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Déjame que te mate para que vivas

por 19 marzo, 2003

Es impensable, dados los intereses en juego, que el Consejo de Seguridad no autorice alguna forma de uso de la fuerza en contra de Irak, si quiere realmente afirmar el último de los escenarios señalados.
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El resultado militar final de la guerra de Estados Unidos contra Irak no es ninguna incógnita. Lo que realmente es un problema abierto es qué pasa el día después, cuál es el principio de orden político que hará posible la reconstrucción económica, social y política del país. Un orden que evite su división o una guerra civil entre grupos irreconciliablemente antagónicos, que promueva un bienestar económico y una democracia en un pueblo exhausto tras 12 años de militarismo, guerras y dictadura.

Nada hace pensar que tal plan exista. Excepto esbozos más o menos gruesos de las dificultades que presentará el país para que los vencedores de la guerra sostengan una estructura política mínimamente creíble y viable en el tiempo.

Lo único, meridianamente, claro es que una reconstrucción basada exclusivamente en la ocupación por parte del vencedor militar tiene costos imprevisibles, incluso de carácter estratégico en la región; y que mientras más daños provoquen las acciones militares a la población civil, más difícil se hace el día después. Lo contrario sería pensar que el absurdo de decirle a alguien: "déjame matarte para que puedas vivir", tiene sentido.

Por ello, el engolosinamiento con la parafernalia militar, las bombas inteligentes, los misiles y los círculos de fuego, no debieran hacer olvidar al Estado Mayor norteamericano -ni menos a los analistas de la guerra- que el test final de los objetivos fijados por Estados Unidos está en el orden político que se deriva de ella, y que ahí las interrogantes sobrepasan largamente a las certezas. Y que esa es una de las inconsistencias fundamentales de la estrategia norteamericana.

Chile, después de algunos titubeos, adoptó una postura que si bien llegó atrasada para la prevención de la guerra, lo posiciona correctamente en el escenario internacional futuro. Los críticos internos han sostenido que los costos que deberá pagar el país por no alinearse con Estados Unidos se reflejarán en los negocios, particularmente el TLC.

Ese es un análisis simplista. Se olvidan que es del interés nacional el multilateralismo, el fortalecimiento de la ONU, la libertad de comercio y la paz internacional, y que el país ha quedado en óptimas condiciones de ser un aliado estratégico -dadas sus responsabilidades actuales en el Consejo de Seguridad- de aquellas fuerzas que deban garantizar la reconstrucción de la paz en Irak. Y que para la estabilidad estratégica de toda la región y el destino de la seguridad internacional, sigue abierto un debate que es político.

Adicionalmente, hay que agregar que, en términos comerciales, Chile tiene una diversificación internacional de mercados que obliga al país a una posición equilibrada y ser una especie de puente y facilitador de políticas. No favorece a nuestro interés nacional, un alineamiento incondicional con un país, ni la existencia de pugna encarnizada entre bloques económicos a raíz de un conflicto político, ni menos quedarnos fuera de la solución si podemos influir positivamente en ella.

Por lo tanto, al hacer uso de la calculadora a la hora de hacer una opción estratégica internacional, los críticos de la postura chilena deben usarla con las funciones complejas y no sólo con la suma y la resta.

En términos objetivos, Estados Unidos no puede encontrar una aliado estratégico mejor que Chile para las negociaciones posteriores, con alta credibilidad para todas las partes directamente involucradas, incluido el mundo árabe, y para aquellas como Francia y Alemania, de fuerte oposición a la acción militar norteamericana.

Si hemos de creer que en el interés norteamericano no está el desahuciar la ONU -así se desprende de la intervención de Bush el lunes en la noche-, Chile tiene una excelente oportunidad para que su visión institucionalizada del orden internacional constituya un puente y garantía del proceso que se vivirá una vez terminadas las acciones militares. Tarea nada fácil por cierto.

Este escenario, y esto es fundamental, tiene un costo real que se debe prever. El país va a tener que disponer de una fuerza de tarea diplomática de alta especialización político técnica para sostener ese rol; y, en segundo lugar, estar dispuesto a jugar un papel más activo en las tareas de imposición y mantención de la paz en Irak. Inspectores, policías, fuerzas de prevención, mediación y acciones humanitarias, y muchas otras, pueden implicar un esfuerzo más serio que el que posiblemente se está previendo.

Por lo tanto, la tarea del momento es saber si está preparado para sostener dignamente y con voluntad política en el tiempo, una postura como la que ha adoptado, y con todos los costos que ello implica.

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