Pinochet: ¿Triste, solitario y final? - El Mostrador

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Pinochet: ¿Triste, solitario y final?

por 5 julio, 2002

¿Es Chile una sociedad decente? Está en una dura lucha por serlo. Y eso es algo más profundo que el debate sobre la productividad, la eficiencia, la modernidad y el mercado, y todo el juego de lenguaje usado por los profetas de la vitrina para graficar los cambios actuales de la sociedad chilena.

La sociedad decente es aquella en la que sus instituciones no humillan a los ciudadanos. Me gusta el profundo sentido ético y político con el que un cientista inglés define la esencia de una sociedad democrática. No basta que ésta defina sus autoridades en elecciones libres, ni que las conductas cotidianas se ajusten a derecho. Es necesario que las personas, de cualquier clase o condición y en cualquier circunstancia, no se sientan ni amenazadas ni disminuidas en su dignidad a la hora de ejercer sus derechos, o a la hora de responder por sus obligaciones.



Constituir una sociedad democrática y decente es una meta difícil, cuyo camino se construye día a día. En esa tarea, las sociedades decentes generan cuidados especiales por la libertad, la tolerancia y el respeto por la diversidad. Se preocupan por ser transparentes y discutir y solucionar sus problemas de país en público, de cara a la memoria y a la verdad, teniendo presente que ella no es el promedio de las distintas opiniones ni existe una verdad oficial. Actúan bajo la convicción de que la verdad son las distintas visiones de los hechos recogidas en una sola historia, sin censuras ni exclusiones.



El ideal de la política en las sociedades decentes reside en que sus dirigentes acepten de manera clara su responsabilidad de tales y se pronuncien con transparencia sobre lo que creen correcto o dañino para el país, y tomen decisiones sin tratar de burlar la inteligencia de los ciudadanos ni recurrir a subterfugios. Porque lo principal de las sociedades decentes es que tienen memoria. Que saben perfectamente qué les ha ocurrido y qué les pasaría si alguna vez la olvidaran. Esa memoria hay que vivirla con convicción.



¿Es Chile una sociedad decente? Está en una dura lucha por serlo. Y eso es algo más profundo que el debate sobre la productividad, la eficiencia, la modernidad y el mercado, y todo el juego de lenguaje usado por los profetas de la vitrina para graficar los cambios actuales de la sociedad chilena.



Parte de esa lucha es el debate público sobre la libertad, la tolerancia, la diversidad, la exclusión, la dignidad, la justicia y la equidad como construcciones reales, con efectos claros en nuestras vidas, y que se expresan en todos los ámbitos de ella, económicos, culturales, sociales o políticos.



Ese debate se alimenta del malestar que nos invade cuando comprobamos que somos el país del empate perfecto, donde todo se dice a medias, todo es apenas una aproximación a algo, nada es certero, todo es un promedio, nadie pierde, nadie gana.



No deseo que la renuncia de Pinochet al Senado, vinculada al sobreseimiento otorgado hace pocos días por los tribunales de justicia en el caso Caravana de la Muerte, se transforme en un nuevo empate. La impunidad es un duro golpe para la sociedad decente donde quiera que ella se esté construyendo. Y en este caso, el principal humillador de nuestra historia patria se va para la casa, aunque viejo, enfermo y algo gagá, de manera impune. Más aún, arropado en el estatuto de ex presidente, amparado en normas que solo adquieren su significado real en la normalidad democrática y para los demócratas.



No caigamos en el error histórico de decir que eso es mejor que cualquier otro escenario posible e imaginable.



En ese juego ganan la democracia y la sociedad decente sólo si finalmente triunfa la memoria. Porque lo que aquí se está decidiendo es el ancho de la puerta de la historia por la que al final transitan todos estos hechos.



En la sociedad democrática, hasta los dictadores pueden morir tranquilos y en la seguridad de sus hogares mientras muchos ciudadanos no saben dónde están enterrados sus seres queridos y persiguen la verdad por años en los tribunales. Todo ajustado a derecho. Pero en la sociedad decente, la memoria obliga a recordar para que la frase Nunca Más, tantas veces escrita en las paredes, tenga un significado real. Y que nada pueda cambiar el hecho de que los tiranos y dictadores siempre tendrán un destino triste, solitario y final.



(*) Abogado, periodista, cientista político y especialista en temas de Defensa.



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