Mi nombre es… - El Mostrador

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Mi nombre es...

por 29 junio, 2003

Las víctimas de torturas, represión, apremios ilegítimos, son personas que han aquilatado en sus vidas los efectos del período traumático vivido y han crecido pese a ello con esfuerzo y sólidos valores de humanismo.

Jenelle Slavin es una joven universitaria estadounidense de veintiún años que vivió con nosotros por cuatro meses, realizando en Chile una investigación sobre los acontecimientos acaecidos durante el régimen militar. Ella se perfila como una futura abogada y su interés por el Derecho y la Justicia la caracterizan como una persona íntegra, que ha querido establecer una premisa para las personas que sufrieron las acciones represivas y las violaciones a los derechos humanos: esas víctimas y sus familias no son un dato, son personas de carne y hueso y es preciso de alguna manera reivindicar su memoria como un camino real a la reconciliación.



Su ensayo se titula "Mi nombre es", bien escrito, con una muy bien escogida síntesis de testimonios, 4 mujeres y dos hombres, marcando justo lo necesario para remecer la conciencia del lector. Es un futuro libro que se editará posiblemente en Estados Unidos, recogiendo conmovedores historias de personas que protagonizaron la historia real del período represivo, convirtiéndose en parte de ese Chile roto, que trató de ser acallado por el miedo.



Concretamente, su proyecto planteó que las víctimas de torturas, represión, apremios ilegítimos, son personas que han aquilatado en sus vidas los efectos del período traumático vivido y han crecido pese a ello con esfuerzo y sólidos valores de humanismo. Jenelle se empapó de diversos testimonios y resumió su proyecto en un conjunto de entrevistas a personas que vivieron el once de septiembre y el traumático cambio en la vida de todos, sufriendo el escarnio, el abuso, la ignorancia y prepotencia que caracterizó a los victimarios, personas que esgrimieron la violencia con máxima cobardía.



Algunas personas entrevistadas padecieron torturas, otros sufrieron la desaparición de un ser amado, otras sufriendo las secuelas de un esposo torturado que se desmorona y llega al suicidio. Padres destruidos hasta el infarto por la fatal ausencia de los hijos, personas con nombres y apellidos, personas que amaban y que soñaban, personas que no alcanzaron a dimensionar la tragedia que los alcanzó a mansalva, cuando se produjo ese reventón político previsible pero que nunca nadie imaginó en tanta violencia y en tanta encarnizada represión.



El estudio de esta joven estadounidense es una semilla de verdad, ya que permite demostrar a la sociedad chilena que los treinta años transcurridos pesan como anclas en el corazón de Chile. Todas las personas entrevistadas sufrieron alguna secuela y allí se expresa como testimonio vivo su profundo sentir. No hay odio, hay pena profunda, pero también hay energía para superar etapas dolorosas y abrir los corazones para perdonar tanta ignominia.



Un querido amigo filósofo y su esposa leyeron este ensayo y se manifestaron conmovidos por su fuerza testimonial, señalando que era penoso que, una vez más, fueran extranjeros los que vienen a rescatar la memoria histórica de Chile y que este tipo de acciones representa una vanguardia en la develación de tanto silencio doloroso, en el sinceramiento de hechos que deben ser conocidos por las generaciones actuales para que no se repitan nunca más estos hechos.



Por esto y mucho más, pienso que este año debiera ser de catarsis social. Creo que es el momento de un mea culpa real por parte de los que sacaron banderas para el 11 de septiembre, de los que tiraban trigo en los cuarteles y que luego escondieron la mano. Es preciso que pidan perdón porque estiraron las situaciones hasta niveles inaceptables. Que se clarifique y que se exija explicaciones a esos políticos que fueron financiados por la CIA, según los documentos decodificados por esa organización y que demuestran la turbia conspiración que causó tanto pesar en miles de familias inocentes.



De los testimonios recogidos en Mi nombre es se demuestra que el único pecado de las víctimas fue simpatizar o militar en un partido de la Unidad Popular, como simples ciudadanos que aspiraban a un país más justo y manifestaban esa opción votando por un gobierno de izquierda. Cientos de esas personas caminaron de buena fe después del once hacia sus trabajos, a entregar sus cargos a los militares, y a partir de allí empezó un calvario que fragmentó el alma de Chile.



Es preciso que en la historia de nuestro país se develen las responsabilidades de quienes empujaron los hechos hasta situaciones límites. Muchos de ellos están hoy en cargos públicos o de representación popular, pero es preciso recordar quiénes fueron los que empujaron a miembros de las Fuerzas Armadas a transgredir su juramento de respeto a la Constitución y las leyes. Exigirles que hagan un mea culpa es una necesidad histórica para renovar las confianzas al interior de nuestra sociedad.



Quiero agradecer y felicitar a Jenelle Slavin por su trabajo. Porque ella es sobreviviente de una familia ucraniana que fue diezmada durante el Holocausto. Ella es la cuarta generación de esas víctimas y su actitud humanista expresa una formación familiar que ha sido consecuente con los principios de libertad y respeto a los derechos universales del hombre. Su aporte, repito, es una semilla que florece como una flor roja de verdad necesaria. Es un primer paso el que ella ha marcado, para recopilar vivencias sin rencores, expresar el dolor. Queda pendiente escuchar la expresión de arrepentimiento de los que causaron tanto pesar, demostrando para los nietos de nuestros nietos que pudimos superar la barbarie y reencontrarnos con tolerancia para retomar un camino de unidad, con la verdad que reconforta izada como bandera de paz.





(*) Consultor internacional, escritor y columnista



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