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En debate

por 15 julio, 2002

Preocupados por aparecer en la televisión más que cualquier otra cosa -y sin darse cuenta de lo degradada que está la televisión, por lo demás-, nuestros políticos y también nuestros "intelectuales", empresarios y todos los que aceptan gustosos el rótulo de "personajes públicos" han adquirido la costumbre de hablar con consignas, de renunciar a argumentar sus sentencias, conscientes de que en la tele se requieren frases sucintas de 15 segundos y, en formatos así, el desarrollo de una idea no cabe.



Poco a poco, sin darnos cuenta, nos hemos ido hundiendo en un debate de frases hechas -y probablemente hechas más por publicistas que por cualquier otra cosa- y, además, repetidas.



Son frases que se entrecruzan, que a veces se chocan, pero que no tienen ni la más remota pretensión de dialogar. Sin ideologías, paradójicamente nos encontramos frente a un escenario en el que los actores aparecen, en el fondo, más atrincherados en sus posturas porque han renunciado al espacio del debate que, siempre, obliga a sus actores a salir de sus covachas.



No nos damos cuenta, pero temo que esta seguidilla de consignas nos embrutecen y, por qué no, son también la demostración del embrutecimiento de nuestros políticos.



Pablo Longueira habla del Partido Popular y el hacerse de ese cartel, en una carrera a muerte con la Democracia Cristiana, es el verdadero triunfo de la UDI. Se ha ganado un nuevo rótulo, una nueva consigna que proveerá de mucha palabrería, insertos, folletos, panfletos, afiches y pegatinas. En palabras de hoy, proveerá de mucho trabajo político, que se reduce casi a eso.



Adolfo Zaldívar levanta el discurso de los defensores de Stalingrado o Madrid: "Ä„no pasarán!" y se refiere a la UDI que viene a comerle el pastel del centro. Y Zaldívar habla desde la trinchera y advierte que ellos no se dejarán devorar así de fácil. Esa es la esencia de nuestra política: a mordiscones por un pedazo de una torta virtual que somos todos nosotros y que, sinceramente, seríamos tantos menos si se permitiera algo de justicia: que quienes voluntariamente nos inscribimos en los registros electorales también, por voluntad propia, pudiésemos borrarnos de esos registros. Otro gallo cantaría.



¿Qué dice el Partido Socialista? Bueno, está en etapa de refunfuños porque vienen elecciones internas y eso, en el PS, es cosa seria: es preciso echar a andar unas máquinas que están oxidadas, atascadas y corroídas. En todo caso, hay un alivio: las máquinas deben andar poquitito, justo el tiempo de la elección interna, que después se deja el trabajo de base -esa práctica tan lejana- para ir a calentarse junto a las estufas de las reparticiones públicas.



El PPD, en cambio, está en la cresta de la ola. Nadie como él ha sabido hacer política mediática, pero ahora, abrumado por las exigencias del guión televisivo, no sabe cómo sacar esa voz discursiva que, por qué dudarlo, debe aletear en su interior.



Los comunistas son cuento aparte. Nacidos, educados y criados a partir de consignas, todo lo que dicen asemeja a una de éstas. Incluso ahora, cuando por primera vez aparecen voces disidentes, críticas a la conducción de Gladys Marín -por primera vez sin que haya, por el momento, razzias y expulsiones, como ocurrió en los años '80-, todo tiene ese tono que vacila entre la arenga y el sermón.



De Renovación Nacional me había olvidado. Su último discurso elaborado data de la primera época de Andrés Allamand en la presidencia. Sebastián Piñera, que quiso explotar su imagen de hombre hiperkinético, terminó más acelerado de lo que cualquiera imaginó. A saltos entre sus negocios y la conducción partidaria, nada puede tomársele en serio hasta que se sepa desde qué lugar habla. Si del lado de acá o de allá del mostrador.



Por si fuera poco, Pinochet se pasea por Iquique y va a misa (pero de eso nadie quiere hablar). Y después alegan los curas por el alejamiento de la gente de los templos...

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