Príncipes y mendigos - El Mostrador

Sábado, 25 de noviembre de 2017 Actualizado a las 02:40

Autor Imagen

Príncipes y mendigos

por 11 septiembre, 2002

En el artículo anterior hice un largo recorrido para concluir en la obviedad de que la decisión de vender los derechos de agua de la Municipalidad de Santiago no obedecía a una racionalidad económica, sino a un simple cálculo político. Ese largo paseo era necesario para tratar de separar en lo que el discurso económico dice, lo que efectivamente hace.



La fundamentación económica de las opciones políticas instala una forma específica de la política, basada en una obligación simulada. El sentido de esta obligación es producir un recorte preciso del imaginario social y de las libertades políticas. La economía quisiera poner un precio a todas las cosas y así desterrar la irracionalidad de nuestras vidas.



La producción económica de la ciudadanía



La operación política consumada en el agua consiste, en apariencia, en transferir de la comuna a la comunidad los beneficios de un derecho de gratuidad. No interesa aquí que en esta operación se diluya un capital institucional, que el municipio se descapitalice y su patrimonio se consuma. Lo que interesa enfocar ahora es el tipo de ciudadanía que se instituye.



Lo que se transfiere del municipio a la gente -por vía de su disolución- es una gratuidad, un derecho histórico ganado. El municipio pasa de beneficiario de una donación a donador. Renuncia a su privilegio "parásito" y lo transfiere a la ciudadanía, en un movimiento que transforma todo patrimonio común en sobrante virtual, cumpliendo así con la profecía que separa irremediablemente a los individuos de la comunidad.



En esta separación -antieconómica- del patrimonio y del gasto se consagran la esclerosis de las instituciones, la apatía y la indiferencia ciudadana y la subsidiaridad política del Estado.



Los términos del intercambio: donación por adhesión



Aquí, en el agua, no hay la destrucción creativa en que se complacen los economistas. Lo que hay es el antiguo mecanismo de una destrucción sacrificial que tiene precisamente como meta ser una donación que sea necesariamente devuelta al donador.



El acto de dar gratuitamente algo asimila al donador a las dos fuentes principales de lo que es dado, la divinidad y la naturaleza. Frente a estas potencias, la ciudadanía no es una fuente de legitimidad comparable.



La caridad política es una forma de la imitación de Dios, y un retorno solapado a la institución monárquica. Si bien en los tiempos que corren el Estado paternalista no se cree su cuento, lo despliega igual, con la fe del publicista. Esta monarquización de opereta cumple un propósito doble. Por una parte, lo devuelve a la invalidación aristocrática, autorizando en su improductividad su desmantelamiento estructural. Por otra parte, cuando los tecnócratas ejercen el poder en propiedad lo hacen desde la majestad gastadora, graciosa y paternal de la autoridad real.



En el otro extremo, el beneficiario de esta donación se transforma en indigente y menesteroso, limitando sus derechos políticos a la aceptación de "lo que sea su cariño". La política como donación separa al ciudadano de la producción de su sociabilidad y de su vida, relegándolo al consumo de la donación. El ciudadano se convierte en receptor de un don sobre el que no tiene más título que la apelación a la generosidad del donante.



Se instituye así un derecho nuevo, en la resta subrepticia de toda seriedad y densidad a la ciudadanía: el derecho de petición como exigencia de limosna. Un derecho inmotivado a recibir, como norma, los frutos de lo que es una renta de excepción.



Este es el sentido del "gasto social" y del populismo que subyace en la economía neoescolar, y el caso argentino es su modelo paradigmático. En los extramuros de la lógica económica, en los prejuicios políticos de los economistas, la función del Estado es gastar, deshacerse de su patrimonio y gastarse con la mayor rapidez, a cambio de los beneficios políticos de la caridad, a la espera que los equilibrios de la paciencia
social y el crecimiento de la economía disminuyan la presión de los menesterosos sobre el Estado.



En esta forma de la política, el ciudadano convertido en consumidor encuentra su modelo en el mendigo. El indigente es el consumidor en estado puro: receptivo, gastador y consumista.



El Estado, del que nada productivo se debe esperar, es puesto en la posición de un parásito aristocrático del que se debe exigir el desprendimiento de sus bienes en beneficio paliativo de los improductivos.



