Chile: ¿País amateur o profesional? (Parte II) - El Mostrador

Lunes, 20 de noviembre de 2017 Actualizado a las 01:52

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Chile: ¿País amateur o profesional? (Parte II)

por 8 enero, 2003

Hace unos días asistí a una presentación del economista del Banco Mundial, Dr. Daniel Kaufmann, chileno experto en materias de gobernabilidad. Desde tal perspectiva, se entregaron argumentos bastante interesantes relativos a la importancia del marco institucional para lograr mayor crecimiento y desarrollo, las cuales traigo a colación a propósito de lo discutido en la columna anterior.



Es así como desde la perspectiva de la gobernabilidad (que puede ser definida como aquel marco institucional -público y privado, formal e informal- que gatilla los procesos por los cuales se ejerce autoridad y se toman decisiones en el país) se argumenta que mientras existan menos situaciones que puedan vulnerar las condiciones de gobernabilidad, mayores serán las posibilidades de avances socio-económicos.



Dirán que este tipo de causalidad puede parecer obvia. Pero lo interesante es conocer qué variables deben tomarse en consideración para llegar a tales conclusiones. Y esto no es tan trivial, ya que es necesario descubrir y manejar aquellos elementos que, siguiendo nuestro ejemplo, inciden sobre las condiciones de gobernabilidad para así, a su vez, descubrir, separar y poder analizar aquellas variables que inciden sobre las posibilidades de desarrollo. Es que es muy distinto pregonar que el crecimiento lleva al desarrollo, que explicar cómo lograremos crecer. Ä„Y más distinto aún es argumentar que existen otros elementos, además del crecimiento, que inciden en nuestro desarrollo!



De esta manera, en el caso del ejercicio del Banco Mundial, nos encontramos con una ponderación de indicadores de corrupción, de libertades, responsabilidades públicas, marco regulatorio, y de eficacia gubernamental que explican, a través del concepto de gobernabilidad, las posibilidades y causalidades de crecimiento y desarrollo de un país. Todas estas variables engloban prácticas sociales y son valiosas por aquello, por reflejar el comportamiento de base. Relaciones que, en primer lugar, son las que delinean los límites de crecimiento y desarrollo. Son este tipo de variables las que ayudan a explicar las causas y estadios de desarrollo.



A través del entendimiento de causalidades, podremos ir conociendo más acerca de los niveles de desarrollo en que nos encontramos y acerca de las variables que deben tomarse en cuenta. Por ejemplo, en un artículo reciente, el mismo Kaufmann, al comparar datos entre países, encuentra una fuerte causalidad positiva que va desde mejor gobernabilidad a mayor ingreso per cápita. Sin embargo, no encuentra la causalidad reversa: se ve una débil, e incluso negativa causalidad, desde ingreso a gobernabilidad. Lo anterior nos lleva a aventurar una afirmación ya realizada desde otras posiciones: se puede argumentar -nuevamente- que el crecimiento 'no hace toda la pega'. Por cierto, pueden lograrse ciclos de crecimiento positivo que lleven a mayores niveles de desarrollo, pero el crecimiento no sería condición suficiente para iniciar círculos virtuosos hacia el desarrollo. Serían las condiciones y avances institucionales los capaces de gatillar círculos virtuosos.



Más allá de las cifras y ubicaciones particulares que arrojan este tipo de indicadores, lo valioso del esfuerzo del Banco Mundial tiene que ver con la identificación de elementos y prácticas institucionales que inciden en las posibilidades, límites y horizontes de desarrollo. A partir de tal ejercicio, y más allá del caso puntual de la importancia de la gobernabilidad, vemos lo relevante de ir desenvolviendo una institucionalidad adecuada para que todos sintamos que estamos siendo favorecidos en las relaciones que desarrollamos. Podemos tomar el ejemplo de los últimos acontecimientos en Chile.



