Anexo: El valor de la gratuidad y de la historia - El Mostrador

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Anexo: El valor de la gratuidad y de la historia

por 11 septiembre, 2002

En la lógica de la economía, lo que es
gratuito sólo adquiere valor una vez que pierde esa calidad. Todo aquello que nos es dado por la naturaleza, la cultura y la historia, todo lo que poseemos por gracia es invaluable... hasta que deviene escaso y transable. Decir invaluable, como decir abundante, en lenguaje económico es decir despreciable.



Ahora bien, disponer gratuitamente de un bien escaso es un contrasentido económico. De ahí el argumento acuícola sobre el abuso y la tendencia al derroche municipal. Para el economista, no hay racionalidad posible fuera de la que implica un pago por el uso de bienes escasos. Es una muestra de la fuerza ideológica del economismo que incluso los contrarios a la venta se sientan interpelados por este argumento.



Un bien obtenido por gracia es sospechoso de ilegitimidad. Desde un punto de vista económico el prejuicio apunta al despilfarro, y desde el punto de vista contable, a lo mal habido (ante la ley tributaria hay que demostrar la legitimidad de la procedencia de una propiedad, y es de cargo del acusado demostrar su inocencia).



Pero esta sospecha pone entonces en debate la gratuidad de todas las externalidades. Todos los derechos adquiridos por el azar de la historia sobre bienes escasos deberían estar sujetos a la medición y a un impuesto, en consecuencia. Todo lo que constituye los privilegios sociales, la fortuna familiar o, ¿por qué no? las ventajas históricas y geográficas.



Las llamadas externalidades económicas, que también podrían llamarse exclusiones, tienen que ver con lo que subyace y envuelve al valor, con lo que la economía interioriza bajo la denominación de capital (de ahí los híbridos reductores y totalizadores como el "capital social"), borrando la historia de su acumulación, reduciéndolo a términos monetarios y amputándolo de sus principios activos, la cultura y el conocimiento.



Lo que aquí se recorta es el valor de lo diverso en sí mismo, en su movimiento disyuntivo, en el "y" que relaciona a las cosas autorizando los relatos múltiples e irreductibles a cualquier razón no literaria. Lo que se expulsa en las externalidades es el valor de una suma que no se totaliza, las formas en las que el arte y la naturaleza producen el mundo y que son el ambiente en el que se desenvuelven, alegre o penosamente, los trabajos y las horas.



En las economías subdesarrolladas lo que está en juego es imperceptible para la lógica económica: la productividad y la reproducibilidad del conocimiento, la esterilidad de nuestros conocimientos de usuarios. Lo que no vemos y no cuidamos es la pérdida repetida de masa imaginaria. De nuestra incapacidad para construir una masa crítica cultural resulta la falta de velocidad crítica del ciclista de Tironi.



Entre nosotros, la economía es el marco, el fundamento estético de la política como consagración de la improductividad de la cultura.



La gratuidad es externa a la economía, pero es su ambiente determinante. A la racionalidad económica se ingresa por la vía del precio. Todo lo que no tiene precio queda fuera de la economía y todo aquello a lo que se le pone un precio ingresa a la lógica económica, constituida exclusivamente de bienes transables. El capital cultural, geográfico, institucional y simbólico de una nación, en la medida que no tienen precio, no intervienen en la economía.



Por cierto esto es manifiestamente falso, pero lo que interesa aquí es seguir la lógica de esta economía hasta el extremo de la reciprocidad: todo aquello que gira en torno a un precio se encuentra determinado por la lógica de esta particular economía que respiramos y perdido como cultura. Lo que se pierde del fútbol, al reducirlo al precio de los traspasos y de las entradas, es el juego mismo. Lo que se pierde de cultura al perder la gratuidad es todo lo que hace a una comunidad algo distinto de las funciones automáticas de una fábrica, lo que las hace posibles. Lo que la economía pierde con la expulsión de la gratuidad es su propio impulso social.



Lo que opone la cultura a la economía escolar es la gratuidad, es el carácter inconmensurable de los componentes no transables del valor, la diversidad y lo que constituye la vida social, el valor de la comunidad. No hay valor económico que no se sustente -en todos los significados posibles de la sustentación- en un valor cultural (ni valor cultural que no deba su consistencia a la economía).



Los mismos economistas reconocen límites a su racionalidad; lo que no reconocen es la racionalidad de esos límites. Pocos concuerdan en la liberalización de las drogas, a pesar de su impecable lógica económica. Pero al momento de argumentar sus límites deben balbucear incómodos argumentos morales, imposibilidades legales o enojosos impedimentos políticos.



Es normal, ningún lenguaje institucional puede por sí mismo discutir sus límites y escapar de la autorreferencialidad. Lo que no es normal es la pretensión de la economía al monopolio de la racionalidad social, ni, finalmente, su pretensión totalitaria.



La gratuidad es el nombre que la economía le pone a la historia. Es la suma de las condiciones innombrables de la productividad de una economía: naturaleza + cultura. La suma inconclusa de la historia, la riqueza de las naciones.

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