En este esquema, la política es una transición hacia el fin de la política.



Mendigos y consumidores: unidos en la marginalidad y la gloria



Hay una economía del gasto asistencial y una política del ciudadano como menesteroso que se corresponden. Ambos, mendigos y consumidores, se enfrentan al mercado con la ansiedad de los desprotegidos, y son tan sujetos de su deprivación y de sus necesidades como un niño es libre de comer lo que le ofrecen. La esencia de ambos es la pregunta: ¿qué me ofrece?



Se dirá que los consumidores producen para satisfacer sus necesidades y que la analogía es abusiva. Es cierto: la productividad de un mendigo es distinta a la de un empleado. Mendigos y consumidores están en lugares distintos del contrato social que une a nuestra sociedad. Los primeros como objeto de la promesa solidaria, y los otros como objeto de la promesa de bienestar. Ambos participan en la producción del imaginario social, como de la producción de un sueño que es soñado por otros. Estrictamente, en cuanto consumidores, el gasto es su única determinación.



La correspondencia en las identidades políticas de mendigos y consumidores se establece por la posición que ocupan en el proceso de circulación: en el final de la cadena, en su pasividad. Mendigos y consumidores se asimilan en su unidemensionalidad, tienen en común la segregación respecto del conocimiento y la creatividad que mueven los cambios en la producción y en la vida.



Estos entes infantiles, reducidos a pedir y a elegir lo que se les ofrece, son en realidad menos que un niño. Su fantasía, su creatividad y su sociabilidad han sido relegadas y castradas. Seres sin autonomía, impedidos, son objeto de atenciones y cuidados que no pueden prestarse a si mismos.



Mirada desde el consumo, la educación, igual que la economía, no es un factor de desarrollo sino una línea específica de la asistencialidad, una de las formas en que la sociedad se orienta a conservar y reproducir su discapacidad.



La trágica comedia del tercer mundo consiste justamente en que desde siempre, efectivamente, hemos sido aquello a lo que aspiramos y no lo sabíamos: somos una economía de consumo perfecta, sin sustento en una economía de la producción. Un espacio terminal de la cultura global, un depósito de los cadáveres del conocimiento o una estación de tránsito en su agonía, incapaces de toda retención y de toda acumulación, condenados a la reproducción del basurero.



El modelo "económico" de la democracia



Estamos acostumbrados a que los recursos se nos presenten en su escasez, y que las autoridades nieguen sus márgenes excedentarios negando o estrechando al máximo nuestros márgenes de libertad.



El caso del agua es interesante, porque pone en escena una dimensión normalmente oculta del sistema económico y político: la administración del excedente social.



La excepción económica del Estado y las instituciones públicas -su improductividad necesaria- responde a la pregunta sobre el destino del patrimonio con una inmensa cantidad de prohibiciones y sin más margen que una mala mezcla de burocracia y desapego caritativo. Este Estado, inhibido y defensivo, ya no es capaz de responder a las necesidades de su origen y es todavía incapaz de moverse con iniciativa en lo nuevo.



El cambio económico fundamental de los últimos 30 años consiste en la invasión por el Estado del territorio económico-social privado por excelencia, el territorio de la limosna. En el mismo movimiento en que el Estado se retira de la producción, del fomento y de la inversión y que desaparece la producción del idioma económico aparecen en el lenguaje político los conceptos de gasto social y de extremismo, que implicaron una transformación cultural profunda del Estado y la sociedad.



El Estado neoliberal es necesariamente autoritario, y su papel se resume en la dualidad de reprimir y gastar para controlar el fantasma de marginales y extremistas que produce su retiro de la sociedad.



Es significativo que el derecho político, el derecho a voto concedido por el alcalde, se refiera al destino del gasto pero no al destino del patrimonio. En la reducción del ciudadano al consumidor las elecciones se transforman en consultas, modeladas por focus groups limitados a opinar sobre el color del producto y marginados de su definición.



El caso ilustra la artificialidad del dilema que se quiere imponer como sentido de la política. El interés fingido en la pobreza busca la desafección de la política por la neutralización y la insignificancia de la ciudadanía. La política como un género menor del espectáculo cubre y protege el espacio que los poderes fácticos requieren para ejercer en paz.

