento intenso de solidaridad, de ser uno en el dolor y en la alegría, se disipa. Y cuando volvemos a las preocupaciones cotidianas las cosas siguen igual: mucha soledad y mucha competitividad.



Peor aún es cuando sentimos la posibilidad que podía haber una comunidad a la cual abrazarse, seguida por el despertar de la rutinaria soledad que nos abruma aún más. Y queda en el ambiente algo como un ligero olor a hipocresía y mentira.



Estamos discutiendo una reforma que pretende garantizar la salud como un derecho de todos. Los temporales han desencadenado una avalancha de solidaridad. Los jóvenes de las campañas Un Techo para Chile o Trabajo para un Hermano nos piden su aporte solidario en el avión de la monopólica Lan.



El día de la Teletón volverá con un exitoso Don Francisco, o la campaña del Hogar de Cristo con su "Cena de Pan y Vino". La Iglesia Católica nos recordará el deber de contribuir. Las Damas de Rojo o los Bomberos harán su colecta, a la que concurriremos generosos con monedas de cien pesos.



Bien, muy bien por la solidaridad del chileno. ¿Pero no será un poquito poco?
Si de verdad fuésemos solidarios la extrema pobreza en Chile podría ser erradicada, la indigna pensión de vejez olvidada, la desigualdad que golpea al niño del colegio municipal eliminada, la muerte prematura e injusta del poblador que no tuvo acceso a la salud del barrio alto evitada, el desempleo que lanza a la miseria al jefe de familia aplacado. El temporal contemplado por ojos alegres de los niños del barrio popular con la alegría que dan el pan, el techo y el abrigo, ese en el que soñaba don Pedro Aguirre Cerda.



La solidaridad de verdad pasa por construir en los próximos diez años las bases de un Estado de Bienestar. Chile puede más, porque ha crecido económicamente por de esfuerzo de todos y porque somos solidarios. Si los productores de vino han multiplicado varias veces el volumen de sus exportaciones en democracia, ¿no es el momento de acabar con toda queja pequeña y meter la mano en el bolsillo?



Si las isapres han tenido ingresos sistemáticos por más de 500 mil millones de pesos anuales, ¿no es el momento de la justicia social? Si las empresas chilenas pagan uno de los impuestos a las utilidades más bajos del mundo, ¿no ha llegado el momento de la bendita solidaridad?



El Estado de Chile y su gasto social deben crecer. No hay vuelta que darle. Sobre todo si pensamos en el envejecimiento de la población que exigirá más salud y previsión social. Sinceremos el debate. Chile está lejos de ser un país caracterizado por una alta intervención del Estado en la economía. Las cifras nos muestran que en países de la UE como Suecia, Francia, Italia, Holanda, Alemania, España y Reino Unido, el gasto público como porcentaje del PIB representa valores de 62.3 por ciento, 54.2 por ciento, 53.6 por ciento, 48.7 por ciento, 47.9 por ciento, 42.2 por ciento y 41 por ciento respectivamente, en Chile este es sólo del 23.3 por ciento.



Incluso en la cuna del capitalismo, EE.UU este porcentaje es del 31.6 por ciento.



Cuando se produjo la reunificación alemana, la gran nación del norte sabía que había que pagar un precio. La pobreza se había disparado a más de un veinte por ciento ante el retraso de la Alemania comunista. Un gobierno moderado como el de Kohl declaró que "estos son los problemas que los alemanes habíamos querido tener". Y que la solidaridad tenía un precio. Se alzaron los impuestos y se realizaron activas políticas redistributivas. La pobreza cayó al 2.7 por ciento en 1992.



Los alemanes de 1989 hicieron lo que los de 1949. Tras la Segunda Guerra Mundial su líder declaró que no existían alemanes de buena suerte que habían sobrevivido la guerra con casa y alemanes de mala suerte cuya propiedad había sido destruida por una bomba. Todos eran alemanes con derechos, deberes y punto. La economía social de mercado supuso un Estado de Bienestar fuerte. Los alemanes sabían lo que Alberto Hurtado predicaba: hay que dar hasta que duela.



La solidaridad de verdad supone un precio para nosotros los de altos ingresos: impuestos.



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