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¿A qué le tenemos tanto miedo?

por 8 marzo, 2003

La Concertación debe optar por un giro estratégico. Debe decirle a los chilenos que es falso que "ahora le toca a Lavín, porque la Concertación no tiene nada más que ofrecer a Chile".
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Así como tenemos sueños, las pesadillas nos visitan también en medio de la noche. Con sobresaltos, hay veces que sueño, como una visión terrorífica sacada de Dante, la sucesión presidencial del 2006.



Veo al Presidente Ricardo Lagos, una mañana de marzo del 2006, entregándole la banda presidencial a un jubiloso Sergio Romero, por aquel entonces Presidente del Senado. Y este, con una sonrisa cómplice, ciñéndosela a Joaquín Lavín. Luego, el nuevo Presidente de la República, en medio de ensordecedores aplausos, levantando sus brazos triunfante. Frente a él, diputados y senadores, miembros del Tribunal Constitucional, de la Corte Suprema, del Consejo de Seguridad Nacional, grandes empresarios y magnates de los medios de comunicación social celebrando su triunfo.



La Constitución del 80 seguirá siendo la misma en demasiados aspectos. Los enclaves autoritarios habrán cumplido su papel. El 40% de los trabajadores sin previsión social verán por televisión a los directores de AFP enriquecidos y jubilosos. Las Isapres y Mutuales, recién despedidos sus asesores concertacionistas, igualmente alegres. Y, por cierto, los que se apropiaron de empresas públicas de mala manera, tras 17 años de gobiernos democráticos saldrán más ricos y, ahora, reconocidos socialmente.



Visión lamentable. Pero posible. Por cierto, se trata de una pesadilla. La realidad tiene matices. Por cierto, podremos decir muchas cosas.



La primera es sostener que el Presidente Ricardo Lagos habrá cumplido su papel histórico. En medio de una evidente crisis final de la coalición de partidos supo mantener sus raeladas filas ordenadas hasta el final. Que entrega el país con estabilidad política y paz social. Y lo hace a pesar que a partir de 1998 y hasta bien entrado el 2004, la fatiga del capitalismo mundial y latinoamericano impidieron a Chile crecer y alcanzar la igualdad. A lo imposible nadie está obligado.



Lo segundo es afirmar con los historiadores que un ciclo histórico ha terminado felizmente en Chile. Ricardo Lagos ha demostrado que una coalición de gobierno presidida por un socialista podía llegar pacíficamente al poder, que podía gobernar razonablemente bien y entregarlo sin sobresaltos. El terrible recuerdo del 11 de septiembre de 1973 estará acabado. Nuestros hijos y nietos se lo agradecerán.



Lo tercero es que la Concertación de Partidos por la Democracia podrá señalar que su tarea está cumplida. El 2006 será la coalición que más habrá gobernado Chile en su historia. Y lo hizo respetando derechos y libertades Y, más importante aún, lo habrá hecho entregándole crecimiento económico muy sobre el promedio histórico y, por cierto, por sobre el del régimen militar. Habrán muchos menos pobres, gente más saludable y educada. Y ello se habrá logrado con una paz social y política en medio de un continente en llamas.



Lo cierto es que así visto el 2006, la pesadilla se transforma en una amarga poción, más digerible. Pero, seamos claros, se tratará de una mala realidad para el país. Básicamente por dos razones.



La primera, lo lamentable de este cuadro es que el triunfo de la derecha significará una abrumadora concentración de poder político, económico, cultural, militar y mediático como no se ha visto en Chile desde los tiempos de la oligarquía.



Lo segundo es que nuestros sueños de igualdad social se postergarán indefinidamente. A menos que Joaquín Lavín haga lo que han hecho Aznar, Chirac y Berlusconi. Entender que "París bien vale una misa" y que la derecha en el gobierno democrático debe mantener impuestos altos y servicios sociales fuertes. Pero esto último es muy improbable por el círculo más estrecho del alcalde de Santiago.



Por eso la Concertación debe optar por un giro estratégico. Debe decirle a los chilenos que es falso que "ahora le toca a Lavín, porque la Concertación no tiene nada más que ofrecer a Chile".



La coalición de gobierno debe practicar una forma distinta de hacer política y apostar a sentar las bases compartidas de un nuevo estilo de desarrollo. "Vino nuevo en odres nuevos". Miremos más las experiencias europeas de desarrollo. Necesitamos fortalecer un Estado integrador. Tener más recursos e invertirlos mejor en educación, capacitación laboral y salud. Volver a la sociedad civil donde nacen y se nutren los partidos políticos democráticos. Y apostar a los pequeños y medianos empresarios que necesitan de nuestro apoyo para insertarse en la economía mundial. Mal que mal ellos son los que dan entre los dos tercios y tres cuatros de los empleos de Chile.



Hay que quebrar la inercia. Apostar a un giro estratégico. No tenemos nada que temer ni nada que perder. En caso contrario, nuestras pesadillas se harán realidad y la derrota llegará el 2005.





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