De la recepción - El Mostrador

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De la recepción

por 8 septiembre, 2002

El itinerario de la recepción en la literatura chilena remite a un abismo, su propio decalage. La instancia escritural, tradicional y absoluta, ha desaparecido, dando lugar a un nuevo campo de multiplicidad textual muy complejo.



Una verdadera transformación opera en la malla de expresiones escriturales, vinculándose éstas entre la presencia de la oralidad y lo canónico de la escritura. Comunión que cruza eras completas de desplazamientos, tensionando la crítica, presente o ausente en este país. Urge entonces la difusión, para no entrar en la indiferencia o la inercia mental ante los textos.



Esta situación no debe continuar, esta atmósfera pedestre, estudiantil casi, al son de una búsqueda de algo complaciente o entretenido. En palabras mayores, la literatura estaría perfumada por un ligero aroma de repetición de un pasado siempre mejor. O de un futuro que no dice nada. A esto, no le hace ningún asco la sociedad de espectáculo en que vivimos. Estamos condenados a rendirle tributo. A reconocer su seudo-cultura.



El drama de esta pasividad suele no resolverse en Chile, debido a la intensa velocidad impuesta por esta nueva sociedad de diversión. Como si todo lo rutilante fuera signo de prestigio, incluso esta cultura amable como la sugerida en sus momentos por la postmodernidad criolla.



La recepción/versus indiferencia, se une debido a múltiples propósitos. La tremenda explosión del campo visual, que crea lenguajes literarios, se confronta con el papel. Un shock de velocidad podría estimular nuevos campos de expresión, a medida que tales mecanismos avanzan, hay menos motivación, más indiferencia. ¿Y la recepción? Dilema que la moda aprovecha de soslayar en los textos.



Dicho fenómeno ha sucedido casi siempre antes de llegar al lector, pero ahora es agudo. El asediante bombardeo de los medios visuales con su obstinada niña bonita, la imagen, puede negar rápidamente la literatura. Toda exhibición de lo visual entra en ese barrido.



En Chile siempre se repiten términos de una modalidad, el de un solo género, mientras tanto en otros lugares del planeta se estaría haciendo lo contrario. Siempre nosotros, atrás. Pirámide cultural la nuestra. No se trata de encontrar una solución a un insoslayable de la literatura en cuestión. Lo desconocido aún queda por aparecer, y mientras tanto nos queda una tendencia a guardar, en un habla esclerosada.



Los buenos autores son recepcionados fuera de Chile, y aquí se muestra un indicador de esta falla. Lo que está lejos no causa problemas. Las buenas escritoras deben hacerse el harakiri. Se piensa que se han perdido valores. No se ha perdido nada. Faltaría un gran sacudimiento. El poder resulta ser un buen amigo. Ordena pensamientos aseguradores. Incluso es un buen advenedizo en la sintaxis de un país adormilado. El mercado lo despierta con su sociedad de espectáculo para todo público.



Algunos añoran un imaginario bucólico, un Locus amoenus para nuestra literatura que aún no despierta. Especialmente en poesía como medio de salvación.



Los críticos hacen esfuerzos por consagrar su trabajo, buscando en la urna de las editoriales, alimento. Mientras, el escenario de las librerías despliega libros y más libros, dando lugar a un exceso de tolerancia sin debate.



Recepcionar sería como pensar. Esto es mal visto. A los textos reflexionados se les tilda de sufridos, porque no hay ningún interés por nada en definitivo. Los autores y los lectores viven en repliegues, en un ir y venir empañado de cierto individualismo que da estatus.



La restricción de los medios es severa. Mientras el empobrecimiento del lector con lo entretenido da paso a una pasividad conservadora. Sin embargo el corpus en movimiento de la literatura obedece a una velocidad sin restricciones. La literatura es concreción que no se puede ni se debe apostar como en un juego de naipes.



* Filóloga, egresada de la Universidad de Paris.

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