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Ä„Los gásfiter al poder!

por 15 agosto, 2002

Llevamos años sumidos en una crisis económica, movediza como una serpiente, respecto a cuyo diagnóstico y solución han fallado los sabios y los funcionarios.

Un conspicuo comentarista, supongo que dotado de algún pedigrí que le permite acceder a las columnas del New York Times, formuló hace unos días la pregunta: ¿Podrán los capitalistas destruir el capitalismo?.



Aunque puede considerarse la frase sólo como un chiste provocador, la interrogante revela las suspicacias que empiezan a surgir frente a las categóricas afirmaciones de los gurúes de la economía, de los funcionarios del FMI y ahora frente a la conducta de algunos empresarios.



Este clima de sospecha, cada vez más generalizado, tiene relación con que las recetas, predicciones y promesas de los grandes sabios y funcionarios del sistema han resultado tan equivocadas como las de un gásfiter. Menciono ese oficio no por faltarle el respecto a sus practicantes, sino porque hace unos meses un diestro economista señaló, con tono hastiado, que los gásfiter no tenían nivel para participar en la discusión económica.



Por como han ido las cosas desde que esa perentoria prohibición fue pronunciada, me inclino porque una representación de gasfiter que reúna a los mejores de ellos esparcidos en Chile y especialmente en Estados Unidos, participe con ponencias paralelas en la conferencia que los gurúes de la economía le darán al Presidente Lagos en la sede del Centro de Estudios Públicos.



Creo que seria un gesto acorde con la opinión de ciertas corrientes de la epistemología contemporánea que hace tiempo vienen diciendo que cuando el saber se usa no para inquirir, sino para justificar las acciones de los que tienen poder, vale la pena escuchar al sentido común.



Llevamos años sumidos en una crisis económica, movediza como una serpiente, respecto a cuyo diagnóstico y solución han fallado los sabios y los funcionarios. Rumores que circulan, cada vez con mayor profusión, incluso han ayudado a agravarlas. Cuando un Premio Nobel de Economía relató algunos de los errores cometidos, los sabios se enojaron y lo trataron con severidad.



La operación es bastante conocida en la historia de la ciencia: cuando es necesario salvar las verdades oficiales se crea un cerco sanitario en torno al disidente cuyo prestigio, hasta ayer alabado, se pone en duda, en tono condescendiente o en tono agresivo.



Yo, al menos, no he oído ninguna discusión seria en Chile respecto al fondo de la argumentación. Y ya es hora de que tomemos en cuenta que los practicantes científicos tienen intereses simbólicos y materiales, posiciones ideológicas y puntos de partida axiomáticos que algunos de ellos no ponen en duda ni aunque el mundo se esté cayendo.



Como es obvio esta no es una cualidad inherente a los economistas sino a todos los científicos. Muchas veces se echa mano abusivamente de argumentos científicos para defender decisiones cuyo fundamento real son juicios de valor. Esto lo dijo Weber, no Marx.



Lo que más me llama la atención es que se ha impuesto una especie de antropología del recto interés, aplicada por supuesto de una manera bastante unilateral. Se le supone esa rectitud a los economistas neoclásicos que defienden el modelo, a los funcionarios del Fondo, aunque los países que asesoran se estén cayendo a pedazos y a los empresarios, especialmente cuando más vastos son sus intereses.



Estados Unidos, el paraíso del culto a la recta intención de los empresarios, acaba de ser sacudido por un ola de escándalos que pronto han desaparecido de la agenda publica nacional. No se ha oído decir aquí que éste no es sólo un problema de las ausencia o de la ingenuidad de las regulaciones, sino de la importancia de las practicas especulativas en el capitalismo actual.



Por tanto la solución no es moralizar ni amenazar con las penas del infierno, puesto que el problema es de fondo. Se trata de un rasgo estructural del actual capitalismo, en el cual la importancia de la economía real ha disminuido frente a la importancia del capital financiero.



Se trata pues de un sistema que incentiva ese tipo de maniobras, que permite que especuladores coludidos afecten el precio de las monedas de algunos países para satisfacer su codicia, sin preguntarse ni por los efectos concretos que ello crea en el lugar elegido ni por las consecuencias en el equilibrio del sistema global.



Y mientras en Estados Unidos se desmorona el prestigio de los grandes empresarios, culpable de la ruina de gigantescos consorcios y de los ahorros de miles de pequeños inversionistas, en Chile siguen siendo considerados los grandes interlocutores.



Parece ser que, fuera de los empresarios lumpen como Navarrete y Marinakis, todos los hombres de negocios dan sus opiniones y consejos pensando exclusivamente en el interés de Chile. Ese posicionamiento del gran empresariado (porque el chico solo alcanza a rasguñar asientos de clase económica en alguna excepcional gira presidencial) existe la misma ingenua idea del recto interés esencial de esos actores, como si los empresarios tuvieran a flor de labios el interés general y no (como todo grupo) sus intereses particulares.



Cuando ellos dicen flexibilizar no están dando un consejo que aumentará sus ganancias o disminuirá sus riesgos. No, cómo se les ocurre, están pronunciando una verdad científica.



Nadie me ha pedido mi opinión, pero le aconsejaría al Presidente que invitara a los gasfiter. Por lo menos ello no tratan de hacer creer que sus intereses corporativos son verdades científicas.



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