El ejemplo europeo y el déficit latinoamericano - El Mostrador

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El ejemplo europeo y el déficit latinoamericano

por 14 enero, 2003

Así, como no es viable instalar una mansión de La Dehesa en la mitad de la población La Legua, tampoco será posible convertir a Chile en un país desarrollado en medio de un continente empobrecido.

El reciente acuerdo de la Unión Europea en la Cumbre de Copenhague del 14 de diciembre, genera para quienes estamos en esta parte del mundo una cierta envidia y admiración por la fuerza y consistencia que muestra su proceso de unificación. Es más bien un sentimiento del tipo "Síndrome de Salieri" el que despierta la observación del caso europeo. Así, surgen preguntas del tipo ¿por qué ellos y no nosotros? ¿Qué tienen los europeos que no tengamos los latinoamericanos?



Descartado los argumentos racistas y filo nacistas que le asignan valor a una cierta superioridad de raza, lo cierto es que la explicación reside, indefectiblemente, en el ámbito de la política. Así es, la expansión de la Unión Europea a diez nuevos socios; Letonia, Estonia, Lituania, República Checa, Polonia, Eslovenia, Eslovaquia, Hungría, Malta y Chipre, sólo puede entenderse a la luz de una opción política estratégica de casi medio siglo en ese continente por ligar su destino al de otros, en este caso a los vecinos.



La comprensión de los desafíos que impone la globalización y la internacionalización de la economía, supone para los políticos europeos un esfuerzo enorme de integración y no de segregación o descuelgue y abandono de quienes se encuentran en una situación política-institucional y económico-social menos favorables que las que tienen los quince países que actualmente conforman la UE.



Es evidente que las brechas de desarrollo entre estos viejos y nuevos miembros es sustantiva y, por tanto, el esfuerzo económico que hacen países como Alemania y Francia para nivelar, en parte, estas diferencias, representa, en el corto plazo, más costos que beneficios. Sin embargo, la mirada está puesta en el largo plazo y es allí donde se encuentran las verdaderas motivaciones de este pacto.



Puesto que los europeos, saben mejor que nadie, que no puede haber estabilidad y desarrollo sin que se estrechen las brechas. Esa es la experiencia en sus propios países y que ha mostrado ser determinante para explicar los grados de desarrollo y bienestar alcanzados en las últimas décadas.



Mientras tanto, en América Latina las señales van en sentido contrario. Al actual cuadro de inestabilidad política que afecta a muchos países debemos agregar, según el último informe de la Cepal, el lamentable deterioro de la situación de pobreza e inequidad de su población. Todo ello, en un marco en que no observamos ningún esfuerzo serio y consistente para abordar el problema con sentido regional y unitario.



No hay una justificación estructural y objetiva que fundamente la dispersión en nuestra región. Las brechas entre nuestros países no son mayores que las que muestran los de la Unión Europea ampliada. Por lo pronto, podemos afirmar que las diferencias en niveles educacionales, política comercial y arancelaria, cultura e idioma, entre otras, son menores que las europeas.



El punto parece estar, en la falta de voluntad política y en el la excesiva ortodoxia económica que predomina en nuestra región.



Asimismo, es necesario reconocer que la falta de liderazgo, como el que han tenido Alemania y Francia en la UE, es un déficit importante para desatar un proceso similar en nuestra región. No cabe duda, que Chile podría y está en condiciones de emprender este desafío. Para ello, se requiere instalar en nuestra clase política y empresarial la idea de que América Latina a pesar de sus dificultades sigue siendo una oportunidad para todos y que Chile no verá el desarrollo sin que se produzca un proceso de recuperación en toda la región.



Así, como no es viable instalar una mansión de La Dehesa en la mitad de la población La Legua, tampoco será posible convertir a Chile en un país desarrollado en medio de un continente empobrecido. Ello, sin considerar el lado positivo de esta integración, como podría ser el hecho que un Mercosur fortalecido y activamente apoyado por Chile ofrecería sinergias propias de los crecimientos de mercados con proximidades geográficas y de una mayor capacidad de negociación en los tratados comerciales con las potencias mundiales.



A modo de ejemplo, imaginemos que hubiese pasado con el negocio del gas natural, si los bolivianos no vieran a Chile con un peligro expansionista y hubiésemos superado el resentimiento por la Guerra del Pacífico, estaríamos hace ya varios meses celebrando un negocio que reportaría muchos beneficios para ambos países.



En consecuencia, logrado los acuerdos comerciales con la UE, EEUU y Corea del Sur, Chile podría poner sus energías diplomáticas en concretar y solidificar el Mercosur como primer paso hacia la integración política y comercial de América Latina.



Debemos evitar que las evidentes dificultades del presente nos impidan ver los desafíos del largo plazo, que es el aprendizaje que debemos extraer de la experiencia europea.



(*) Investigador del CED, ingeniero comercial y doctor (c) en Management.



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