Calla, Yáñez - El Mostrador

Martes, 21 de noviembre de 2017 Actualizado a las 07:41

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Calla, Yáñez

por 16 noviembre, 2002

La libertad de expresión no se pone a prueba cuando lo que se dice nos agrada, reconforta o llena nuestro ego de satisfacción. La libertad de expresión realmente se mide cuando somos capaces de tolerar las expresiones que nos parecen injustas, ofensivas y dolorosas. Las naciones que valoran este principio son pocas, pero son grandes y poderosas.

Por estos días, muchos amigos me han aconsejado callar, cerrar la boca y guardar silencio. "No sigas hablando más", me dicen, "recuerda que estás en libertad bajo fianza, y además perdiste un fallo en la Corte de Apelaciones.



"Acaso no te da vergüenza", sentencian. "Apareces en los diarios como un delincuente, con los dedos entintados y fotografiado como reo. Qué dirán tu señora, tus hijos, tus padres, tus colaboradores, tus clientes, tus socios, tu ejecutivo del banco".



"Mira tu ficha de antecedentes", repiten. "Aquí dice que pusiste en riesgo la seguridad interior del Estado, así que eres poco menos que un terrorista. Eduardo, por amor a Dios calla, ¿o acaso te parece poco cumplir un año con orden de arraigo? Ve y pide perdón a la Corte Suprema, arrepiéntete públicamente de una vez por todas, hazme caso, no seas idiota, puedes terminar preso de nuevo y esta vez por varios años".



Hace unos días, un importante comprador alemán, importador de fruta seca chilena, me llamó para cerrar un negocio. Concordamos en el precio y en el volumen, y también acordamos en las fechas de embarque. Finalmente me pidió, como formalismo para el cierre del negocio, una ficha de antecedentes de los socios de la empresa junto a los correspondientes estados financieros. Pero solo luego de varias cartas, llamados, e-mail con recortes de prensa y largas explicaciones sobre las leyes de desacato chilenas, el alemán cerró el negocio. El cliente culpó a Pinochet, y yo, con tal de llevar adelante el trato, también lo hice.



Esta semana, un día después de ser fichado, recibí un llamado de la Corte Suprema. Era el jefe de gabinete de la presidencia del tribunal, quien me llamaba para coordinar una entrevista con el máximo representante del Poder Judicial, Mario Garrido Montt.



"Don Mario, gusto de saludarlo", le dije -en ese momento olvidé todos los formalismos protocolares que mis abogados habían recomendado, pues me pareció una persona amable que incluso me recibía con una sonrisa-. "Tome asiento, por favor", me indicó. Su escritorio estaba ordenado pero lleno de papeles, y me llamó la atención un expediente enorme amarrado con elásticos en su parte inferior: los papeles en la base eran de color amarillento, y a medida que el montón subía en altura se ponían cada vez más blancos. Cuánto tiempo llevará ese proceso, me pregunté.



La reunión duro unos 45 minutos. Hablamos de todo, hasta de golf. En lo medular, le solicité que se pusiera término al proceso por desacato iniciado en mi contra por requerimiento del pleno de la Corte Suprema. Esto es, que me condenen o me absuelvan, pero que no me tengan otro año mas en estas condiciones.



Don Mario escuchó atentamente y anotó con su puño y letra los puntos relevantes de mis argumentos. "Voy a transmitir fielmente su solicitud al pleno", dijo. Mientras escribía -tiene buena letra y redacta rápido- me preguntó si estaba dispuesto a pedir perdón por mis expresiones. La repuesta fue clara y no tardó: "no voy a pedir perdón por dar mi opinión". La afirmación salió de mi boca de manera casi automática y con tono un tanto áspero. Me pregunté internamente que si el Poder Judicial no está dispuesto a pedir perdón a las víctimas de los errores judiciales, por qué debo yo pedir perdón al Poder Judicial. Tal vez con mi respuesta nuevamente cavé mi propia tumba, por decir lo que pienso. Calla, Yáñez.



En Chile estamos llenos de dichos que promueven la autocensura y el miedo a opinar. "En boca cerrada no entran moscas", "es mejor ser amo de tu silencio y no esclavo de tus palabras", "te vas a tragar tus palabras", y la frase favorita, "por la boca muere el pez". Desde muy pequeños aprendemos estos refranes que heredamos de generación en generación. Puede que de tanto repetirlos nos hayamos acostumbrado de a poco a mirar hacia otro lado cuando nos vemos enfrentados a injusticias evidentes, a callar la boca frente a abusos de poder, a privilegiar nuestra comodidad personal sobre nuestras creencias y valores éticos.



En verdad, frente a las autoridades muchas veces es mas fácil callar, agachar la cabeza e incluso humillarnos en disculpas antes de asumir una posición firme y desafiante. En democracia todo individuo tiene derecho a dar su opinión y a ejercer la crítica, incluso la que aparece como dura e injusta, y especialmente cuando lo que se critica es una función pública.



La libertad de expresión no se pone a prueba cuando lo que se dice nos agrada, reconforta o llena nuestro ego de satisfacción. La libertad de expresión realmente se mide cuando somos capaces de tolerar las expresiones que nos parecen injustas, ofensivas y dolorosas. Las naciones que valoran este principio son pocas, pero son grandes y poderosas.



Nuestro pueblo tiene carácter. Somos un país valiente y valioso, y nuestra gente no soporta el abuso de poder ni tampoco a los funcionarios públicos corruptos.



Nosotros también debemos aspirar a formar parte de las pocas naciones realmente democráticas y libres. Un gran paso adelante en este sentido sería terminar con los privilegios de unos pocos, eliminando de una vez por todas las anacrónicas leyes de desacato.



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