Más allá de Hamlet: Empolvados en su propia trampa - El Mostrador

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Más allá de Hamlet: Empolvados en su propia trampa

por 23 julio, 2002

Nadie puede estar en contra de profesionalizar un servicio público. Pero acá se nos quiere hacer pasar "gato por liebre", por "profesionalismo"lo que no es más que simple corporativismo, esto es, defender las "pegas" de aquellos que entraron al Servicio Exterior en la época del gobierno militar.

Hace un par de semanas, Chile fue electo al Consejo de Seguridad de la ONU (por segunda vez en seis años y sólo por cuarta en medio siglo) y se destapó el "Grupo Hamlet", red de apoyo de funcionarios de la Cancillería al alcalde de Santiago. Mientras lo primero, que habría generado titulares de primera plana en cualquier país del mundo, pasó casi inadvertido, lo segundo recibió una enorme cobertura. Ello es sintomático de cómo se informa en Chile respecto del acontecer internacional.



Desde 1990, Chile ha tenido una verdadera "década de oro" en materia de política exterior, de lo que el reciente acuerdo anunciado con la Unión Europea no es sino la "guinda de la torta". La incorporación a APEC, la iniciativa de la Cumbre Social de la ONU, la elección de Juan Somavía como director general de la OIT, la duplicación de las exportaciones de U$ 9 mil millones a U$ 18 mil millones y haber atraído U$ 45 mil millones en inversión extranjera, en parte como resultado de una "diplomacia para el desarrollo" anclada en el concepto de "regionalismo abierto", son sólo algunos de los múltiples logros de un período excepcional.



Esta ambiciosa agenda también se ha llevado a cabo con una prudencia rayana en la timidez. Reanudar relaciones diplomáticas con Cuba tomó varios años y abrir la embajada aún más. Países como Vietnam, Irán y hasta hace poco Argelia se han cansado de esperar que Chile abra misiones en sus capitales. El Consejo de Política Exterior, que asesora a la canciller, tiene una fuerte representación pinochetista.



Lejos de valorar esta consideración, las críticas de la oposición han sido implacables. La así llamada reinserción internacional bajo el Presidente Aylwin -que rompió con un aislamiento internacional tan extremo que ningún Jefe de Estado o de Gobierno extranjero había pisado Chile entre 1983 y 1989- fue objeto de mofa constante; los viajes de Eduardo Frei, ni se diga; y, su último "numerito", el descarrilar el Tratado de Roma en el Congreso, evitando así que Chile forme parte del Tribunal Penal Internacional, ha significado que el país reniegue de un compromiso de un siglo con la causa del derecho internacional y los organismos multilaterales.



Sin embargo, el "caballo de batalla" permanente de la oposición en estos años ha sido la defensa de los funcionarios de carrera. Disfrazado bajo el manto de una supuesta "profesionalización", se ha insistido una y otra vez que todas las direcciones del Ministerio y todas las embajadas en el exterior deberían estar en manos del funcionariado, algo que nunca ha ocurrido en la historia de Chile.



Según este diagnóstico, todos los males de la Cancillería se deberían al nombramiento de "políticos" (léase, toda persona ajena al Servicio Exterior). De acuerdo a ello, cada nombramiento, así como las cifras totales, son examinadas con lupa, tanto por el sindicato de empleados como por la prensa y la oposición, para verificar el grado al cual se promueve a funcionarios que, cualesquiera sean sus defectos, ya que muchos de ellos no hablan idiomas, no tienen títulos universitarios y tienen capacidades analíticas limitadas, estarían "por encima del bien y del mal", ya que son "de carrera", creándose así una verdadera mitología al respecto.



Nadie puede estar en contra de profesionalizar un servicio público. Pero acá se nos quiere hacer pasar "gato por liebre", por "profesionalismo"lo que no es más que simple corporativismo, esto es, defender las "pegas" de aquellos que entraron al Servicio Exterior en la época del gobierno militar.



En 1990, de 451 funcionarios, 345, las tres cuartas partes, habían ingresado en el régimen militar, muchos de ellos militares e hijos de militares, después de purgas sucesivas que habían exonerado por razones ideológicas a una tercera parte de la planta. En un escalafón en que toma diez años pasar de un grado a otro, ello significa que durante casi veinte años la abrumadora mayoría de los embajadores "de carrera" que se podrían nombrar por los gobiernos de la Concertación serían personas ligadas al pinochetismo.



Nadie nunca dudó de las preferencias político-partidistas de estos funcionarios ni de la endeble formación académica de muchos de ellos. Su gran defensa, sin embargo, y lo que los diferenciaría supuestamente de los "políticos" concertacionistas que ocupan responsabilidades en la Cancillería, es que no estarían involucrados en la coyuntura política, trabajando así por "el bien de Chile".



De súbito, sin embargo, el Grupo Hamlet ha revelado que "el emperador está desnudo". Lejos de estar por encima de la contingencia, resulta que muchos de los así llamados "empolvados" son tan activistas políticos como el que más.



Nadie discute que "la Cancillería es de todos los chilenos", ni que los empleados públicos son libres de apoyar y votar por quien deseen. Lo que es inaceptable es que, en un organismo jerarquizado y profesional, mandos medios hagan llegar a parlamentarios de oposición críticas a las políticas del gobierno de Chile, como ha ocurrido con un correo electrónico difundido respecto de la política de Chile hacia Bolivia, el equivalente a que capitanes y coroneles del Ejército hiciesen lo mismo en relación a la política de defensa. El daño que ello causa y puede causar a la política exterior de Chile es inconmensurable.



Con todo, esto ha puesto fin a la gran mascarada de que los así llamados "diplomáticos de carrera" conforman una burocracia weberiana e impersonal, no identificada con ningún partido. Y una primera conclusión debería ser una profunda reforma de la Cancillería, que ponga fin a este añejo corporativismo y establezca un Servicio Exterior moderno y dinámico, basado en el mérito y el desempeño -no en la antigüedad- al que se pueda ingresar no sólo "desde abajo", sino que también a nivel medio y "senior" -como ocurre en muchas partes- y en el que se ponga fin al que ha sido su principio rector por mucho tiempo de "el que nada hace, nada teme".



* Director del Programa Internacional de la Fundación Chile 21.



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