¿Defensa irrenunciable del bien común? - El Mostrador

jueves, 24 de mayo de 2018 Actualizado a las 10:01

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¿Defensa irrenunciable del bien común?

por 8 junio, 2003

Si un gobierno necesita ganar respaldo para fortalecer su capacidad de negociación con las corporaciones multinacionales, debiera llevar el tema a una consulta popular, a un gran debate articulado a través de las organizaciones sociales.

La defensa del interés público, de las instituciones, del Estado, son banderas que nos ubican en un pensamiento republicano permanente, en donde se supone que la sociedad elige sus representantes, su gobierno nacional y su gobierno local, para poder decidir en la mejor forma los destinos de la comunidad. El gobierno elegido, así como los representantes populares, deben velar siempre y en todas circunstancias por los altos intereses de Estado: la preservación territorial, sus instituciones y el bienestar de sus habitantes.



En estos inicios del siglo XXI, Chile no ha sido capaz de avanzar en una profundización democrática, no se ha llegado a implantar un estilo participativo en la política y es así como el sistema se ha ido adecuando a un formato presidencialista heredado, de gran centralismo político. Cuestión que más allá de la Constitución de 1980 que nos rige, obedece a una concepción de fronda aristocrática que se trasladó a la política y que dificulta la incorporación de estilos abiertos de participación ciudadana.



Plantear, por ejemplo, el gobierno electrónico y la participación directa en los acontecimientos de interés nacional suena a plantear poder popular. Lo cual inmediatamente alergia a quienes han mantenido o construido sus parcelas o maceteros de poder, y por los cuales están dispuestos a pelear a muerte, blindando los feudos en contra de los advenedizos siervos que vienen, con apellidos ordinarios a opinar sobre la cosa pública, la cual, siéndolo, por su importancia debe ser tratada sólo por los que entienden de esas cosas.



Si uno revisa hasta dónde se ha llegado en interactividad con la ciudadanía y se compara, por ejemplo, con las formas de gobierno electrónico local que se manejan en la Unión Europea, puede darse cuenta de cuán lejos estamos de un modelo "social de mercado" y lo concentrado, centralista y excluyente que es el sistema político-económico y cultural de nuestro país. La certeza de una capitalismo salvaje es cotidiana en Chile.



Cuando en este rol de columnistas de opinión, desplegamos argumentos y críticas frente al devenir de la política, debo reconocer una suerte de desaliento y desconsuelo al ver que las más de las veces las voces contestatarias sólo son escuchadas por otros náufragos, que están en similar actitud que uno, renegando de la forma cómo se dan las cosas, escarbando en las noticias algún filón de esperanza.



Pero la realidad es lo que es. Asumamos una sociedad de mercado que permite el acceso a bienes de consumo. Reconozcamos que eso nos agrada, en términos de tener ahora capacidad de disfrutar soluciones tecnológicas muy amigables, que ayudan a vivir mejor.



Pero, al mismo tiempo, lamentemos que la concepción actual de la política, de la economía, de la cultura, es una visión utilitaria y cortoplacista. A los políticos les interesa competir por el poder, así haya que olvidar principios programáticos o parámetros éticos, su visión es mantenerse en el poder y para eso todo vale. En el frente económico se maneja la misma dialéctica, dominar el mercado pasa por influir al máximo en las decisiones políticas y en lo posible neutralizar toda decisión de Estado que pudiera reducir ganancias o influencia sobre el mercado. En el plano cultural, existe una concepción dominante de las comunicaciones sociales que ha definido paupérrimos contenidos en la televisión abierta y principales medios, los cuales, salvo honrosas excepciones, deben moverse entre la frivolidad del ráting y el pragmatismo en la captación de avisaje.



Esto es el telón de fondo y provoca cansancio, a veces amargura. Pero basta saber que ha surgido una sola nueva voz remota que multiplica un mensaje de cambio, para recargar energías y volver al ruedo con esta bandera preciosa de una independencia cívica, que busca con sentido común, con una básica cuota de ilusión, plantear temas que pocas veces traspasan los blindajes del poder, pero que, de alguna manera, van quedando en la retina ciudadana como una línea de resistencia y civismo por una profundización democrática. Asumiendo que la libertad siempre es patrimonio de los que no le deben nada a nadie, viven de su trabajo, profesión, empresa u oficio y tratan de actuar respetando los derechos de los demás y defendiendo con energía su propio espacio.



Hoy se discuten muchos temas de alto interés nacional. Entre otras cosas, la forma como el Estado pretende cubrir el déficit del gasto público. El sentido común dicta inmediatamente que en un hogar donde se gasta más de lo que se tiene, hay que empezar a administrar mejor los recursos y generar recursos frescos, por ejemplo desarrollando nuevos proyectos y cuidando las herramientas que puedan generar ingresos.



Por lo mismo, exigirle al Estado mejorar su gestión financiera es un punto de partida. De donde se desprende la imperiosa necesidad de que el Estado, sus autoridades ejerzan su potestad para fiscalizar, efectivamente, las actividades productivas y que así la ley pareja se aplique con rigor, con probidad y transparencia. Si un gobierno necesita ganar respaldo para fortalecer su capacidad de negociación con las corporaciones multinacionales, debiera llevar el tema a una consulta popular, a un gran debate articulado a través de las organizaciones sociales.



En Chile, en este minuto, lamentablemente la tecnocracia funciona con parámetros de alto autoritarismo y una estrategia de este tipo, que podría llevar al gobierno a ganar legitimidad, a plantearse con fuerza frente a situaciones de abuso que han perjudicado el interés general, no cabe en su visión de la gestión pública. Es más fácil irse por la vía de subir los impuestos, resignando soberanía frente a intereses foráneos.



Eludir el debate, tomar decisiones de manera cupular, tecnocrática y de espaldas a la ciudadanía, deja en manos del periodismo investigativo y de opinión y de las escasas tribunas que permiten difundir ideas disidentes, el peso de la crítica frente a estas decisiones que afectan a la comunidad y benefician a los que tras bambalinas obtienen aquí facilidades que ningún otro país les concede.



Todo lo cual nos deja llenos de interrogantes.





(*) Consultor internacional, escritor y columnista



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