La desprotección social y su otra cara, la responsabilidad personal de los ciudadanos, dúo dinámico de la libertad que se nos propone, está basada en una sociedad, un Estado y una política que funcionan por ausencia, como el tercero excluido del cuento. La manifestación extrema de esta propuesta de convivencia es la figura del indigente/consumidor, excluido del elegante dilema entre las libertades de los antiguos y las de los modernos, capacitado para votar pero no para elegir, libre para gastar pero no para crear.



Así se forma la figura del consumidor-ciudadano que se quiere levantar como estandarte de la modernidad y la soberanía. Estos seres solitarios y aislados, maquillados como actores sociales, desorganizados y desvalidos, desarraigados y desprotegidos, libres en su disponibilidad para ser seducidos y comprados, asimilados ellos mismos a las mercancías que son su sentido. Esos pobres pretextos no logran llenar el vacío de sentido de sus vidas, y menos el de nuestra convivencia social.



Contrariamente a la opinión de los seducidos por la racionalidad económica, el consumidor ha debido seguir un camino incierto e intencionado, tortuoso y difícil de sustentar, en su intento de ocupar el centro de la escena. Aquí no hay nada inevitable. La indiferencia ciudadana no está inscrita en la manera como son las cosas, sino en una cierta manera de presentarnos la realidad.



Obsequio, crédito y marginalidad



El don es fortuito, sorpresivo, azaroso e incondicionado, o no es un verdadero don sino una ficción. Su objeto es deslumbrar al menesteroso con el despliegue de la generosidad necesaria para lograr la adhesión al príncipe. En el alarde de prodigalidad y magnificencia de la ofrenda, lo que se busca es forzar la confianza y aumentar el crédito del protagonista que, en el acto de dar, endeuda al receptor.



El mendigo es necesario a la gloria del generoso, es su deudor, pero es también el acreedor de una confianza permanentemente defraudada.



"Hay miradas que dicen la petición absoluta a la que finge responder la ofrenda de la limosna" política. Esta petición absoluta, es recriminadora, amenazadora y vindicativa, y es necesario exorcizarla como a fantasmas. El indigente es el fantasma del economista, es la aparición que retorna eternamente por el reclamo de una deuda, así como el consumidor es el fantasma propio del neoliberalismo, el modelo huidizo de la satisfacción y la paz ciudadana, y que asusta a la inversa, por su desaparición y su fuga.



El indigente producido por la política paternalista, desafectado del conocimiento, de la producción, del trabajo y de las capacidades ciudadanas, implica un peligro nuevo, el de la rabia inmotivada y gratuita. La delincuencia no se genera en una falla ética que opondría la generosidad al egoísmo, ni en una falla psicológica que tiene que ver con la frustración y las expectativas.



La estética del consumo expulsa el disgusto de la economía, de la sociedad y de la política, condenándolo a la violencia y al autoritarismo. En las afueras de la economía no hay más que irracionalidad y gratuidad, estupidez y perversidad.



Nada aquí tiene que ver con una mecánica de causas y efectos. De lo que se trata es de la configuración de los espacios sociales posibles y de los tránsitos entre ellos. Es la lógica del espacio económico la que instituye una geometría aséptica, racional y pragmática, que autoriza y pone en paralelo el consumo y la destrucción, la adquisición y la sustracción, dar y tomar por simple simetría. La economía no excluye a la violencia y, ni la necesidad ni el gusto se reconocen en normas livianas ni conocen la herejía.



Estas son las paradojas que flotan en el agua.



SIGUE...



Anexo: El valor de la gratuidad y de la historia

Compartir Noticia

Más información sobre El Mostrador

Videos

Más Noticias

Blogs y Opinión

Mercados

TV

Cultura + Ciudad

Deportes

Plan Individual

Anual:
$90.000
Semestral:
$40.000
Trimestral:
$20.000
Mensual:
$10.000

Plan Empresa

Anual:
$700.000

hasta 10 usuarios
(valor normal 1.200.000)

Semestral:
$400.000

hasta 10 usuarios
(valor normal 600.000)

Trimestral:
$200.000

hasta 10 usuarios
(valor normal 300.000)

Mensual:
$80.000

Hasta 10 usuarios
(valor normal 100.000)