¿Fuimos gobernados por un “rey bobo”? - El Mostrador

Lunes, 20 de noviembre de 2017 Actualizado a las 22:13

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¿Fuimos gobernados por un "rey bobo"?

por 8 agosto, 2002

Nadie con algún sentido lógico puede ignorar que el Ejército chileno no era una montonera donde cada uno hacia lo que quería. Por tanto, su comandante tiene responsabilidad, por acción u omisión.

El fallo emitido por el ministro Sergio Muñoz debería servir para que elimináramos el lenguaje eufemístico, las medias palabras y olvidáramos las verdades a medias en las cuales se ha refugiado la discursividad oficial. Ese tipo de textos producidos en las alturas han insistido en que son las personas y no las instituciones las que tienen la responsabilidad en las violaciones de los derechos humanos.



El fallo del ministro Muñoz demuestra que el crimen de Tucapel Jiménez fue realizado por un aparato oficial del Ejército, en el cual actuaron agentes sometidos a las reglas de la obediencia debida y la disciplina militar. Si el Servicio de Inteligencia del Ejército actuaba siguiendo los humores del general a cargo o las sugerencias escuchadas en las tertulias de los casinos de oficiales, no me explico cómo evitamos raptar al rey de Marruecos con el propósito de cumplir una promesa de borrachos.



Pero todos saben que el Ejército no funcionaba así, cada uno para su santo. No cabe hablar aquí de acciones individuales, como lo han hecho el comandante en jefe de esa institución y la ministra de Defensa. Esas autoridades cumplen roles oficiales, los cuales los han llevado a tratar de minimizar los efectos que este reconocimiento judicial pudiera tener sobre la moral del Ejército, y en especial sobre sus lealtades atávicas.



No se saca nada con mantener la estrategia de simulación y ocultamiento que se ha desarrollado hasta ahora. Seguir haciéndolo es tan absurdo como decir que en la política de exterminación de judíos no estaba implicada la jefatura del Estado alemán de esa época, o que Stalin era una inocente paloma y todo lo ocurrido lo inventaba Beria sin comunicárselo a nadie.



Por lo mismo, las autoridades ya mencionadas debieron intentar elaborar un discurso menos negador y defensivo. Cuando se les oye hablar, la sensación de falta de verosimilitud es demasiado grande. El comandante en jefe del Ejército y la ministra insisten en las responsabilidades individuales, y se niegan a aceptar compromisos institucionales. Pero eso significa, como ya lo he dicho en varias oportunidades, afirmar implícitamente que el mando superior era de una incompetencia monumental.



Las investigaciones sobre violaciones de derechos humanos conducen, de atenernos a la letra de esos discursos, a una conclusión lapidaria. El jefe del Ejército, que era al mismo tiempo presidente, fue sobrepasado de manera permanente por sus subordinados. ¿Estuvimos gobernados tantos años por un débil mental que no era capaz de poner orden en las filas de las Fuerzas Armadas y de sus aparatos de coacción?



Si las autoridades oficiales siguen argumentando como lo han hecho, no le queda a los intérpretes otra opción que concluir que Pinochet fue un impedido crónico, que no percibía la realidad y que no tenía ninguna capacidad de mando.



Los presidentes son humanos y están, por fortuna, bastante lejos de ser dioses. Pero si un comandante en jefe y además presidente con pretensiones de control absoluto fue pasado a llevar por sus subordinados en cuestiones tan decisivas como los asesinatos de Prats, Letelier y Tucapel Jiménez, no queda más que clasificarlo entre los numerosos reyes tarados que conoce la historia universal, especímenes cuya mente ya estaba afectada por algún problema orgánico.



Como Pinochet demostró siempre astucia y capacidad de enfrentar enemigos internos y externos, no es verosímil suponer su ignorancia. Hay que pensar más bien que dirigió la represión que ocurrió, y que organizó las estrategias del terror porque servían a la causa de la lucha contra el marxismo y a la construcción de la modernización capitalista.



