¿Quo vadis progresismo? - El Mostrador

Viernes, 17 de noviembre de 2017 Actualizado a las 22:32

Autor Imagen

¿Quo vadis progresismo?

por 8 mayo, 2003

Descarnado de trascendencias y de sentidos, el progresismo criollo recurre, o al nostálgico principismo discursivo que defiende las ideas pero no su viabilidad o, alternativamente, renuncia a todo principio a nombre del realismo de lo posible, un posible que cada vez está más acá que más allá.

¿Cuándo fue la última vez que un dirigente de nuestra izquierda estuvo dispuesto a arriesgar su puesto, ya no la vida como lo hiciera en el período de la dictadura militar, sólo su escaño en el parlamento o su cargo en el gobierno?



Me lo pregunté la mañana del lunes 5 de mayo después de un diálogo en Chile 21 con el ex canciller judío del gobierno de Barak que negoció los acuerdos de paz con los palestinos en Camp Davis: el líder laborista e historiador doctorado en Oxford, ex embajador de Israel en España y miembro de la facción más renovada del laborismo israelí, Shlomo Ben-Ami.



Eso me preguntaba al oír su relato en que nos recordaba que el asesinado Rabin arriesgó su vida cuando, a pesar de ser un ex militar con experiencia en combates y victorias bélicas, entendió que no sólo la supervivencia del estado de Israel, sino su fuerza moral, exigían hacer concesiones políticas y territoriales más allá de los que la propia sociedad israelí estaba dispuesta a aceptar, para darle una salida al problema palestino y satisfacer el anhelo de éstos de contar, al igual que los judíos, con su Estado.



Eso me preguntaba cuando Ben-Ami narraba, con pasión pero racionalidad, cómo el progresismo israelí perdió sus elecciones y él mismo su confortable cargo de Ministro por haber encabezado una negociación casi sin condiciones con Arafat y que este último desestimó, desencadenado la violencia y el terrorismo que hasta hoy pagan ambos pueblos y que ha llevado a endurecer las posiciones con gobiernos de derecha.



¿Qué mayor legitimidad pueden tener los liderazgos que cuando arriesgan su propia permanencia en el poder por defender principios y valores esenciales, más allá de los ranking de popularidad y del facilismo de tomar decisiones que emanan de las encuestas de opinión?



¿Qué mayor credibilidad pueden tener las posiciones y las declaraciones de líderes que cuando éstas han estado respaldadas por el testimonio inequívoco de la coherencia y consistencia entre verbo y acción, entre la opción personal y la que se le exige a los demás? me reiteré esa mañana después de escuchar a Ben-Ami en la presentación de su libro en la Universidad de Chile.



Que nos sirva de lección. Debatir sobre la búsqueda de paz cuando se vive en medio de la guerra, polemizar acerca de la violencia, el terrorismo y las fórmulas para salir de ellas cuando se teme ser la próxima víctima o se acaba de enterrar a un familiar, es bien distinto a hacerlo desde el confort de la inexperiencia o desde la inaceptable amnesia con el propio pasado.



El importante debate que surge de la confrontación de puntos de vista contrapuestos a propósito de la guerra en Irak, como el que sostuvieron el escritor chileno Ariel Dorfman, en su momento perseguido y exiliado, en contra de la guerra, y el Premio Nobel de la paz de Timor Oriental, José Ramos, a favor de ella, en el que se pone de manifiesto el dilema de si se debe recurrir a una guerra para terminar con las dictaduras, tiene una legitimidad que no puede discutirla nadie, ni los detractores, ni los defensores de una u otra postura.



Es un debate en que las partes, aún si discrepamos de una de ellas, contribuyen a fundar decisiones, sin duda difíciles, basadas en la razón y en los criterios de viabilidad, pero adscritas a valores y no a simples cálculos de ganancias de corto plazo que, a nombre de principios, terminan hipotecándolos por un maximalismo irresponsable o por brutal pragmatismo.



Descarnado de trascendencias y de sentidos, el progresismo criollo recurre, o al nostálgico principismo discursivo que defiende las ideas pero no su viabilidad o, alternativamente, renuncia a todo principio a nombre del realismo de lo posible, un posible que cada vez está más acá que más allá.



Líderes mediáticos que hablan y, peor aún, piensan en cuñas invaden programas de televisión y títulares de prensa, abandonando todo interés por el real debate de ideas. Dirigentes que día a día banalizan más sus declaraciones y terminan por omitir las causas relevantes e importantes, asumiendo como único dato de la realidad las urgencias de la coyuntura, cambiando las prioridades circunstancialmente al ritmo que impone la voluble coyuntura.



Falta de perseverancia, inconstancia en el seguimiento de las causas o, más triste aún, desaparición de toda causa que no sea aquélla que está estrictamente ligada, según la encuesta de turno, al respaldo electoral en la próxima contienda, la que sea, por un cupo parlamentario o por un cargo de representación municipal, pasa a ser casi una norma de las prácticas políticas, provocando el creciente distanciamiento de la ciudadanía con la política y vaciando al progresismo de sus cuestiones centrales de esencia e identidad.



Sin duda que es difícil ser progresistas en el mundo del siglo veintiuno cuando la paz es un discurso que se exhibe ante guerras ya declaradas, pero no una conquista ganada en la práctica de negociaciones políticas capaces de evitarlas. Cuán difícil es ser progresista cuando la aceptación de la diversidad es un discurso "políticamente correcto" que cada vez tiene menos seguidores y las experiencias de intolerancia y las discriminaciones son cada vez más frecuentes y violentas.



Qué difícil es ser progresistas cuando hay unanimidad mundial en materia de políticas fiscales y macroeconómicas, sin embargo persisten barreras que aún dividen a países y sociedades por visiones culturales, concepciones de política internacional y comprensiones disímiles sobre ciudadanía, democracia y derechos humanos. Cuánta dificultad para ser progresistas inmersos en una globalización que, así como permite adelantos notables, nuevas oportunidades y progresos, asimismo genera amenazas de profundizar procesos de concentración y nuevas desigualdades.



Pero no por difícil, eludibles. Sólo cuando, entre otros, estos temas que realmente hacen a la construcción de sociedades dignas de ser vividas, puedan ser parte del debate que movilice la energía de los partidos de nuestra izquierda y de sus dirigentes, cuando los líderes de estos partidos asuman, más que el discurso, los cursos de acción que hacen posible sus ideas, sólo cuando el comportamiento de estos partidos y dirigentes involucre el efectivo compromiso personal coherente con lo que se postula, recién entonces podremos responder ¿quo vadis progresismo?



Sólo entonces podremos otorgarle a la política la dignidad y relevancia que ella merece y que -lamentablemente para la calidad de nuestra democracia y para las oportunidades de bienestar de aquéllos en cuyo nombre se persigue el poder- se ha ido perdiendo con la pasividad de la que fuera, hasta poco tiempo atrás, una lúcida y valiente clase dirigente progresista chilena.



*Directora Ejecutiva de la Fundación Chile 21

Compartir Noticia

Más información sobre El Mostrador

Videos

Más Noticias

Blogs y Opinión

Mercados

TV

Cultura + Ciudad

Deportes

Plan Individual

Anual:
$90.000
Semestral:
$40.000
Trimestral:
$20.000
Mensual:
$10.000

Plan Empresa

Anual:
$700.000

hasta 10 usuarios
(valor normal 1.200.000)

Semestral:
$400.000

hasta 10 usuarios
(valor normal 600.000)

Trimestral:
$200.000

hasta 10 usuarios
(valor normal 300.000)

Mensual:
$80.000

Hasta 10 usuarios
(valor normal 100.000)