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El Estado: ¿el tamaño o la técnica?

por 7 marzo, 2003

Existe un discurso interesado en demostrar que mientras más limitado sea el rol del Estado, a favor de la gestión del mercado, mayor eficiencia y, con ello, mayores posibilidades de crecimiento ganará el sistema económico. Llamémosle a éste, un discurso neoliberal.
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Existe un discurso interesado en demostrar que mientras más limitado sea el rol del Estado, a favor de la gestión del mercado, mayor eficiencia y, con ello, mayores posibilidades de crecimiento ganará el sistema económico. Llamémosle a éste, un discurso neoliberal.



Aquellos defensores de un rol del mercado más extremo, los neoliberales, señalan que tal mecanismo es el que mejor captura, y de manera menos costosa, las reales preferencias de los agentes (ciudadanos, consumidores, etc.). Este rol no lo podría ejercer nadie mejor, por lo que para tales acciones el Estado sería sustituible a favor del mercado.



Nos interesa el tamaño, dicen. Un Estado chico. Y el mercado, grande. El Estado y el mercado vistos como dos vasos comunicantes de laboratorio, donde el mayor contenido de uno se obtiene del trasvasije efectuado desde el otro (veremos más adelante que está visión es errónea).



Estos mismos defensores de la prevalencia del mercado señalan que tal sistema es neutral en cuanto su asignación de recursos, por lo que no se vería influenciado por proyectos políticos o ideológicos que puedan venir dictados desde 'más arriba'. No así el Estado, cuyo accionar tiende a verse contaminado por las ideas y proyectos de los distintos gobiernos.



Por lo tanto, continúan los neoliberales, el mercado es el mecanismo que mejor refleja las posibilidades de libertad (de elección) y el espíritu libertario de una sociedad. Cualquier dirigismo a través del Estado jugaría inevitablemente contra estas condiciones de libertad. Y, aunque las políticas de asignación desde el Estado puedan ser guiadas por las más nobles convicciones, tales nunca capturarán ni podrán ecualizar los deseos de todos los ciudadanos, tal y como sí lo logra el mercado. Señalan.



Desde la tribuna neoliberal se viste al mercado con un ropaje de objetividad y, en contraposición, al Estado se le describe - más allá de su rol regulador - como una herramienta dirigista, una instancia donde se estaría señalando qué hacer o hacia dónde ir, torciendo nuestras preferencias. El Estado guiaría su conducta a partir de elementos subjetivos, cargado de intereses políticos, de posiciones normativas que limitarían, en definitiva, las libertades de las personas.



Pero, y tal como está de moda hacerlo en TV, en un 'cara a cara' muchos les diríamos "compadres, no les creo" a aquellos que señalan lo anterior, o por lo menos les responderíamos "tienen que ser muy ingenuos para creer lo que están diciendo".



Sucede que muchos creemos que la visión neoliberal es metodológica y argumentativamente incorrecta y que lleva a un entendimiento de los roles de instituciones como el Estado muy distinto entre proyectos de 'derecha' y proyectos más 'progresistas'.
En primer lugar, el Estado, el mercado y otras instituciones se deben colocar al mismo nivel en cuanto su relevancia para alcanzar los objetivos de desarrollo económico y social. Debemos entender que en tal búsqueda, que tiene que ver con la prosecución de máximas posibilidades de bienestar y desarrollo humano para cada uno de los miembros de la sociedad, el rol de las instituciones, en particular el rol del Estado y del mercado, se hace primordial.



Otro punto: entendamos de una vez que el mercado también es un artefacto político, por lo que la propuesta neoliberal de 'despolitizar las relaciones comerciales a través de la entrega del control al mercado', es a lo menos ingenua, y a lo más deshonesta. Por ejemplo, el proceso de toma y distribución de derechos de propiedad, aquellos que otorgan los 'endowments', los derechos adquiridos o, de manera más figurativa, las fichas con que uno cuenta para participar en el mercado - y que los neoliberales toman como dadas - tienen orígenes e historia de alto contenido político.



Es más, aún aceptando la estructura de derechos-y-obligaciones existente, sigue siendo cierto que prácticamente ningún precio puede decirse 'libre de influencias políticas'. Por ejemplo, dos precios críticos como salarios y tasas de interés están determinados políticamente en un grado importante.



En definitiva, dadas las inexactitudes del discurso neoliberal, su propuesta puede generar situaciones complicadas incluso para sus propios intereses libertarios. Claro, los neoliberales, al hacer un llamado a la 'despolitización de la economía', no solo están vistiendo erróneamente su opción como 'objetiva', pero a la vez, están subestimando principios democráticos de control, al traspasar toma de decisiones del Estado a otras instituciones que no necesariamente pueden representar deseos ciudadanos. Ä„Cuidado entonces!: los mercados también operan con instituciones que regulan quienes pueden participar.



Lo anterior no significa negar el rol insustituible del mercado, en particular su rol como motor del crecimiento. Más bien, se quiere indicar que debemos fijarnos en génesis, roles y limitaciones de estas instituciones. Entonces, tal como reconocemos que el Estado sencillamente no puede reemplazar al mercado en el objetivo de creación de riqueza, de igual manera debemos reconocer el rol irremplazable del Estado en la promoción del desarrollo.



El Estado, en el ámbito económico, puede influir positivamente en la conducta empresarial emprendedora a través de políticas monetarias, fiscales, de comercio, de inversión destinadas a promover, mantener o acelerar las actividades privadas a desarrollarse dentro del mercado. En segundo lugar, puede regular o limitar la conducta de los agentes privados, y motivar la actividad privada hacia aquellos nichos de producción que tienen interés social, por ejemplo a través de protecciones medioambientales, protecciones al consumidor, programas de seguro laborales o legislación salarial. Tercero, puede mediar en conflictos entre capital y trabajo a través de distintas formas de intermediación. Cuarto, puede dedicarse a distribuir o redistribuir los recursos sociales y privados obtenidos del capital a través de subsidios, transferencias, o políticas industriales. Por último, y entre otras labores, puede también dedicarse a producir bienes y servicios, ya sea vía subsidios o concesiones o a través del desarrollo de empresas estatales o de capital mixto.



Como ven, la gran mayoría de las acciones que le compete al rol del Estado en materias económicas se ejecutan, también, a través del mercado. Pero no confundamos lo anterior con una relación tipo "vasos comunicantes".



De seguir tal esquema de 'vasos', podremos llegar a encontrarnos frente a un crecimiento inarticulado del mercado que traiga consigo una serie de fallas que no podrán ser reguladas 'desde dentro'. Tampoco 'desde fuera', desde el Estado, debido a que éste ya habría quedado reducido a un pequeño rango de acción. Tal paradoja nos lleva a una chapulinada ("¿oh, y ahora quién podrá defendernos?"). Y, peor aún, puede llevarnos a que efectivamente aparezca algún Chapulín.



Entonces, no nos quedemos con la propaganda de que modernizarse es achicarse. Realicemos un debate serio. No sigamos insistiendo sine qua non con el tamaño. Frente a tal insistencia, ¿qué diría Freud?



(*) Economista de University of Cambridge y el CED

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