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¿Oposición ciega?

por 21 junio, 2002

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El debate en torno al SIES continua desarrollándose con fuerza, lo cual permite una mejor evaluación de los argumentos.



Por ejemplo, ha ido desacreditándose el argumento que con el cambio de la PAA —a fin de cuentas un mero instrumento— podría estar en peligro la libertad de enseñanza. En verdad, no se percibe qué conexión causal podría existir entre ambos fenómenos. Más bien se extiende la percepción que se trata de un planteamiento netamente ideológico, en el sentido más estrecho y negativo del término.



Por el contrario, como señala un reciente documento de trabajo de la FIDE, uno de los organismos más representativos de la enseñanza privada en Chile, éste "ha venido promoviendo fuertemente en sus establecimientos la construcción de una variedad de proyectos educativos, proyectos curriculares, planes y programas propios, gracias al proceso de descentralización y de los novedosos espacios de flexibilidad curricular que ha comenzado a abrir la reforma educacional".



Ä„Esa es la verdad! Hay crecientes espacios de flexibilidad curricular, mayor descentralización pedagógica y, por tanto, mejores condiciones que nunca antes para que los establecimientos definan sus propios proyectos educativos y planes y programas.



Por ahí se ha sugerido que el ideal sería que esa flexibilidad fuera absoluta, permitiendo a cada establecimiento disponer con entera libertad de su propio currículo. Así, por ejemplo, un liceo podría decidir que no va a enseñar matemáticas, y otro que en 12 años va a entregar lo que la escuela del lado enseña en 8 años. Ä„Adiós libertad de enseñanza! Ä„Viva la anarquía curricular! Ä„Y viva, además el sectarismo! Pues en esas condiciones habría un currículo para cada ideología con suficiente fuerza para imponerse a los profesores y alumnos: un currículo donde la historia de Chile se relata como una secuencia de triunfos militares y otro donde sólo aparecen las luchas populares; una enseñanza de las ciencias donde se niega la evolución y otra donde prima el más craso positivismo.



En realidad, no existe ningún país en el mundo, repito, ninguno, donde el currículo quede entregado al libre juego de la demanda y la oferta del dinero y las ideologías y donde los establecimientos puedan proceder según les da la gana.



Muy por el contrario: todas las sociedades definen un cuerpo común de conocimientos y destrezas —objetivos fundamentales y contenidos mínimos— que deben entregarse obligadamente a todos los alumnos, independiente de su origen social, su capacidad de pago, la voluntad de sus familias o las creencias religiosas o ideológicas del hogar.



En eso consiste, precisamente, el principio igualador y de integración social del sistema educacional. En otorgar a todos los niños y jóvenes una experiencia común del conocimiento; unas destrezas que los acercan al estadio ideal de las iguales oportunidades y competencias habilitantes para competir y compartir en sociedad.



En el otro extremo pareciera primar una visión utópico-individualista del currículo y la educación, donde ésta se hallaría sujeta nada más que a los privilegios del hogar, a la capacidad adquisitiva de la familia y a los diferenciales de socialización que marcan a fuego a los niños desde el momento de nacer.



Se trata, en realidad, de una regresión a la sociedad sin escuela; una suerte de idea aristocratizante y conservadora de la desescolarización. Sociedad, por ende, donde la única entidad formadora es la familia y la clase social, sin intervención de la escuela. Al contrario, la escuela nació, precisamente, para romper la ley de bronce de las desigualdades heredades y así otorgar a las naciones un principio no-adscriptivo sino meritocráctico de integración social.



Bien miradas las cosas, la propuesta aristocratizante —que ha vuelto a expresarse con alta voz en medio del debate en torno al SIES— ha sido siempre la misma: dejar atado el destino de cada cual a su cuna de origen. Y esto en nombre de la no intervención del Estado, del orden jerárquico, o de alguna (tenebrosa) amenaza sobre la libertad de opción de los hijos de la clase pudiente; aquellos a quienes el sociólogo Pierre Bourdieu estudió bajo el nombre de "los herederos".



¿Por qué, si no, hubo de imponerse mediante ley la obligatoriedad de la educación primaria?



Justamente porque la tesis aristocratizante de entonces no concebía que se pudiera emplear la educación para igualar oportunidades. La resistencia conservadora fue tan fuerte en este punto que, sin ley, habrían pasado otras cinco o diez décadas ante de que hubiésemos tenido una educación primaria universal.



Recuerda Gonzalo Vial en su texto de historia: "El sectarismo clerical se manifestó además con la oposición ciega a cuanta obra de progreso educativo iniciaron los 'laicos'. En todas ellas se buscaba el propósito antirreligioso. La resistencia católica que hallaron el énfasis científico, el plan concéntrico, el Instituto Pedagógico, y los profesores alemanes; el rechazo de la educación fiscal para la mujer (educación calificada como "burdel" por Zorobabel Rodríguez el año 1877) y muchas otras actitudes parecidas, no se originaban tanto en las ideas, instituciones o personas impugnadas, como el temor de que ellas fuesen un vehículo 'laicizador'".



No es mucho lo que hemos avanzado desde entonces, con la sola excepción de que hoy no es la polaridad "católico/laica" la que articula el argumento aristocratizante, sino otras oposiciones como "privado/público", "élite/masa" o "libertad (anarquía) curricular/igualdad de oportunidades".



En efecto, el mero hecho de que se anuncie una prueba de selección para ingresar a la educación superior que tenderá a reforzar la experiencia común de conocimientos y competencias entre todos los jóvenes de Chile, al margen de su origen social y su capital cultural heredado, ha bastado para que reaparezca con igual pasión (Ä„y error!) la tesis aristocratizante.



Y, con igual fervor (Ä„y la misma falta de rigor!) se vuelva a acusar a los "laicos" de ahora —partidarios de una mayor equidad educacional y social—, de vehiculizar peligrosas ideas, buscando algún torcido propósito.



La historia se repite. Mas la segunda vez sólo como tragicomedia.



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