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La forma de combatir la demagogia de Lavín

por 20 junio, 2002

Hago estos análisis con la debida antelación, mucho antes que comiencen los actos de chantaje dirigidos hacia la izquierda no gubernamental para que acudamos al salvataje del barco de la Concertación.
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Numerosos analistas han señalado que en la política actual la imagen ha reemplazado a la palabra, o lo que equivale a lo mismo, que el spot o la aparición centelleante y puntual en la televisión ha sustituido al discurso. La política ha abandonado el campo del logos para devenir en espectáculo, una pura representación y puesta en escena.



Aparecen una multitud de panegiristas de la política centrada en la imagen y el marketing, de una política vacía de contenidos o con contenidos sumarios.



Es un lugar común de la época cantar loas a la política desideologizada, como si fuera el ideal a seguir. No se toma en cuenta que una política alejada del logos, del discurso que formula un proyecto de país y que elabora un sistema ideológico que lo fundamenta, facilita la derivación hacia la irracionalidad: el primado de caudillos mediáticos o el éxito de los populismos demagógicos.



No me sorprende, por eso, el éxito que Joaquín Lavín ha tenido en Chile. Lo considero un producto del irracionalismo político, la expresión más conspicua del demagogo, aunque no sea el único de esa especie que contamina la política nacional.



Un demagogo es un político que a sabiendas y con un intencional despliegue de falsas razones manipula la credulidad de ciertos sectores con un bajo nivel de información política. El núcleo o elemento central de la demagogia de Lavín es la afirmación que el cosismo constituye un programa de cambios, argumento falaz que está destinado a aprovechar las incapacidades de la Concertación para ligar la cesantía, la pobreza, la mala atención de salud y la injusta distribución de ingresos con el modelo imperante de desarrollo.



La Concertación ha sido y es incapaz de establecer esas conexiones. No ha podido hacerlo porque eso la obligaría a mostrar que en el interior de este modelo socioeconómico no es posible realizar una política que beneficie de verdad a los sectores populares. Los límites de lo posible los define en la actualidad el empresariado, que estigmatiza con bombos y platillos toda medida de orientación popular como una rigidización del mercado laboral o como una restricción de sus cuotas de ganancia.



Del mismo modo, semantiza esos efectos como un obstáculo para el crecimiento y el desarrollo, desplegando una capacidad asombrosa de convertir sus intereses particulares en la realización del interés general.



Lavín, al presentarse como el político de los cambios y al limitar esos cambios a puros ajustes, niega cualquier relación estructural entre el modelo neoliberal y la pobreza o la mala distribución de ingresos. Y esa negación la realiza a nombre de una verdad de carácter científico. Con esa operación de convertir en científico lo que proviene de juicios de valor impide que la democracia sea un lugar de deliberación sobre las finalidades que una sociedad elige. En eso consiste su demagogia: en revestir con el poderío de la verdad científica lo que en realidad es la opción por una forma de organización del capitalismo.



Por eso Lavín es un demagogo, pues presenta su programa de cambios como destinado a favorecer a los sectores populares y a luchar contra la pobreza. No le niego ni su intención ni su voluntad subjetiva de preocuparse por los pobres. Pero se trata de un puro verbalismo, porque Lavín no haría nunca lo que verdaderamente beneficia a los sectores populares, esto es, aumentar la capacidad de negociación de los asalariados con los capitalistas y fortalecer el movimiento sindical. Eso es lo único que les da armas a los trabajadores para tener éxito, y además les otorgaría autonomía frente a los políticos de cualquier signo.



Lavín quiere readaptar el modelo introduciendo modificaciones marginales que aumenten su eficiencia sobre la base de una creciente desregulación, y por tanto, de un mayor espacio para la iniciativa privada. Y presenta ese programa como una política de cambios con contenido popular, cuando lo que hará, en el mejor de los casos, es fomentar el clientelismo de los sectores pobres, su dependencia de los subsidios estatales. Demagogia pura.



