La Presidencia y la figura del Presidente en América Latina - El Mostrador

Sábado, 16 de diciembre de 2017 Actualizado a las 02:03

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La Presidencia y la figura del Presidente en América Latina

por 18 octubre, 2002

La cultura política de estos países imposibilitaría, a nuestro juicio, la existencia de un régimen parlamentario o semiparlamentario, pues si la cohabitación es un serio problema para Francia, ese fenómeno en América Latina podría traer como resultado severas consecuencias para la estabilidad política.

Uno de los temas centrales en la discusión sobre la fisonomía de los regímenes políticos democráticos en América Latina obedece en gran parte a las condiciones de gobernabilidad de estos países en las fases de la post transición. Es por ello que la figura del Presidente y la institución de la Presidencia han adquirido una importancia inusitada, pues sobre ambos recae la responsabilidad de dirigir los destinos de sus naciones.



Lo anterior se asocia preferentemente al ámbito de la eficacia en la toma de decisiones políticas. El gran problema de esta dinámica consiste en la identificación del Presidente como actor, no así de la Presidencia como institución, por lo que ha surgido un esquema en el que cada mandatario parece monopolizar los canales de agregación de intereses dejando de lado al resto de las instituciones.
Durante la década de 1990 hemos observado en América Latina la crisis de los sistemas presidenciales, a raíz de la concentración excesiva de funciones y atribuciones en el Presidente de la República que deja en un segundo plano la acción del Congreso Nacional. Esto en su momento provocó fuertes crisis de las democracias en el continente, y llevó al politólogo Juan Linz a proponer y examinar un régimen parlamentario de gobierno para los países del continente.



Más allá de las discusiones históricas, subyace en este tema una cuestión de orden técnico-institucional. La caída de Mahuad en Ecuador, los problemas de Fujimori en Perú, la crisis política de Argentina, el cuasi golpe contra Hugo Chávez en Venezuela y los constantes cuestionamientos a la acción presidencial en Colombia debido a la guerrilla y el narcotráfico traen como consecuencia una imagen omnipresente y omniabarcadora del Presidente, no así una institución de la Presidencia capaz de solucionar los problemas coyunturales y superar los momentos de tensión mediante una legitimidad sólida y asumida, por lo que la influencia de los militares, particularmente en Ecuador, Perú y Venezuela, se presenta como una vía de escape a las crisis de gobernabilidad.



De lo anterior surge la diferencia entre la institución y el actor (Presidencia y Presidente), entre la estabilidad y la falta de consistencia en las decisiones, y entre las democracias consolidadas y las que aún no encuentran el rumbo adecuado. Estas se caracterizan por contar con un sistema de partidos inestable, con problemas para generar coaliciones y con alto poder de veto, a lo que se suma la pésima imagen de estas instituciones. De esta manera, dan paso a tendencias neopopulistas amparadas en el líder independiente y situado sobre los partidos.



En términos técnicos, lo que se requiere es reordenar el mapa de toma de decisiones políticas, determinar claramente las funciones del Presidente y sus respectivos ministerios, establecer una relación fluida con el Congreso como órgano representativo popular, manteniendo siempre la independencia y atribuciones de cada uno. Las dinámicas consensuales en los países latinoamericanos deberían ser abordadas a partir de proyectos técnicos correctamente elaborados, con el fin de establecer acuerdos capaces de impulsar un nuevo modo de acción política.



Gran parte de los países latinoamericanos deberían asumir este esquema, pues aún no están preparados para iniciar la dinámica competitiva sin afectar la estabilidad política y la gobernabilidad democrática. La excepción, desde nuestro punto de vista, la marca Chile, que goza de un sistema de partidos bicoalicional y un nivel de polarización bajo comparado con el resto de los países del continente, aunque con dificultades pendientes heredadas del autoritarismo.



Otro elemento que demuestra el excesivo peso político de la figura presidencial corresponde a los mandatarios cuyos programas giran en torno a coyunturas muy específicas y abandonan el trabajo técnico del proceso decisorio. Existen varios ejemplos: en Colombia, el Presidente Armando Uribe tiene como foco de atención la guerrilla y el tráfico de drogas; en Argentina solo se habla de la crisis económica, sin que exista un acuerdo amplio entre los actores para buscar vías alternativas; en Perú aún subsisten problemas asociados a la eficiencia en la gestión, lo que hace imposible la democratización del país y limita al máximo las posibilidades de consolidación democrática.



De acuerdo a lo anterior, los regímenes políticos del continente no deben hacer modificaciones estructurales en cuanto a la concepción de sistema presidencial. La cultura política de estos países imposibilitaría, a nuestro juicio, la existencia de un régimen parlamentario o semiparlamentario, pues si la cohabitación es un serio problema para Francia, ese fenómeno en América Latina podría traer como resultado severas consecuencias para la estabilidad política.



El régimen presidencial sigue siendo la mejor alternativa, pues sería muy difícil imaginar una doble legitimidad amparada en un Presidente con ciertas atribuciones y un Primer Ministro que luche por ordenar las fuerzas en el Congreso. Además, habría serios problemas con los votos de confianza, dada la dinámica competitiva en que se desenvuelven la mayoría de los congresos en América Latina.



