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Ä„Bajemos el salario mínimo!

por 16 mayo, 2003

Desde el punto de vista estricto de la teoría económica, no hay aserto más cuestionable que el alza de salarios en general y del salario mínimo en particular incidan negativamente sobre el empleo o sobre la economía en general.

En lo que se ha transformado en una suerte de rito chileno anual de celebración sui-generis del día internacional del trabajo, las páginas de la prensa abundan por estos días en titulares y artículos que destacan las opiniones de economistas que proponen congelar, rebajar e incluso eliminar el salario mínimo, y editoriales que los apoyan. Este año la andanada la inició el economista Eduardo Engel, quién usualmente pasa por una persona de pensamiento amplio y dado el parecido de su apellido con el del socio de Marx, ello se prestó para todo tipo de chistes de mal gusto.



No pocas de estas opiniones aparecen respaldadas por sesudos análisis econométricos que tienen la pretensión de demostrar los perniciosos efectos del salario mínimo sobre el empleo y la economía en general y los cuales suelen ser el resultado de largas y usualmente bien financiadas investigaciones de prestigiosos centros académicos de las principales universidades.



Desde el punto de vista estricto de la teoría económica, no hay aserto más cuestionable que el alza de salarios en general y del salario mínimo en particular incidan negativamente sobre el empleo o sobre la economía en general. Dicha aseveración se sustenta en una interpretación unilateral y deformada de la relación que evidentemente existe entre el nivel de salarios y la combinación entre el trabajo y los demás factores productivos, relación que es reconocida por todas las teorías económicas serias y desde luego también por Marx.



Dicho en forma simple, es evidente que si el nivel de salarios sube, las empresas van a estar más dispuestas a introducir maquinarias en reemplazo de mano de obra. La famosa idea neo-liberal de la "productividad del trabajo", a la cual se liga el tema del salario, en estricto rigor de la teoría neoclásica no refleja otra cosa que la tasa de sustitución de trabajadores por el resto de los factores productivos.



Según la teoría neo-clásica, además, una baja en el precio de las maquinarias produce exactamente el mismo efecto sobre la demanda de mano de obra que un aumento del salario, es decir, una tendencia a ocupar más máquinas y menos trabajo para el mismo nivel de producción. De ahí se deriva la famosa curva de pendiente negativa de demanda de trabajo, según la cual a mayor salario, menor demanda de trabajo. Esta es la curva que, aislándola de manera unilateral del conjunto mucho más complejo de factores que determinan el empleo, modelan los econometristas neoliberales, tratando de demostrar que la recuperación experimentada por el salario mínimo en años recientes, que lo ha llevado desde un nivel de miseria a un nivel de pobreza, habría en parte incidido en la cesantía masiva que se experimenta entre los más jóvenes y menor instruidos.



La verdad es que la relación entre el empleo y el salario es mucho más compleja que aquella fracción de la misma que tiene relación con la sustitución de trabajadores por maquinarias u otros factores. De hecho, dicha sustitución sólo opera en el mediano plazo, nunca en el corto plazo, y siempre frente a incrementos de producción, es decir, en períodos de crecimiento ¿a que capitalista sensato se le pasaría por la cabeza paralizar máquinas y reemplazarlas por trabajadores manuales, frente a una baja de salarios?



En cambio puede afirmarse que el nivel de salarios será relevante al definir la utilización de tal o cual tecnología en un nuevo proyecto. Este hecho por lo general no es considerado por los buenos de nuestros econometristas, para quienes el movimiento hacia arriba o hacia abajo de los salarios debe siempre traducirse en un efecto contrario sobre el empleo.



De hecho, como saben todos los economistas y cualquier persona, la relación que se observa entre el nivel de ocupación y el nivel de salarios es que ellos siempre se mueven en la misma dirección. Es decir, cuando aumenta el empleo aumentan los salarios y viceversa, cuando disminuye el empleo disminuye el nivel de salarios.



Alguien, operando con tanta sutileza analítica como los neoliberales pudiese sacar de allí la conclusión inversa a la de ellos, es decir, que la causa del desempleo podría ser la baja de los salarios. La verdad es que, como mostrara Keynes, tanto el empleo y particularmente el desempleo masivo, como el salario, dependen en cambio ambos del nivel general de actividad y éste, a su vez del gasto agregado y en definitiva del ciclo económico.



Así, como muestra Keynes, en circunstancias de recesión y bajo nivel de gasto agregado como el que vivimos en Chile hace cinco años, incluso un aumento en el nivel del salario mínimo -al igual que un incremento en las pensiones, en los subsidios de cesantía, en los salarios de los empleados públicos, del gasto en educación y salud y del gasto público en general, ojalá con incremento sustancial del déficit fiscal- bien pueden producir un incremento en la actividad y por lo tanto en el empleo general.



Sin el menor respeto y con el mayor desprecio por la manipulación grotesca de la muy respetable actividad académica que representa esta farándula anual de los economistas en torno al salario mínimo, quisiera expresar que ello me parece algo de pésimo gusto y quizás la más flagrante demostración del grado de perversión del neoliberalismo, predominante todavía y ojalá por poco tiempo más.



Dicho pensamiento, como es sabido y ostentado por sus principales adalides, cultiva como uno de sus pilares éticos precisamente la supuesta moralidad de sostener en forma desafiante y agresiva, posiciones evidentemente contrarias a los deseos y aspiraciones más elementales de los más desposeídos, y de los asalariados en general.



Justifica dicha actitud fría y despiadada en el supuesto que someter a los afectados, aún contra su voluntad, al rigor de tal disciplina redundaría en algún momento en beneficios para ellos, debido a que se traduciría en mayor crecimiento económico; y se descalifica una posición más compasiva al respecto diciendo que la misma conduciría al populismo, la crisis, el caos y el perjuicio para los más débiles.



La misma ética neoliberal justifica generosa y compasivamente, por el contrario, cualquier medida que signifique defender y aún incrementar los odiosos privilegios de la minoría adinerada y en general de los empresarios, lo que se observa, por ejemplo y en estos mismos días, en torno al tema de la eliminación del impuesto a los automóviles de lujo. El supuesto en este caso es el mismo que fuera burdamente formulado por Pinochet: "es necesario tratar bien a los ricos porque son los que generan riqueza".



En síntesis, la ética neoliberal promueve que lo que conviene a los empresarios y a los adinerados es bueno para la economía, en cambio lo que favorece a los asalariados y a los pobres la perjudica. Con esta ética básica, el neoliberalismo sustenta la peor forma de corrupción de nuestra joven y agresiva burguesía, prohijada por Pinochet: su acostumbramiento a ejercer su hegemonía por la fuerza más que por el consenso.



(*) El autor es Director de la Escuela de Ingeniería Comercial de la Universidad ARCIS y de CENDA.

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