El fallo pone en evidencia responsabilidades institucionales que en esta ocasión es imposible eludir. No se saca nada con tratar de tapar el sol con la mano. Queda claro que en el asesinato de Tucapel Jiménez actuó un aparato especializado de las fuerzas armadas, encargado de las tareas de inteligencia, contrainteligencia y servicio secreto. Esos sectores de alta especialización no podían escapar de la cadena de mando, a menos que estuvieran involucrados en una conspiración contra sus superiores.



Como no he escuchado a nadie esgrimir esa hipótesis, no queda más que suponer que las órdenes circularon por el conducto regular. Insisto: argumentar de otro modo nos lleva a la situación absurda de suponer que los mandos intermedios actuaban a espaldas de la jefatura central.



De ser así, nos encontraríamos con la instalación dentro del Ejército de un aparato autonomizado y de carácter conspirativo, el cual tendría que ser juzgado como asociación ilícita. Además, deberíamos dejar constancia para la historia que fuimos gobernados por un incapaz, que no se percató de lo que se organizaba a sus espaldas en materias que afectaban a la seguridad nacional.



Pero los chilenos con sentido común y respeto por sí mismos saben que no fue así. Estas conspiraciones y estos asesinatos conducen a Pinochet por simple ejercicio de la lógica. La construcción de verdad jurídica, como es un ejercicio formal y procedimental con reglas codificadas, no procede por pura deducción.



Pero el uso de la razón lógica, que sí tenemos derecho a aplicar los ciudadanos después de conocer la masa de información acumulada, no permite mas que dos conclusiones: (a) el jefe del Ejército, a la sazón instalado como presidente de la República, supo y autorizó este crimen, o (b) el jefe del Ejército era tan corto de alcances que bajo su mandato se realizaron crímenes innobles mientras él se entretenía mirando a Don Francisco o a Cecilia Bolocco, o jugando solitario con sus nietos.



Sus abogados, pragmáticos y cínicos, han preferido defenderlo alegando ignorancia o enfermedad. Eso significa no solo alegar su actual impotencia, sino su prematura senilidad. El Caudillo de Chile era pasado a llevar por un mayor con instintos asesinos y por unos cuantos generales a quienes les gustaba jugar a los bandidos, posiblemente para sentirse como miembros de las grandes ligas del espionaje.



No. A menos que se crea que los chilenos somos imbéciles, fuimos gobernados por un déspota que sabia lo que hacía y que era asesorado por "estados mayores". Pero ocurre que como todos los déspotas, es un cobarde, incapaz de asumir ante la justicia la condición de la cual se jacta ante la historia.



Este personaje ha hecho caer la responsabilidad en los chivos emisarios. Ellos han cargado las culpas que tienen como ejecutores o planificadores de crímenes salvajes, y también las que no tienen. Esas otras, las máximas, son las que Pinochet debería asumir si en verdad cultivara el honor militar.



La falla de esta sentencia, en la cual es imposible no sospechar alguna astucia y cálculo, es que permite que el Gran Responsable continúe intocado, y que sus inmediatos colaboradores reciban sentencias simbólicas. Es posible que las condiciones de construcción de la verdad jurídica salven a unos y a otros ante la ley, porque la maldad suprema consiste en no dejar huellas y en escudarse en formalismos.



Nadie con algún sentido lógico puede ignorar que el Ejército chileno no era una montonera donde cada uno hacia lo que quería. Por tanto, su comandante tiene responsabilidad, por acción u omisión.



La continuación del lenguaje cifrado y de las medias palabras es una burla a los ciudadanos, especialmente después de las demostraciones del ministro Muñoz. Al funcionario de la justicia no le corresponde hacer juicios políticos. Su papel ha consistido en mostrar que actuó una dependencia del Ejército, sometida a la cadena de mando. Son otros los que deben sacar las conclusiones de estas revelaciones. Hasta el momento se han conformado con insistir en las mismas mentiras piadosas.



La verdad real es que Pinochet es el máximo responsable, como jefe de una institución rigurosamente jerárquica. De no ser así, que la historia lo conozca como el "rey bobo", un tonto ególatra que hacia ostentación de su poder pero era burlado por sus inferiores.



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