Pero una cosa es considerar a Lavín como un demagogo y otra cosa es presentarlo como un neofascista. El demagogo es un tipo de político que perjudica seriamente el desarrollo democrático, porque engaña con falsas promesas y fomenta las dimensiones irracionales de la política. Pero esa demagogia no constituye en este caso una forma de fascismo.



En Chile el termino fascismo siempre ha sido usado siempre con criterio político más que teórico. Incluso la dictadura militar chilena, calificada orbi et urbi como fascista, nunca lo fue realmente. Una cosa es haber sido una dictadura terrorista del gran capital y otra muy distinta es haber sido una dictadura fascista. La dictadura chilena era terrorista por los medios usados, pero sus objetivos y su base de clase la diferenciaban del fascismo, porque no buscaba realizar una alianza entre el Estado y el gran capital nacional.



Su finalidad no era protegerse contra el capital internacional y crear un Estado nacional expansivo desde el punto de vista de la conquista de territorios y desarrollista desde el punto de vista económico. Su objetivo era instalar un modelo de desarrollo económico liberal que restringiera la intervención estatal e impulsara una plena incorporación dependiente de Chile en el sistema capitalista mundial.



Menos se puede calificar a Lavín como neofascista. Para eso tendría que ser partidario de una mayor injerencia del Estado en la economía y en la cultura, y de usar al Estado como protector de la burguesía nacional contra la internacional.



La lógica del fascismo es el fortalecimiento del estado-nación y la proyección imperial de un país que lucha por convertirse en hegemónico en el terreno geopolítico y económico. Lavín es un demagogo neoliberal que usa una retórica populista pero no es un neofascista. Tampoco es un militarista. El modelo de economía libre se reproduce en la actualidad sin ninguna necesidad de los militares. Un aumento de su injerencia, incluso la mantención de las atribuciones que hoy tienen, perjudica al modelo.



Los militares cumplieron un papel de mediación: pusieron la fuerza necesaria para resolver una crisis y empujar el proyecto de reestructuración. Hasta allí eran necesarios. Pero cuando esta nueva sociedad es capaz de autorreproducirse pasan a ser absolutamente disfuncionales cuando salen más allá de las puertas de sus cuarteles.



Por ello, el propio Lavín encabezó la operación de desligamiento. Los militares nostálgicos del círculo íntimo de Pinochet vieron traición en la frialdad que mostró durante la estancia en Londres, y más tarde, durante la realización del juicio de desafuero. En realidad no era demasiado leal y ni siquiera estético que el antiguo panegirista oficial de Pinochet, que lo había santificado en el libro La revolución silenciosa, hiciera mutis por el foro, pero era indispensable como acto absolutamente premeditado de realismo político.



Esto demuestra que para Lavín los militares son sujetos auxiliares, mientras que el empresariado es la clase sujeto de la historia.



Hago estos análisis con la debida antelación, mucho antes que comiencen los actos de chantaje dirigidos hacia la izquierda no gubernamental para que acudamos al salvataje del barco de la Concertación. En ese momento proliferarán sin duda las acusaciones contra Lavín como peligro neofascista o militarista. Seremos llamados a apoyar al candidato común o al más progresista de ellos, si la Concertación va separada, para evitarle a Chile ese peligro crítico.



Pero la oportunidad de derrotar a Lavín en realidad es ahora, aunque para ello se necesita que el gobierno de Lagos realice una política que no propenda a una simple reproducción del modelo y que resuelva problemas básicos, como el de la salud. En la orientación que adopte el Plan AUGE y en la forma de su financiamiento se juega el perfil del gobierno de Lagos y la posibilidad de diferenciarse de Lavín y de las soluciones que éste propone.



Para combatir la demagogia de Lavín se necesita enfrentarlo a cambios reales frente a los cuales tenga que pronunciarse. Es indispensable desnudarlo, mostrar que sus cambios no son tales, que sus políticas efectivas están orientadas a proteger a las isapres, los empresarios y las AFP, y no a los sectores de bajos ingresos o a las capas medias. Si no son capaces de poner ahora en evidencia la demagogia de Lavín, será inútil que vengan después a pedir el apoyo de la izquierda para evitar el peligro neofascista o militarista.



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