Anticorrupción: la nueva utopía democrática - El Mostrador

miércoles, 23 de mayo de 2018 Actualizado a las 18:52

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Anticorrupción: la nueva utopía democrática

por 15 junio, 2003

Ahora, en lo inmediato, hemos podido comprobar con la marcha de las investigaciones y causas referidas a Obras Públicas, que la corrupción estaba en pleno proceso de implantación.

La corrupción es una termita moral que va carcomiendo las organizaciones sociales y debe ser atacada de raíz, ya que las pinturitas cosméticas sólo ocultan su desarrollo y facilitan su expansión solapada.



Creo que la Unión Soviética se derrumbó porque la figura comunista de partido único se enfermó de corrupción, gracias a una altísima concentración de poder en la gerontocracia dirigente, la misma que fue sumisa a Stalin y se benefició de sus conquistas y de sus purgas sangrientas.



Cuando conocí, en 1971, Europa Oriental y constaté los efectos de un poder totalitario sobre países como Polonia o Checoslovaquia, me ratifiqué demócrata y sentí que ese sistema traicionaba sus utopías revolucionarias, al censurar poesía, música, creación, impidiendo que la energía fresca de la juventud circulase por un sistema policiaco, cuyos beneficiarios no eran el proletariado en su conjunto, sino los más cercanos y directos miembros del poder dictatorial.



En otros casos, como Italia, se vio desaparecer al partido demócrata cristiano por ligarse con la mafia y caer en una profunda corrupción.



Abundarían los ejemplos y, lamentablemente, no tenemos que ir lejos a buscarlos, ya que los hemos vivido en el período militar y en estos doce años de gobierno democrático. Por ejemplo, con ese subsidio de cinco mil millones de dólares que se entregaron al sistema financiero en 1983, de los cuales aún permanecen impagos y con un plazo de casi 40 años por delante, más de 3.500 millones de dólares.



Al recordar esto uno se pregunta sobre la posibilidad de enmendar estas situaciones impropias y poder, con una exigencia de pago sobre esos sectores que han acumulado exorbitantes ganancias, poder financiar el gasto social para el que falta presupuesto, antes que recargar con más impuestos a la ciudadanía.



Ahora, en lo inmediato, hemos podido comprobar con la marcha de las investigaciones y causas referidas a Obras Públicas, que la corrupción estaba en pleno proceso de implantación. Del mismo modo la ciudadanía ha apreciado la voluntad política con que se ha reaccionado para desmantelar de una buena vez, esta peligrosa tendencia en la gestión de los negocios privados y en la gestión pública.



Cuando vivimos en Chile largos períodos de dictadura (1973-1980) y de autoritarismo (1980-1990), luchar por la recuperación democrática fue un deber cívico que postulaba una sociedad abierta, diferente, solidaria y humanista, en donde existiese el máximo control de la dirigencia para evitar los abusos.



Remontándonos a Jean-Jacques Rousseau y su Contrato Social, aspirábamos a construir una sociedad democrática abierta, desconcentrada, con un rol ciudadano activo y no pasivo. Sin embargo, en los doce años de gobierno de la Concertación se ha producido el alejamiento de los representantes populares de sus electores y un rotundo abandono de las bases programáticas que fundamentaron su acceso al poder. Es así como la relación entre la civilidad y sus representantes políticos comenzó a sufrir una brecha afectiva que se ha traducido en desencanto y frustración.



Lo cual nos deja como quizás gran utopía transversal frente los conceptos ideológicos de la política tradicional, la lucha contra la corrupción, entendiendo que significa un cambio de mirada al fenómeno político, pues se trata de colocar el prisma ético a las acciones que persiguen el poder y esto significa retrotraer la acción política a un deber ser de coherencia entre dichos y acciones, a exigencias ineludibles de integridad.



Y este cambio desde una posición ideologizada a una posición de demócrata progresista sin apellidos, quiere ser una apuesta por un enorme desafío social contemporáneo, cual es ventilar los laberintos institucionales para hacer de ellos espacios claros, que puedan ser confiables en la medida que existan millones de personas participando activamente del control de calidad de la gestión pública, en los tres poderes que constituyen al Estado.



Colocar estos parámetros éticos en el tapete, significa plantearnos con coherencia frente a un mundo agreste, en donde aparecen amenazas constantes, como pueden serlo las actuaciones de presión de gigantescas corporaciones que tratan de torcer decisiones públicas para su propia conveniencia. O la acción corrosiva de organizaciones criminales que aprovechan la plataforma acogedora de nuestro país para pretender afincar sus redes delictuales. Asegurar que nuestro sistema sea capaz de actuar coherentemente en defensa de los intereses fiscales y ciudadanos es algo que forma parte intrínseca de la fuerza soberana con que se debe actuar frente a estas amenazas exógenas.



En este contexto principista, creo que la labor de refundar el Estado chileno parte por despejar el binominalismo heredado, reubicar debidamente el rol profesional de las Fuerzas Armadas quitándoles el rol asignado por el régimen militar de guardianes de la institucionalidad y que correspondió a otro momento de la historia nacional y limitar, tal como se ha determinado en el paquete de medidas por la Probidad, la injerencia político partidista sobre la administración pública, abriendo espacios para una Defensoría ciudadana que permita hacer el seguimiento de los actos de autoridad que perjudiquen el interés general.



Los ciudadanos debemos sentir que no estamos desprotegidos, que la corrupción será erradicada y que habrá instancias efectivas para actuar en contra de los abusos.



La corrupción debe erradicarse con un acento ético en toda la sociedad. Como se trata de un fenómeno cultural, debe plantearse en la discusión del aula y de la familia chilena, el tema de la honestidad, del ventajismo, del cortoplacismo. La reimplantación de valores de esfuerzo, de cooperación es parte de este cambio. Luchar por la transparencia no es para la exportación, sino que es asunto de integridad y coherencia en las actitudes cotidianas, en la vida diaria. No me interesa como pienses, me interesa cómo actúes.





(*) Consultor internacional, escritor y columnista



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