¿Final de qué? - El Mostrador

Domingo, 10 de diciembre de 2017 Actualizado a las 01:12

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¿Final de qué?

por 9 diciembre, 2002

Uno de los éxitos de la transición -un éxito parcial y, según varios, incluso discreto- sería el que se expresa a través de la poca importancia que, a estas alturas, la opinión pública otorga a los políticos. Según los que piensan desde esa vertiente, lo positivo es que eso no sería más que el resultado de la solidez de nuestras instituciones y del apego de la ciudadanía a un sistema político que, pese a sus actores, es reconocido y respetado.



Yo me inclino por pensar que se trata más bien de lata. Hastío por la palabrería hueca de los políticos, aburrimiento por la distancia cada vez más grande que ellos han ido poniendo de por medio con los ciudadanos, fastidio porque se han ido constituyendo en una turba que vive en la autorreferencia del discurso pero también del hacer: en general piensan más en ellos mismos que en sus electores.



Se podría escribir una lista con los personajes que, a mi juicio -y, por qué no, en mi equivocación-, se salen de ese esquema, pero la tarea es riesgosa porque ya nada es tan cierto en ese terreno.



Para ser sinceros, hay que reconocer que lo que ocurre en la política también está pasando en otros ámbitos. No es para nada un consuelo. Sería fácil hablar de los curas, pero dejemos las facilidades de lado y simplemente detengámonos en el mundo empresarial, los dueños del nuevo dogma que rige nuestras sociedades.



A pesar de ser elevados, por el gobierno y la oposición, como los poseedores de buena parte de la Verdad (con mayúscula, como esa Verdad que en una época esgrimió en buena parte del mundo, y dando palos con ella, el marxismo y, aquí en este suelo pequeño y rugoso, en su época, también la Democracia Cristiana) es cosa de asomarse en ese patio para constatar que las malas artes o el uso de la fuerza del poderoso contra el débil son pan de cada día.



Un ejemplo de eso son las negociaciones de las grandes empresas, como las grandes líneas de supermercados, con sus proveedores. O, para preocuparnos de los verdaderamente humildes, dejar constancia que por exigencia de esos grandes supermercados los boliches y almacenes a veces ni siquiera pueden acceder a determinados productos de moda, que así aseguran el efecto de la publicidad sólo para ellos.



Como en una mala navegación, he ido derivando. En realidad quería escribir, una vez más, sobre la Concertación y ese griterío de moda -una moda colorina- que dice que la coalición de gobierno está acabada. Acabada, se apresura a aclarar el del grito, tal como funciona hasta ahora, que no es lo mismo pero es igual.



Desde la distancia y desde afuera, propongo que cada uno se pregunte cuándo, a su juicio, se acabó la Concertación. Adolfo Zaldívar dice que la Concertación se acabó cuando la corrupción la hizo perder el norte. Para otros democratacristianos fue cuando dejaron de ser el partido eje. Algunos aseguran que el hito fue cuando bajaron la cerviz para el boinazo y los ejercicios de enlace, aceptando el veto militar. Uno asegura que fue cuando Eduardo Frei hizo primar la "razón de Estado" para no seguir investigando los pinocheques.



Como se ve, hay muchas opiniones. Hay otra: la Concertación se acabó cuando asumió que sus promesas de libertad y profundización de la democracia no iba a cumplirlas y -cargando esa desazón- se dedicó a administrar el poder. Sin, además, verdadera vocación de poder.
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