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El olor a Petróleo

por 17 febrero, 2003

Me parece lícito usar el poder de Naciones Unidas para obligar a Hussein a llamar a elecciones democráticas limpias, controladas en todas sus etapas por veedores internacionales, pero no me lo parece usar la fuerza para controlar un país soberano, con el argumento que sus misiles llegan unos miles de kilómetros más allá de las disposiciones del Consejo de Seguridad.
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Bush no tiene reposo. Parece ser que su histeria sólo la calma la guerra, como si fuera un vampiro que se alimenta de bombas. No le bastó con atacar Afganistán, donde iba a buscar a Osama bin Laden. Sembró el territorio de ruinas y de muertos, arraso con el régimen talibán, pero la presa se le escapo entre los dedos.



Ahora se enfurece, grita y blasfema porque Francia, Alemania y Rusia se le han atravesado en el camino y ponen obstáculos a su ansiedad. Su blanco ya no es Osama bin Laden, sino otra encarnación del mal. Ahora es Sadam Hussein, el dictador de Irak que Estados Unidos armó hasta los dientes para que combatiera a Irán.



Esas dos criaturas del mal son íncubos creados por la política exterior americana en momentos en que fueron necesarios para realizar sus designios geopolíticos. El primero para luchar contra los soviéticos a nombre de Alá, el segundo para combatir contra los ayatollas a nombre del laicismo árabe.



Bush, quien se dice portavoz del bien y de las leyes internacionales, quiere forzar a Naciones Unidas a que avale su guerra preventiva. Para afirmar sus posiciones blande la última resolución del Consejo de Seguridad sobre Irak. El mismo Bush, que ha impedido que ese Consejo haga cumplir a Israel las resoluciones que ha adoptado, predica frente a Irak el rigor más extremo.



Estados Unidos quiere arrastrar al mundo a la guerra sólo para reafirmar su poder y su autonomía, su capacidad unilateral de actuar según sus necesidades geopolíticas. Por eso Estados Unidos irá a la guerra aún si el Consejo de Seguridad rechaza sus planes, aún si algunos países que poseen esa atribución hacen valer su capacidad de veto. Estados Unidos quiere demostrarle al mundo que es capaz de actuar unilateralmente cada vez que debe defender sus intereses.



Los discursos sobre el eje del mal y las críticas democráticas a la ferocidad del dictador son mera retórica que oculta los fríos cálculos de la razón imperial de Estado. Bush busca liquidar a Hussein por el petróleo y no por la democracia. No me extrañaría nada que si logra controlar Irak busque arreglar cuentas con Arabia Saudita, usando otra vez el argumento de sus concomitancias con Al Qaeda. Más petróleo para repartir.



No podemos impedir, en las circunstancias actuales, que Estados Unidos haga su guerra, bombardee y mate a destajo y además profundice la actual crisis del capitalismo, en especial en los países que no son productores de petróleo. Pero debemos evitar como país cualquier complicidad con esa aventura insensata e injustificada. Nuestro papel en el Consejo de Seguridad es clave.



En un diario de la plaza un conocido analista político argumentaba que, para preservar nuestros lazos comerciales privilegiados con Estados Unidos, debíamos apoyar su política frente a Irak. Por fortuna en la misma página una hermosa modelo decía que estaba dispuesta a envolverse en un lienzo contra la guerra. El pragmático analista sabe mucho más de política internacional que la modelo (y que yo, por supuesto), pero carece de valores y tiene una visión chata de nuestros intereses como país.



Para mí el problema de Irak no es su capacidad militar. Esta no debe ser muy significativa si no fue capaz de ganar la guerra con Irán. Además, si se trata de desarmar a los países con armas nucleares, existen muchos otros, empezando por Israel, India y Pakistán. Si se exige que Irak y quizás en el futuro otros países no tengan armas nucleares o bacteriológicas, ¿no sería justo que esa fuera una política universal, aplicable también a Estados Unidos, Rusia y los países europeos?



Quizás nuestra misión como país, que ocupa por un corto tiempo un puesto en el Consejo de Seguridad, sea hacernos portavoces de la utopía: el desarme nuclear y bacteriológico total.



El problema de Irak es que su régimen político es una dictadura represora, donde se aplasta al pueblo kurdo y a la oposición se le expulsa o encarcela. El asunto no es entonces el desarme sino negociar una transición democrática.



Me parece lícito usar el poder de Naciones Unidas para obligar a Hussein a llamar a elecciones democráticas limpias, controladas en todas sus etapas por veedores internacionales, pero no me lo parece usar la fuerza para controlar un país soberano, con el argumento que sus misiles llegan unos miles de kilómetros más allá de las disposiciones del Consejo de Seguridad.



El uso de esos argumentos por parte de la mayor potencia militar del mundo produce una mezcla de risa y vergüenza. No son argumentos serios pues la diferencia de poder militar es apabullante. Detrás de ellos se huele el petróleo.



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