La lógica del florero quebrado - El Mostrador

Sábado, 18 de noviembre de 2017 Actualizado a las 20:03

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La lógica del florero quebrado

por 30 noviembre, 2002

Tras unos segundos mi madre preguntó "¿cuánto gana un ministro?". "Por ley, un millón 200 mil pesos líquidos", le dije empezando a saborear mi primer triunfo sobre la reina del sentido común. "¿Y de dónde sacaste que eso es poco?", casi me gritó.

Reconozco que aún no logro reponerme de los sucesivos impactos. Uno tras otro, como regulados por una mano que dispone tiempos e intensidades. La verdad es que desde que se abrió la tapa de la hedionda cazuela de las coimas cargo con un persistente malestar, como de sueño hecho trizas, como de confianzas y complicidades estropeadas por el barro de la vergüenza colectiva.



Quizás por ello me resulta difícil conversar con mis amigos del tema, y hasta a los taxistas que tratan de hacer más corto el viaje les salgo con la mentira de que no me interesa la política y no sé lo que está pasando.



Pero hay una persona a la que es muy difícil hacerle cualquier tipo de verónica: mi madre, poseedora de un sentido común que haría delirar a los magos electorales que sueñan saber cómo piensa el votante promedio de Chile. Sería la invitada perfecta de cualquier focus group, porque siempre le apunta, y aunque normalmente me resisto a sus conclusiones, igual termino por rendirme ante una sabiduría que no le dieron ni libros ni universidades, sino que el contacto diario con la gente común en su bazar de Recoleta.



Esta semana supe que me exponía, como lo hice hace unos tres años cuando una tarde ella, muy suelta de cuerpo, me dijo que Lavín obtendría la mitad de los votos, y que no ganaría por muy poco. Se me llegó a atragantar el agua mineral para intentar refutarla con la teoría de los techos electorales, que Lagos era un figura muy potente y que la derecha aún cargaba con las culpas del régimen militar, y que por último, era imposible lo que me decía.



-Yo no sé si la gente confía en Lavín o no, Roberto. Incluso creo que le da lo mismo, pero que la cosa estará pareja, está pareja-, me dijo antes de cerrar el tema. Yo tampoco lo retomé el 11 de diciembre de 1999, un año después de aquella conversación. Era mi forma de decirle que otra vez tenía razón.



Esta semana, como decía, corrí un riesgo calculado cuando en medio del reporte familiar de hermanas y hermanos, sobrinas y sobrinos, me salió con que le explicara un poco lo de los sobres con dinero que recibían los ministros. Hice lo mejor que pude. Creo, en todo caso, mejor que Heraldo Muñoz el lunes pasado en La Moneda. Le dije que los sueldos de nuestras autoridades son muy bajos y que esa era la forma de complementar sus remuneraciones, ya que cualquiera de ellos podría ganar mucho más en el sector privado y así creo que recité el rosario completo de explicaciones que ha dado el gobierno. Ella sólo escuchaba. Creí que por primera vez la había convencido.



Tras unos segundos preguntó "¿cuánto gana un ministro?". "Por ley, un millón 200 mil pesos líquidos", le dije empezando a saborear mi primer triunfo sobre la reina del sentido común.



-¿Y de dónde sacaste que eso es poco?-, casi me gritó.



-Para un ministro es poco, el tipo está a cargo de muchas cosas, es importanteÂ… Es como si fuera un ministro de Corte, y éstos ganan más-, intenté rebatirle.



-Sí, pero los jueces empiezan muchos años antes pelándoselas como actuarios-, dijo desechando de inmediato el más débil de mis argumentos.



Luego de ver mi perplejidad siguió su degollina: "¿De verdad crees que algunos ministros podrían ganar más dinero en otro lado, tomando en cuenta sólo su capacidad profesional y no su militancia política?", me preguntó.



-Algunos, posiblementeÂ… Bueno, los menos-, le reconocí, en un intento por dar vuelta el escenario por la vía de hacer relativos los argumentos.



-Además, esto viene del tiempo de Pinochet- rematé, en un desesperado intento de contraataque.



-Si es por eso, que siga funcionando la CNI con sus centros de tortura y que los alcaldes los designe el Presidente y que vuelva 60 minutos- remachó.



A esa altura me tenía hecho trizas. Prefería no hablar. Que se agotara todo en el silencio del derrotado, del sin argumentos. Pero no me soltaría así de fácil. Faltaba la sentencia.



-Por qué no le dices a tus amigos (así me dice irónicamente, refiriéndose a mis supuestos contactos en La Moneda) que comiencen a hacer fila en Impuestos Internos y que paguen lo que deben pagar, y que no se les ocurra seguir recibiendo el sobrecito con dinero. Si quieren subirse el sueldo, que lo hagan, pero que sepan que la gente no cree que un millón 200 sea poco, mis vecinos con suerte ganan 100 mil pesos al mes, y que alguien diga que son sueldos miserables es una burla para quienes llevan dos años sin trabajo. Además, no creo que tus amigos sigan en el gobierno-, me lanzó casi finalizando.



-Mamá, falta mucho para eso, quedan tres años. Puede pasar mucho- refuté casi con desánimo.



-Pero cuando un jarrón está quebrado, sigue estando quebrado aunque le pegues las partes y pueda seguir sirviendo como florero, a lo más será un florero quebrado-, concluyó, antes de ofrecerme algo de comer.



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