Por ejemplo, en los últimos días hemos seguido siendo testigos -y, tal vez, cada vez más actores- del torrente de casos y denuncias colocado por los medios, donde el 'factor platas' sigue siendo protagonista principal. La presentación de casos y su discusión se han convertido, en efecto, en un torrente hemofílico. Una punción que sigue sangrando a pesar de las vendas que se han pretendido aplicar.



Aún si nos sustraemos de las propias agendas e intereses de algunos de los medios que colocan las denuncias, igualmente es imposible negar que la fuerza con que se ha mantenido la discusión en torno a los casos de corrupción y malas prácticas públicas demuestra un interés que escapa a cualquier manipulación que pudiesen ejercer los medios. Más bien tiene que ver con la existencia de un cierto ethos cultural en torno a esta preocupación, una institucionalidad que levanta una voz de alerta y preocupación frente a algo disonante.



Entonces, para 'vendar' el tema, no es válido o útil señalar que los casos de corrupción o de malas prácticas, como las denunciadas en las últimas semanas, son efectos aislados o comparativamente menores. Ya no es válido, tampoco, referirnos a que los montos involucrados son relativamente bajos, y mostrar que así lo refleja la prensa internacional. Lo cierto es que tales prácticas han generado un olor, un tufo, que ha sido olfateado por 'la institucionalidad'. Nuestro nivel de relaciones nos dio la capacidad para olfatear esta situación como un hecho que produce mal olor, como una cocción que debe evitarse. He aquí un límite, un piso: "No quiero este tipo de situaciones", el mensaje. Esto presenta un estadio en el nivel de desarrollo, y perfectamente puede servir para construir indicadores de tolerancia y gobernabilidad.



Por último, otro ejemplo en la misma línea pero que, a diferencia del caso anterior, ayuda a visualizar elementos que harían más de 'techo' que 'piso'. Este ejemplo es el que relaciona el poder del dinero. Partamos considerando al dinero como un bien social. Quién más cantidad de este bien posea, mayores serán sus posibilidades de acceso a otros bienes sociales. Esto es clarísimo para el caso chileno donde la distribución de ingresos es bastante desigual, y por lo tanto, es natural entender la sensibilidad que existe respecto a este bien.



Los mismos estudios del Banco Mundial acerca de gobernabilidad, señalan para este país la preocupación por la excesiva influencia que pueden ejercer ciertas élites en la toma de decisiones, y una preocupación por la incidencia que lo anterior puede tener sobre las características distributivas del país. En otras palabras, si asociamos estas élites a grupos de poder económico, entonces es fácil construir una atendible justificación respecto a nuestra situación distributiva.



En definitiva, mientras más importante se vuelve la tenencia de este bien (el dinero) para acceder a otros bienes sociales (educación, salud, ocio, etc.), más simple y menos desarrollada puede catalogarse a una sociedad, ya que más permeables al poder e influencia de un solo bien se vuelven todas las instituciones (esto ya lo dice Walzer en 1983). Y por lo tanto, las instituciones no contarán con salvaguardias frente a los poseedores de estos bienes dominantes, lo que puede llevar, en definitiva, a que muchos sientan que no se les está retribuyendo con justicia su participación social y, por lo tanto, algunos se restarán y otros podrán rebelarse, en ambos casos redestinando recursos (tiempo, para empezar) que pudiesen haber sido ocupados para profundizar las relaciones sociales.



El caso de un bien dominante que permita acceder al dominio de las distintas esferas públicas y privadas es sintomático también de lo señalado en la columna pasada respecto a aquellas formas de relacionarse donde se atropella la dignidad del otro; donde, debido a la contaminación ejercida por estos bienes dominantes, no se sienten todos con las mismas libertades y derechos. La mejor defensa para lo anterior es institucionalizar las relaciones, entendiéndolo en su acepción más loable.



¿Quién o quiénes son los encargados de preocuparse por este desarrollo institucional? De eso espero referirme en un próximo artículo.



(*) Economista de University of Cambridge, CED



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