¿Aún los ingleses de América del Sur? - El Mostrador

Viernes, 24 de noviembre de 2017 Actualizado a las 19:14

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¿Aún los ingleses de América del Sur?

por 12 noviembre, 2002

Pese al enorme progreso del país en la última década y los significativos avances materiales que hemos tenido en democracia, ellos han ido de la mano con un profundo deterioro de las normas de convivencia, de lo que significa guardar las formas y el debido respeto por los demás.

Al partir a hacer mis estudios de postgrado a Inglaterra, a comienzos de los años setenta, mi abuela, Ruby Lorenzen de Oehrens ("Oma", para quienes la conocían y querían), no pudo dejar de manifestar su indignación. "Cómo es posible" -me dijo- "que un joven de origen germano por todos lados como tú vaya a estudiar a las tierras de la pérfida Albión". Lo dijo con cariño más que con rabia, sabiendo que, a esas alturas, no había mucho que hacer.



Las razones por las cuales emprendí rumbo a una universidad inglesa (la de York, ubicada en una ciudad medieval repleta de historia, de cuya Catedral y muros gigantescos aún tengo recuerdos de paseos maravillosos) son complejas y darían para al menos otra columna, pero una de ellas se debe a mi afinidad con el estilo intelectual anglosajón en general, y el inglés en particular.



Este estilo valora la precisión, lo concreto y lo empírico, en lo posible con un dejo de ironía y un no tomarse demasiado en serio a si mismo. Nada de filosofías demasiado profundas ni de esencias sempiternas: analicemos lo que ocurre, pero hagámoslo con rigor y sin olvidar el fair play. En otras palabras, Anthony Giddens, más que Jean Paul Sartre o Jurgen Habermas.



El Reino Unido ya no es lo que era, pero sigue siendo un gran centro intelectual. Una manera de medir las afinidades espirituales que uno tiene es revisar la lista de publicaciones a las que se suscribe o lee con regularidad, y, en mi caso, el Financial Times, Granta, TLS y el London Review of Books aparecen con más frecuencia que Die Zeit, El País o Le Monde Diplomatique, pese a las advertencias de mi abuela.



Como dijo alguna vez Nelson Mandela, estar consciente de los abusos del Imperio Británico no implica no poder sentir una profunda admiración y respeto por el English way of life y lo que significa un gentleman en todo el sentido de la palabra, uno de los grandes aportes de Inglaterra a la civilización occidental.

Estas reflexiones se me han venido a la mente a propósito de la reciente visita a Chile del Príncipe Andrés, el Duque de York. A lo largo de los años he tenido la oportunidad de asistir a varios eventos en visitas de miembros de la casa de Windsor: una del Príncipe Felipe en el Club de Polo a comienzos de los sesenta, de la propia Reina Isabel en 1967 en el Prince of Wales Country Club, de la Princesa Ana en el mismo Country a principios de los noventa.



Esta vez no tuve la suerte de ser invitado a ningún evento en su honor, pero por la prensa me he enterado que en al menos uno de ellos las palabras del Príncipe fueron interrumpidas una y otra vez por el estridente sonido de teléfonos celulares, causando la irritación correspondiente en nuestro ilustre visitante ( lo que me recuerda a un influyente ministro de Estado, quien hace poco me decía que entre los parlamentarios que recibe hay tres tipos: los que, al sonar sus celulares, los apagan; los que contestan, y finalmente, los que hacen llamadas durante el desarrollo de la audiencia).



¿Qué nos pasa que en un encuentro con el Duque de York, quien visita Chile en un gesto de amistad que habría que valorar en su justa medida, somos incapaces de guardar una mínima compostura y desconectarnos de esos aparatos infernales que nos persiguen por doquier?



Mas allá del hecho puntual de algunos mal educados, esto refleja un fenómeno más amplio. Pese al enorme progreso del país en la última década y los significativos avances materiales que hemos tenido en democracia, ellos han ido de la mano con un profundo deterioro de las normas de convivencia, de lo que significa guardar las formas y el debido respeto por los demás.



La ausencia de esto último no está del todo desvinculada del así llamado "malestar" que ha aquejado a la segunda fase de la transición, aquella que se inicia, más o menos, a partir de 1997. Poca duda cabe que Chile durante los últimos doce años atraviesa por un momento excepcional, tal vez como nunca antes en su historia, con crecimiento económico, baja inflación, altísima inversión extranjera y reconocimientos internacionales muy especiales, como la reciente elección del senador Sergio Páez a la presidencia de la Unión Interparlamentaria Mundial (UIPM), la de Chile al Consejo de Seguridad de la ONU por segunda vez en seis años, y la posibilidad cierta de firmar acuerdos de libre comercio con Estados Unidos, la Unión Europea y Corea del Sur en el futuro inmediato.



Uno podría pensar que todo esto se traduciría en un florecer cultural y artístico, en un debate público de alto nivel y en un retomar de las mejores tradiciones de esa etapa notable de nuestra historia, el así llamado "período cívico-nacional", entre 1932 y 1973, años en que nuestros poetas nos dieron dos Premios Nobel de Literatura; en que un chileno, Hernán Santa Cruz, hizo un gran aporte a la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (y podría haber sido Secretario General de la ONU de no mediar la miopía de algunos de sus connacionales), y otro, Felipe Herrera, fue el presidente fundador del Banco Interamericano de Desarrollo.



Basta mencionar estos hechos para darnos cuenta lo lejos que ellos están de los temas que ocupan nuestro espacio público en estos años y la bilis que permea nuestras grandes conversaciones nacionales, muchas veces de una abismantemente chatas.



La hipocresía (esa gran característica, casi definitoria, del alma nacional) se ha dicho, es el homenaje que el vicio rinde a la virtud. Con todo lo pretenciosa y en algunos sentidos grotesca que era la noción de la oligarquía nacional de considerarnos el equivalente a los "ingleses de América del Sur", reflejaba al menos una aspiración de avanzar hacia expresiones sociales de un cierto nivel de desarrollo.



Irónicamente, nuestro acelerado progreso económico ha producido profundas regresiones en la forma en que nos relacionamos unos con otros. Forma y fondo no son sino dos caras de la misma medalla. Necesitamos con urgencia una política de "tolerancia cero" hacia aquellos que hacen una virtud del romper las normas mínimas de convivencia social, que son, en definitiva, las que permiten y hacen posible no sólo el "vivir juntos", sino que el "actuar juntos".



(*) Director del Programa Internacional de la Fundación Chile 21.

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