La crisis argentina y la ortodoxia neoliberal - El Mostrador

Jueves, 23 de noviembre de 2017 Actualizado a las 01:00

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La crisis argentina y la ortodoxia neoliberal

por 12 julio, 2002

¿Se pudo haber hecho otra cosa? Por supuesto que sí, pero la ortodoxia neoliberal era tal que hay testigos que afirman haber escuchado decir al Ministro Caballo que "el modelo no es malo, lo que no funciona es la economía".

El análisis de la crisis argentina viene concentrando desde hace mucho tiempo el interés de la comunidad internacional que busca, en esta experiencia, sentar las bases para un aprendizaje que impida la contaminación y reproducción de los pecados de este país en el resto del mundo.



Desgraciadamente, se ha impuesto una visión unilateral y reduccionista de las causas que subyacen a la crisis, desaprovechándose con ello la posibilidad de comprender el fenónemo en toda su complejidad.



En lo principal, la tesis predominante tiende a establecer que la responsabilidad de ésta radica única y exclusivamente en la propia Argentina. Sería la falta de responsabilidad en el manejo de la política macroeconómica, específicamente en la política fiscal, acompañada de una clase política con tendencia populista, lo que habría generado esta situación.



Sin embargo, aunque aceptemos como válida esta explicación, lo cierto es que es solo una parte de la verdad. Sea dicho de paso que así se refuerza la idea que una buena política es necesaria para una buena democracia y un buen gobierno. Es una cuestión que no está de más reiterar en estos tiempos en los que desde la derecha se levanta el discurso de la antipolítica.



Una aproximación más seria al tema exige reconocer que lo que fracasó fue el matrimonio entre el gobierno de Argentina y la política neoliberal del FMI. Como en toda crisis matrimonial, lo justo es reconocer la parte de culpa de ambos cónyuges.



No olvidemos que hasta hace sólo cuatro años este matrimonio marchaba viento en popa. De hecho, uno de los cónyuges (FMI y Departamento del Tesoro) sostenía que Argentina lo había hecho todo bien y aplicó el recetario del Consenso de Washington al pie de la letra: lucha implacable contra la inflación acompañada de un tipo de cambio rígidamente fijo con el dólar por medio de la ley de convertibilidad, reducción del déficit fiscal, liberalización de los mercados, acceso libre a los flujos de capital y privatización de las empresas públicas.



Entre 1993 y 1998 los datos avalaban a los defensores del modelo. Los flujos de capital externos contribuyeron a un alto crecimiento de su economía, junto con financiar el déficit fiscal y de cuenta corriente, que una moneda gradualmente sobrevalorada producía, mientras disimulaba la necesidad de eliminar esos déficit para que el modelo funcionara bien.



Sin embargo, a fines de 1998 y comienzos de 1999 el crecimiento económico empieza a ralentizarse, cuestión que los modelos económicos deberían internalizar considerando la facilidad con que se producen las crisis financieras en el mundo actual.



Pero la ortodoxia neoliberal se impuso y la respuesta de sus propulsores fue "más de lo mismo". Se asumía que la estabilidad monetaria y la austeridad fiscal per se fomentarían la inversión y el crecimiento, pero la inversión, que suele verse favorecida pero no producida por la estabilidad no se materializó. Es decir, se insistió en el equilibrio de la balanza fiscal y el de cuenta corriente, para lo cual hubo de reducir drásticamente el gasto público y endeudarse el Estado para cubrir la falta de ingresos fiscales. Todo ello aunque sea casi de sentido común saber que en esas circunstancias la reducción del gasto público frena la inversión y el crecimiento.



En consecuencia, los consejos e imperativos de estos funcionarios internacionales se impusieron, mientras los altos tipos de interés contribuían a mantener el peso sobrevalorado y el déficit en cuenta corriente seguía creciendo, llevando a Argentina hacia una espiral recesiva y con crecimiento negativo en el 2000 y 2001.



¿Se pudo haber hecho otra cosa? Por supuesto que sí, pero la ortodoxia neoliberal era tal que hay testigos que afirman haber escuchado decir al Ministro Caballo que "el modelo no es malo, lo que no funciona es la economía".



Así se llegó a un compromiso sin retorno con la caja de conversión (currency board). En cambio, Argentina pudo y debió haber devaluado, puesto que su sistema de tipo de cambio que había tenido una sólida justificación económica en una coyuntura de elevadísima inflación, no seguía teniéndola en un período de baja inflación, bajo crecimiento económico y un aumento del desempleo.



Argentina debería haber abandonado la convertibilidad cuando Brasil devaluó en 1999. Si hubiera aprovechado entonces la oportunidad y hubiera anunciado que la devaluación de su principal socio comercial le obligaba a abandonar la convertibilidad, los mercados lo hubieran entendido, y después de unas semanas de ajuste habría recuperado su política cambiaria y monetaria para fomentar el crecimiento y el empleo. La devaluación del peso en enero del 2002 llegó demasiado tarde.



En estas circunstancias, al FMI no le basta con soslayar su corresponsabilidad en el origen de esta crisis, sino que la agrava al seguir presionando a este país para que elimine el déficit fiscal, imponiéndole una política procíclica que aumenta el desempleo y la pobreza. Esta política no solamente es ineficiente, sino que también se aplica con una dosis significativa de arbitrariedad.



Basta ver el silencio del FMI ante la decisión del gobierno de EEUU, ante el aumento de 200 mil millones de dólares del gasto público para salvar su industria. Se repite eso de "hagan lo que nosotros decimos que se debe hacer, pero que no hacemos nosotros".



Esta arbitrariedad toma ribetes de escándalo, cuando observamos el intervencionismo político de estos funcionarios en las elecciones de Brasil que buscan, por la vía de alterar el riesgo-país, dar una señal adversa ante la posibilidad de triunfo de Lula da Silva.



Lo cierto es que la experiencia de Argentina demuestra el horror de la mala política junto con la ceguera ideológica de tecnocracias internacionales que, sin respetar elementales principios democráticos de autogobierno, conducen a pueblos enteros al marasmo.



*: Ingeniero Comercial y Doctor (c) en Ciencias del Management.



1.- El presente análisis está basado en el libro de Luis de Sebastián: "Un mundo por hacer. Claves para entender la Globalización", Editorial Trotta, 2002.



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