La chicha con que la derecha se puede curar - El Mostrador

Martes, 21 de noviembre de 2017 Actualizado a las 13:15

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La chicha con que la derecha se puede curar

por 8 mayo, 2003

El afán de poder gubernamental de la derecha no le ha permitido ver con las consecuencias de destruir una estructura de representación que hasta el momento ha reproducido el modelo creado por Pinochet. No han percibido con qué chicha se pueden curar.

Se ha creado una sensación atmosférica que de tanto rumiarla, comentarla, ponerla como tema en los encuentros sociales en que pululan los militantes de la Concertación, ha adquirido corporeidad, la fuerza de un hecho que desde ya se presume inevitable, pese a que falta tiempo para que se consume: la profecía del fin de los gobiernos de la Concertación.



Un destacado analista de esa corriente fue el primero que uso la frase lapidaria "las ceremonias del adiós". En virtud de las resonancias del giro semántico revistió al proceso en curso del carácter de una fatalidad.



Si ese proceso se consumara, lo que no es descartable pues el gobierno de Lagos no hace nada por evitar el deslizamiento, estaríamos frente a un cambio de los mecanismos de representación que han sido tradicionales en el Estado capitalista chileno desde 1938 en adelante, el cual podría generar efectos no esperados por la derecha.



La pauta funcional optima de representación en un Estado capitalista es la correspondencia entre el bloque o los grupos dominantes en la esfera del capital y el bloque o grupos dirigentes en el ámbito político-cultural. Esa estructura fue la que se dislocó en la guerra civil de 1891 y luego con el fracaso del reformismo sistémico de Alessandri en 1924.



En su reemplazo se instaló una estructura de compromiso con sustitución desde 1938 hasta 1970. Esa estructura se ubica en un lugar intermedio entre la correspondencia con alternancia competitiva del siglo XIX y el antagonismo competitivo del periodo de la Unidad Popular.



La estructura de representación con compromiso y sustitución significa que el bloque dominante solo adquiría un acceso parcial a la dirección política y cultural de la sociedad. Ello implica a) que esos sectores obtenían solo un poder compartido y no lograban acceder a las funciones de gobierno, aunque por obtener cuotas de poder parlamentario la defensa de los interés, ideologías y visiones de mundo del bloque dominante pudiera realizarse a través de negociaciones y transacciones desde fuera de la esfera gubernamental; y b) que esos grupos dominantes eran sustituidos de la dirección directa de algunos procesos importantes de modernización capitalista, frente a los cuales actuaban como fuerzas refractarias y defensivas.



En la historia política chilena del siglo XX esa situación ocurre entre 1938 y 1948, entre 1952 y 1958 y entre 1964 y 1970. La reiteración de esa situación defensiva de las clases dominantes hace que el capitalismo que se conformaba no fuera aquel que deseaban los empresarios porque no les otorgaba espacio para desarrollar plenamente sus lógicas de acumulación.



Por ello que la dictadura militar, al crear una estructura de correspondencia, viene a resolver el problema de la Unidad Popular pero, además, una contradicción de largo plazo del desarrollo capitalista chileno.



Pero la estructura de representación que crea la dictadura militar es de correspondencia con intermediación. Esa intermediación constituye una forma débil de la política de compromiso, pues son los militares los que tienen la capacidad de dirección y las clases dominantes mismas deben negociar con ellos y enfrentar en ocasiones decisiones problemáticas como la quiebra de los grupos económicas más importantes en la crisis de 1982. Sin embargo, eran miembros decisivos del bloque político en el poder. No solo eran los protagonistas en la economía de las transformaciones, además estaban representados en la esfera política por los tecnócratas neoliberales.



Esa misma estructura de representación con correspondencia e intermediación es la que en la práctica se instala con la Concertación. Ella realiza las nupcias entre neoliberalismo y democracia política en los marcos estrechos de la Constitución del 80. La Concertación no instala, pese a las promesas de sus discursos previos, una política de reformas como las coaliciones de centro-izquierda o el gobierno de Frei Montalva, sino una política de reproducción y cambios sociales marginales.



Pero en el gobierno de Lagos, obnubilada por las esperanzas del poder político directo, la derecha se ha dedicado a poner en crisis el modelo de representación, sin percibir la importancia que tiene para los intereses generales del tipo de capitalismo que se ha instalado en Chile que sea la Concertación las fuerza gobernante.



Esa importancia es simbólica-cultural, pues arrastra a la coalición de centro izquierda hacia el universo discursivo de cuño neoliberal. Convierte a los socialistas y otras fuerzas progresistas en bastiones de legitimación del modelo. Por lo mismo esa importancia es política, pues neutraliza la posibilidad de recuperación por esas fuerzas de un ideario reformista efectivo.



El afán de poder gubernamental de la derecha no le ha permitido ver con las consecuencias de destruir una estructura de representación que hasta el momento ha reproducido el modelo creado por Pinochet. No han percibido con qué chicha se pueden curar.



Desde mi lugar político miro con ansiedad el momento que los socialistas y otros grupos progresistas tengan las manos libres de responsabilidad gubernamental y puedan recuperar distancia frente a un diseño cada día más alejado, como lo ha dicho Ffrench Davis, del crecimiento con equidad. Esta estructura de representación le ha dado a la Concertación el poder pero obligándola a hacer política de reproducción y a crear un discurso casi mimético con el de la derecha.





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