Guerra de Irak: la visión de mundo que la sustenta - El Mostrador

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Guerra de Irak: la visión de mundo que la sustenta

por 10 mayo, 2003

Fácil resulta entender por qué antiguos aliados autoritarios de EEUU durante la Guerra Fría puedan encontrarse en el camino de dejar de serlo y que, por lo mismo, la estabilidad en esa zona del mundo tomará su tiempo en alcanzarse, pues Irak no debería ser el único objetivo.

La guerra contra Irak no es una casualidad de la historia, ni la decisión delirante de un solitario presidente mentalmente extraviado. Se trata de una reacción extrema pero no excepcional a lo sucedido el 11 de septiembre de 2001 que, en general, sigue los moldes vigentes del denominado realismo en política exterior. De ahí que esta guerra haya sido calificada por Robert D. Kaplan, conocido analista de política internacional, como una expresión clásica de dicha forma de pensar.



Kaplan nos da una breve y descarnada síntesis de los principales elementos que componen esta visión. Así, señala que, si bien la política interna estadounidense opera dentro de los límites fijados por la ley (the rule of law), la política exterior debe hacerlo en un ámbito -el internacional- no regido por ley alguna, pues descansa finalmente en relaciones de poder. A su vez, el tipo de "moralidad" que Estados Unidos aplica hacia el exterior al tratar con sus adversarios, es más limitada y alicaída que la aplicada en sus asuntos internos. Realismo también quiere decir que todos los temas morales relativos a derechos humanos, a la democracia, etc., son en último término, cuestiones de poder.



El realismo también asume que algunas veces es necesario perpetrar una cierta cantidad de "mal" para lograr una cantidad mayor de "bien". Sobre el particular Kaplan nos recuerda, como fuente de inspiración de dicho planteamiento, las palabras de Machiavello. Según el pensador italiano, en un mundo imperfecto, los hombres buenos inclinados a hacer el bien, deben aprender a hacer el mal, ya que la virtud tiene mucho menos que ver con la perfección individual que con resultados políticos.



Sin embargo, esta propuesta tiene sus límites. Ella obliga a emplear el mínimo grado de crueldad requerida para así promover una causa virtuosa. Es lo que no sucedió con Augusto Pinochet, señala Kaplan siguiendo las directrices del realismo conservador, por cuanto la crueldad desplegada fue excesiva y su causa cuestionable, careciendo de virtud incluso de acuerdo con los estándares del pensamiento maquiavélico. Y es lo mismo que preocupa a los analistas internacionales en la actual guerra, cuando consideran el elevado número de víctimas civiles que están produciéndose, especialmente ancianos, mujeres y niños, lo que puede manchar, irremediablemente, las causas esgrimidas para justificarla: en primer lugar, desarmar a Hussein, para después agregar la liberación de Irak del régimen que éste le imponía.



Otro elemento configurador del realismo es considerar que gran parte del denominado Tercer Mundo -incluida Latinoamérica, África y los países árabes-, vive en una era de creciente anarquía, cuya característica principal es la ausencia de una autoridad reconocida por todos los integrantes de la comunidad nacional, debido a que el gobierno ha caído en manos de elites corruptas que han convertido la política en una fuente de negocios para sus integrantes, aislándose completamente de los demás sectores de la sociedad (el fenómeno de la auto referencia). Lo anterior emerge en un trasfondo cultural que se aparta sustancialmente de los valores culturales que caracterizan al mundo occidental desarrollado.



La mantención de este estado de cosas ha requerido la instauración de gobiernos autoritarios o tiranías, cuyo sustento descansa principalmente en la violencia. Tal situación conduce al resentimiento entre quienes integran las débiles capas medias ilustradas de esas sociedades, que ven un futuro sin oportunidades de ningún tipo, y al desarrollo de aventuras populistas inspiradas en utopías sociales, siendo el terrorismo uno de sus productos más conspicuos.



De ahí que la administración Bush vea la lucha contra los terroristas y los tiranos de una manera similar. El problema no es, como señala Kaplan, que Saddam Hussein apoye activamente a Al Qaeda, sino que los regímenes autoritarios del Medio Este lo hacen indirectamente al producir generaciones de subempleados, de subrepresentados y, por lo mismo, aptos para ser radicalizados políticamente por Osama bin Laden y otros como él. Fácil resulta entender por qué antiguos aliados autoritarios de EEUU durante la Guerra Fría puedan encontrarse en el camino de dejar de serlo y que, por lo mismo, la estabilidad en esa zona del mundo tomará su tiempo en alcanzarse, pues Irak no debería ser el único objetivo.



(*) Analista Político.

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