Un encuentro en Miguel Claro - El Mostrador

Sábado, 16 de diciembre de 2017 Actualizado a las 15:56

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Un encuentro en Miguel Claro

por 10 octubre, 2002

Clara Szczaranski, al igual que lo hacía en ese entonces en las aulas de Pío Nono con Bellavista, sigue teniendo una enorme capacidad para unir y aunar voluntades, en un país en que esa cualidad es más bien escasa.

El inicio no fue de los mas auspiciosos. Llegamos algo tarde, unos veinte minutos, y los gigantescos portones de hierro de la Embajada de Italia estaban cerrados, y bien cerrados. Después de golpear un rato, alguien abrió, nos preguntó qué se nos ofrecía —como si no hubiera un evento- y nos informó que ya estaba "completo" y que no podíamos entrar.



"¿Qué es esto?", pregunté, "¿la ópera? A regañadientes, y sólo después de mostrar la invitación (que por milagro llevaba conmigo) se nos dejó entrar. Efectivamente había mucha gente, por lo que tuvimos que asistir a la presentación del libro de Clara Szczaranski, El bisel del espejo : mi ventana (Editorial Don Bosco) en la terraza, y observar a los presentadores y a la autora —lo han adivinado— a través de una ventana.



Santiago está lleno de presentaciones de libros: si uno quisiera, podría pasar todas las tardes en una de ellas. Y cada una tiene su sello. Están las institucionales, en alguna universidad o centro de estudios; las decimonónicas, en la majestuosa Biblioteca Nacional; las mas ambiciosas, en el magnífico auditorio de CTC.



Un buen amigo y autor de casi docena y media de obras decía en la presentación de la última de ellas, en la espléndidamente remodelada aula magna de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, que a veces pensaba que escribía libros sobre todo por el placer de poder presentarlos, de participar en esa verdadera fiesta de cumpleaños en que uno, después de muchos meses o años a solas con un texto, y de sudar la gota gorda en el siempre lento proceso de edición e impresión, puede al fin darse el gusto de compartirlo con sus amigos, parientes, vecinos y maestros, beber unas copas y relajarse en la compañía de sus seres mas queridos.



Cada una de estas ocasiones es única, y tiene su mise en scéne propia, pero debo confesar que pocas veces había asistido a una como la del miércoles pasado. No sólo porque fue la primera de este tipo a la que asisto que tiene lugar en una embajada -ojo, tal vez el recién llegado embajador de Italia está iniciando una nueva práctica en Santiago del Nuevo Extremo— sino por el extraordinario sentido que transmitió de un ciclo que se completaba, de un círculo que se cerraba.



Conocí a Clarita en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile en los años '66. Era pelirroja entonces, con una mente privilegiada, un garbo y un encanto únicos, y sobre todo una mujer con el coraje de sus convicciones, una pasión a flor de piel que la llevaba a hacer todo en lo cual ponía su mente —los estudios, la política, la reforma universitaria— con una dedicación y una energía que parecían no tener límites.



Su manera de aproximarse a la vida, tan distinta a la algo rutinaria y predecible forma de hacerlo de tantos de nosotros, me marcó, y me convenció que sólo hay una manera de vivir los cortos años que tenemos en este mundo, intensamente y con tutti.

Muchos años después de ese período tan especial en la Escuela de Derecho, en que un José Miguel Insulza delgado y con jopo presidía el Centro de Alumnos de Derecho y un Jaime Ravinet casi igual al de ahora la FECH, Clara Szczaranski demostró otra vez su gran capacidad de "hacer pasar cosas".



Mientras la nube negra de la guerra se cierne una vez mas sobre el mundo, y nuestra inacabable transición agrega un ingrato episodio adicional a su larga lista de desencuentros entre civiles y militares, en una residencia aún milagrosamente en pie de uno de los sectores más tradicionales de Providencia ocurrió algo muy especial. En el mismo lugar en que 29 años antes se tuvo que asilar una joven abogada perseguida por sus ideas políticas, la actual presidenta del Consejo de Defensa del Estado (y primera mujer en integrarlo en su centenar de años de existencia) presentó sus memorias, sobre una vida que parece más de película a todo color (y tengo entendido que en su Polonia paterna están rodando una) que al devenir más bien gris de los letrados de la plaza.



Ella incluye desde las odiseas políticas de su padre en esas lejanas tierras eslavas, hasta sus estudios de doctorado en Derecho Penal y su docena de años en la patria del Dante, su matrimonio con Jorge Coulón, uno de los integrantes de los legendarios Inti Illimani, la tragedia de la pérdida de su hija Catalina, y sus avatares a la cabeza del CDE (en el que ha hecho historia y le ha tocado de todo), hasta los violentos ataques de tantos que no pueden creer que haya tanta entereza en un cuerpo aparentemente tan frágil.



Uno de los presentadores (en reemplazo de José Miguel Insulza, a quien sus deberes de Vicepresidente de la República le impidieron asistir) fue el hoy senador José Antonio Viera-Gallo, quien salió de su propio asilo en la Nunciatura en ese lejano 1974 para emprender vuelo a Roma en el mismo avión con Clarita. El que los otros presentadores hayan sido personas de mundos tan distintos como sus buenas amigas Drina Rendic y Patricia Verdugo, y la presencia del comandante en jefe del Ejército, Juan Emilio Cheyre, y del general director de Carabineros, Alberto Cienfuegos, entre cientos de asistentes, no hizo sino subrayar el grado al cual Clara Szczaranski, al igual que lo hacía en ese entonces en las aulas de Pío Nono con Bellavista, sigue teniendo una enorme capacidad para unir y aunar voluntades, en un país en que esa cualidad es más bien escasa.



Más que unas memorias o una autobiografía, El bisel del espejo es un testimonio (escrito en apenas tres meses) de una vida que encarna y trasunta muchos de los traumas y penurias, pero también la voluntad de ser y de trascender lo prosaico y lo provinciano del Chile del último tercio del siglo 20.



* Director del Programa Internacional de la Fundación Chile 21.



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