El silencio cómplice de la violencia - El Mostrador

Lunes, 11 de diciembre de 2017 Actualizado a las 06:54

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El silencio cómplice de la violencia

por 31 diciembre, 2002

Se puede constituir en un espacio de dolor y poder entre aquellos que están unidos por lazos de afectividad o consanguinidad.

En todos los discursos se enaltece a la familia: es fuente natural de afectos, lealtades, confianzas y solidaridad. Es el agente fundamental en el proceso de socialización primaria y el eslabón necesario para una buena adaptación social. Es aquel núcleo fundamental de la sociedad que nos protege y suaviza a un mundo que puede ser muy cruel.



Muchos omiten sin embargo, asumir que la familia puede ser algo muy lejano a lo descrito. Se puede constituir en un espacio de dolor y poder entre aquellos que están unidos por lazos de afectividad o consanguinidad. Es también un lugar de subordinación y violaciones a derechos elementales. Romper el círculo de poder o violencia, significa enfrentar personal y políticamente la situación de subordinación de quien es sujeto de tratos degradantes a su dignidad, lo cual no es siempre posible, especialmente cuando las víctimas son niños.



Así como la violencia es una cuestión de poder, la aquiescencia se relaciona con la tolerancia cultural a los espacios de poder entre los seres humanos. No deseamos romper con los supuestos lazos de afectividad y confianza que unen a los miembros de una familia, en aras de la preservación de valores que consideramos superiores, como lo es la unidad familiar. Hablar de lo que sucede al interior de la familia, no sólo puede ser un signo de deslealtad, falta de pudor y mal visto porque no se ventilan los problemas fuera del círculo: "la ropa sucia se lava en casa", sino que además, hay una íntima convicción entre algunos que dar noticias de lo que sucede sólo será peor para toda la familia. Esta forma de enfrentar, o más bien, eludir la realidad, olvida por completo la relación de abuso de poder y subordinación de las víctimas que sobrellevan el dolor.



Se suele relacionar erróneamente la pobreza y marginación social con mayor prevalencia de casos de maltrato o violencia sexual, de hecho y en general, sólo se miden los comportamientos de los pobres. Reprochamos duramente a la madre que calla o tolera con un silencio cómplice el abuso de uno sus hijos por parte de su cónyuge o pareja. Detrás del silencio puede haber una justificación: el temor a enfrentar la vida sin el sustento del proveedor; porque no resulta creíble que aquella persona que amamos sea capaz de tanta crueldad; que se sepa sobre nuestro propio maltrato y por último, siempre es posible que la víctima magnifique y "que no sea para tanto". La sanción a esta madre puede ser social o penal, o ambas, y la reprochamos porque entendemos que aquello que sucedía no estaba en condiciones de no saberlo. A esta familia la calificamos de disfuncional. Argumentamos que, es posible que no esté construida sobre sólidas bases valóricas, de otra manera no la violencia no se produciría.



Ello no es más que una falacia, y sólo sirve para mentirnos. No hay diferencia en la madre pobre que calla "y tiene sus razones" y quienes adquieren conocimiento que al interior de su familia, bien constituida, hay miembros, especialmente los más débiles, que son objeto de violencia.



Mi abuela nunca me lo dijo de esta manera, pero así lo aprendí de ella, que lo personal es absolutamente político. Hay familias en que ese dolor se esconde; se niega el abuso de poder especialmente de los más débiles, y buscamos en la víctima a la responsable de la violencia o la agresión. También me enseñó que, no tolerar el abuso era una forma de subversión, que puede ser mal visto, pero es un acto de un profundo y doloroso reconocimiento político que a uno le hacen daño. Que se arriesga el quiebre familiar, también la vergüenza de hacer público aquello que sucede en la intimidad porque se rompe con el mito que la familia es la fuente natural de los afectos.



Minimizar el maltrato, reacomodar la situación y proteger por la vía del silencio no es más que hacerse cómplice de quien abusa. Hablar de violencia sexual, de relaciones de poder significa hablar para algunos en un código estigmatizado por los prejuicios. Hablar de subordinación es político porque nos otorga la posibilidad de buscar respuestas más allá de la familia.



* Profesora e investigadora del Centro de Investigaciones Jurídicas de la Facultad de Derecho de la Universidad Diego Portales.

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