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Mitos en torno a los resultados del Simce

por 25 abril, 2003

Hay que romper los mitos que nos tienen ahogados, entonces, para poder discutir en serio sobre las fortalezas y debilidades de nuestra educación y su reforma.
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Primer mito: el origen socio-familiar de los alumnos no importa. Falso. Los promedios nacionales muestran una clara correspondencia entre el hogar de los estudiantes y su logro de aprendizaje medido en 4° año de la enseñanza básica. Y esto vale exactamente igual para lenguaje y matemática. A menor ingreso del grupo familiar y menores niveles educacionales de los padres, los alumnos rinden peor en la prueba.



En promedio, un alumno proveniente de una familia cuyos padres tienen entre 15 y 16 años de estudios y un ingreso de $1.3 millones obtiene alrededor de 80 puntos más que un alumno proveniente de una familia cuyos padres tienen 7 años de estudios y un ingreso de $100 mil.



Dicho en otras palabras: existe una alta probabilidad de que si un niño o niña nace en un hogar del quintil más rico obtenga un puntaje de excelencia. Lo contrario ocurre si un niño o niña nace en un hogar del quintil más pobre.



En suma, ingresos más educación de los padres, factores que forman la base de lo que la sociología llama "capital cultural" de la familia, son las variables más decisivas para explicar las diferencias del rendimiento escolar promedio de los alumnos.



Esto podría resumirse también así: las desigualdades sociales son determinantes para el éxito escolar de los alumnos. Y no hay como escabullir este hecho, macizo como una roca, doloroso en su injusticia.




Segundo mito. Las escuelas municipales (MUN) son siempre las menos efectivas. En toda circunstancia los establecimientos privados subvencionados (PSUB) o particulares pagados (PPAG) son superiores y deben preferirse. Falso. En efecto, si se considera los puntajes obtenidos por alumnos provenientes de hogares con una diferente dotación de capital cultural, el cuadro que emerge es muy distinto y echa abajo el mito. Lo muestra el siguiente gráfico, el cual, para simplificar, considera solamente a los alumnos de los grupos alto, medio y bajo.




¿Qué nos muestra este gráfico?



Varias cosas.



Primero, que el sistema escolar chileno es altamente segmentado. No hay alumnos de hogares con un alto capital cultural que asistan a escuelas municipales. Así como tampoco hay alumnos del grupo de bajo o, incluso, de capital cultural medio, que asistan a escuelas particulares pagadas. De modo que sólo las escuelas privadas subvencionadas cubren todo el espectro social chileno. Es una expresión patente de las desigualdades que afectan a nuestra sociedad y de cómo ellas se canalizan, y reproducen, a través del sistema escolar. Recuerda a los antiguos sistemas de castas. O bien, a los modernos sistemas de jerarquía estamental.



Segundo, que para la educación de los niños provenientes de hogares con un bajo capital cultural, los establecimientos más efectivos en cuanto a resultados medidos por el SIMCE son aquellos gestionados por los municipios o sus corporaciones. Estos obtienen una diferencia de 13 puntos a su favor en lenguaje y de 13 puntos en matemáticas en relación a los establecimientos privados subvencionados.



Tercero, que los alumnos del grupo de hogares de capital cultural medio obtienen mejores resultados en los establecimientos privados subvencionados que en los municipales, con diferencias de 9 y 7 puntos a su favor en lenguaje y matemática, respectivamente.



Cuarto, que los alumnos nacidos en hogares dotados de un alto capital cultural rinden, en promedio, más o menos igual en escuelas privadas subvencionadas o en escuelas particulares pagadas, no presentándose diferencias significativas.



En suma, es imposible sostener, a partir de los resultados del SIMCE, que las escuelas privadas son siempre y en toda circunstancia más eficaces que los establecimientos municipales.



Aún más: sostengo que centrar ahí, en ese punto, el debate público es inconducente. No sólo porque el punto de partida es falso sino, además, porque lo importante es la efectividad de cualquier tipo de escuela, independiente de su dependencia administrativa.



Más interesante son algunas consecuencias que se pueden obtener de nuestro segundo gráfico y que, de ser compartidas, servirían para avanzar en la discusión. Mencionaré tres que me parecen particularmente aleccionadoras.



1) No se puede seguir insistiendo en el argumento simplista y a todas luces errado de que la gestión de las escuelas, o su efectividad, se deduce automáticamente de su dependencia. Lo más seguro es que existen escuelas municipales, privadas subvencionadas y particulares pagadas que se hallan bien gestionadas, y son eficaces, y otras -en cualquiera de esos tres tipos- que están mal gestionadas y son ineficaces.



2) Tampoco se puede seguir repitiendo, a menos que no sea ya como un mero gesto ideológico, que los males de nuestro sistema escolar residen principal o exclusivamente en el estatuto docente y que eso explicaría la desventaja en que se encuentran los establecimientos municipales frente a los privados. Dado que estos últimos obtienen significativamente mejores resultados que los privados subvencionados en el grupo bajo, el que mayores dificultades y desafíos presenta para el sistema, lo que cabría concluir -con el mismo simplismo ideológico anterior- es que tener el estatuto docente explica la superioridad de las escuelas municipales en este segmento de los alumnos.



Personalmente, soy partidario de cambiar el régimen de la profesión docente y de flexibilizar su estatuto -en términos de evaluaciones e incentivos- pero no por razones ideológicas ni por estimar que éste es el factor decisivo para la eficacia de nuestros establecimientos. Sencillamente, creo que nos abriría la posibilidad, junto a otra serie de medidas, de incrementar la efectividad de los colegios municipales.



3) Por último, llama la atención que los alumnos del grupo alto obtengan similares resultados en escuelas privadas subvencionadas, donde el gasto promedio por alumno fluctúa entre $25 mil y $50 mil pesos, que en escuelas particulares pagadas, donde las familias gastan en promedio $100m mil pesos y más. ¿Qué está pasando con nuestros establecimientos de élite, los más caros y selectivos? ¿Será cierto que su gestión es tan potente y eficiente y que sus logros debieran servir como paradigma para todo el sistema?



Hay que romper los mitos que nos tienen ahogados, entonces, para poder discutir en serio sobre las fortalezas y debilidades de nuestra educación y su reforma.



La prensa, lamentablemente, no contribuye a esto. Prefiere el camino fácil de cultivar mitos antes que asumir la responsabilidad de mirar a través de ellos y de analizar nuestra compleja y muy contradictoria realidad educacional.



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