Considerando lo anterior, creemos necesario fortalecer la institución de la Presidencia y no la figura del Presidente, pues el ciudadano común seguirá pensando que es éste el encargado de solucionar todos y cada uno de sus problemas. Tal reforma pasa, además, por un correcto plan de descentralización política. Se han escrito en Chile páginas y páginas sobre el tema, pero no han surgido hasta ahora propuestas innovadoras donde se brinde una cierta autonomía a las regiones y donde los gobiernos locales establezcan un diálogo fluido con la ciudadanía y las organizaciones de la sociedad civil.



Es necesario que el Presidente, como figura, se ausente de ciertas áreas y sea capaz de entregar funciones a los órganos locales y a los ministros. El hiperpresidencialismo y la consolidación de las denominadas democracias delegativas, como las denominó Guillermo O'Donnell, tienen el gran peligro de socavar las bases de la democracia representativa y fundar los cimientos de la democracia plebiscitaria.



Hoy se observa una tendencia aún incipiente en cuanto al llamado a plebiscito o referéndum por parte de algunos líderes políticos, mediante el cual se intenta alcanzar legitimación ante la ciudadanía. Eso es lo que sucede en México, no solo a nivel gubernamental sino también local. El peligro radica en destruir los canales de representación, o al menos dejarlos fuera del alcance de los ciudadanos, quienes seguirán pensando que es el Presidente, mediante sus consultas, el único capaz de solucionar sus problemas.



Los vientos de la democracia plebiscitaria comienzan a dar sus primeras brisas en América Latina. Si bien es una tendencia que está un tanto lejos de consolidarse, existen todas las condiciones para su expansión: exaltación de la figura del Presidente, baja credibilidad en los partidos políticos, dificultades para alcanzar alianzas o coaliciones en el Congreso, surgimiento de líderes neopopulistas.



Considerando estas características, las consecuencias nefastas para las democracias representativas de América Latina saltan a la vista: una figura presidencial no institucionalizada, sino determinada por la coyuntura política y por la capacidad de hacer sentir al ciudadano por breves minutos como parte del juego democrático, y un sistema de partidos políticos sustentado en dinámicas de competencia y sin posibilidad de intervenir en la toma de decisiones, a no ser que se establezca una válvula de cierre a las iniciativas presidenciales, generando así un modelo de suma cero en que ambos actores participan, es decir, el Presidente y el Congreso, pero ninguno de los dos logra materializar sus propuestas.



La excesiva figuración pública del Presidente, su preeminencia en los medios de comunicación, el intento de contactarse directamente con la ciudadanía y el desprecio por los canales intermedios provocarán corrientes discursivas erráticas y contrarias en los partidos políticos. Esto se podría ver reflejado no sólo en el endurecimiento de la oposición, sino también en el faccionalismo interno de la coalición o partido gobernante, afectando, por cierto, la gobernabilidad democrática.



Es imposible desde nuestra perspectiva que el Presidente sólo obtenga un respaldo ciudadano mediante el plebiscito y el referéndum como mecanismos de acción, pues eso implica sostenerse en una legitimidad por rendimiento, a la que se acudió durante los regímenes autoritarios, y que por definición es efímera, permeable y con serios problemas de credibilidad. Si el Presidente no es capaz de cumplir con lo demandado, ese apoyo inicial puede transformarse fácilmente en un escenario nefasto para la gestión pública y especialmente para la imagen presidencial que no cuenta, como hemos dicho, con el respaldo institucional dentro del sistema político.



De acuerdo a lo anterior, la fortaleza inicial del Presidente se convertirá, a la larga y en un perfil de desarrollo asociado a la legitimidad por rendimiento y con una debilidad casi irremontable, cuestión que se puede deducir fácilmente de los índices de popularidad que se exhiben en las encuestas de opinión.
Otro fenómeno anexo es la posibilidad que mandatarios que en el pasado realizaron una pésima gestión tengan la oportunidad de regresar a la Presidencia. El caso de Alan García en Perú y de Carlos Menem en Argentina son dos ejemplos concretos. La creencia en el caudillo y en su carisma son dos elementos que en una democracia débil, sin institucionalización y fuertemente plebiscitaria son capaces de sobreponerse a un pasado caracterizado por la ineficiencia en la gestión y por importantes sospechas de corrupción.



La tarea para los países latinoamericanos no consistirá en un cambio de régimen político, sino en el reforzamiento de las instituciones del Presidencialismo y la descentralización de la gestión política como elemento básico. De lo contrario, las fuentes de la democracia representativa podrían comenzar a sufrir los efectos del liderazgo independiente, la baja credibilidad en los partidos políticos, el neopopulismo amparado y sustentado en los problemas económicos y la direccionalidad del discurso desde la fuente de poder hacia los ciudadanos.



La mixtura entre democracia plebiscitaria y legitimidad por rendimiento es una dosis poco novedosa, pues ya fue aplicada por los regímenes autoritarios en América Latina. Si los países del continente deciden emular este modelo a las condiciones actuales, significa que muy poco se ha aprendido acerca del valor de las instituciones y, muy especialmente, de los canales de representación.



(*) Cientista político y periodista.

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