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La política está primero

por 15 julio, 2003

Chile necesita de una agricultura poderosa, de una ruralidad vigorosa y de una industria que agregue valor a nuestra economía. Condenarnos a simplemente exportar materias primas no elaboradas e importar inteligencia hecha economía de los países ricos nos conducirá a la pobreza y no al desarrollo.

No salimos bien parados del primer debate acerca de los efectos de los tratados de libre comercio. Tarde se nos informó que teníamos que compensar en 430 millones de dólares las rebajas arancelarias con Estados Unidos, Unión Europea y Corea del Sur. Para eso se requería aumentar impuestos. Y en la premura terminamos tan divididos como confundidos.



Ahora se nos viene encima un segundo "round": ¿Qué hacer con algunos sectores de la agricultura y de la industria nacionales ante el esperado aumento de las importaciones provenientes de las naciones desarrolladas? Para algunos hay que aceptar el libre comercio y punto. La decisión está adoptada y todo reclamo del Congreso Nacional es tardío. No podemos gastar dinero de todos los chilenos en subsidios o bandas de precios en productos que es más rentable importar. Para otros el libre comercio supone privilegiar lo nuestro. En caso contrario, lo que hoy aparece como una victoria de la democracia traerá cesantía en el campo y la ciudad.



Quizás sería bueno analizar lo que hicieron y hacen los mismos países desarrollados que hoy nos invitan a acabar con todo subsidio y proteccionismo. Daniel Cohen en su libro "La riqueza del mundo, pobreza de las naciones" recuerda que Inglaterra toma la delantera a mediados del siglo XIX. Con la revolución industrial, el invento de la máquina a vapor, la locomotora y otros ingenios, Inglaterra se transforma en Imperio. Su ventaja comparativa es producir manufacturas y no más productos agrícolas que les sale más barato importar. "Dicho y hecho: mientras que la población inglesa era rural en el 70% a comienzos del siglo XVIII, en 1840 sólo contaba con el 25% de campesinos". Las ciudades inglesas se llenan de pobres, como bien lo denunciara Dickens y lo teorizara Marx. Pero son las reglas de la economía ricardiana.



Pero, ¿a quién exportar sus manufacturas, ricas en valor agregado, e importar de países encadenados en un mundo agrícola preindustrial? Bueno, Inglaterra se lo propone gentilmente a Estados Unidos y Alemania en nombre del libre mercado. "Los ingleses producimos mejor y más barato productos manufacturados. Ustedes son mejores en la agricultura. Hagamos el trato: locomotoras por trigo americano y prusiano". Estados Unidos y Alemania, líderes de las dos formas más poderosas de capitalismo hoy existentes, no aceptan el pacto y simplemente protegen a su naciente industria. Competir en igualdad de condiciones con Inglaterra es suicida. No aceptan el libre comercio "a la inglesa" y desarrollan su propia industria. Hoy son países ricos.



Inglaterra no se desanima y dirige su puntería a la India y China. Cohen cuenta que el resultado es que la India, que era exportadora neta de productos textiles a comienzos del siglo XIX, fines del siglo, los tres cuartos del consumo textil indio serán importados de Inglaterra. Contra eso se rebelará Gandhi cincuenta años después. Y como los indios son buenos para el cultivo de la amapola, cuyo principal mercado es la China, los ingleses proponen a los chinos abrir su economía al comercio de opio, producto de la amapola. La ley de las ventajas comparativas y el libre comercio así lo exigen. Los chinos, pueblo sabio, no quieren nada de este libre comercio, pero los ingleses imponen "la guerra del opio", el tratado de Nankín en 1842 y los chinos se hunden en la droga. La revolución comunista acabará con tan nefasto libre comercio cien años después.



Raya para la suma. No seamos ingenuos. La economía es política y no dogmática y neutral ciencia. Muy bien por todas las aperturas comerciales posibles, pero hagámoslo con sano pragmatismo. Protegiendo nuestra agricultura e industria de los subsidios que sí otorgan los países desarrollados. Promoviendo nuestras exportaciones sabiendo que hay enormes barreras paraarancelarias con las cuales los países poderosos protegen sus economías. Y actuando con el humanismo que le faltó a la globalización de la revolución industrial inglesa y a otras formas injustas de manejo de la economía. Falta de humanidad que fue fermento de la revolución marxista que sacudió el mundo entero.



Por cierto habrán perdedores en la apertura comercial con los gigantes del Norte y del sudeste asiático. Actuemos frente a ello sin improvisaciones, con poderosos y eficaces mecanismos de compensación y reconversión productiva.



Chile necesita de una agricultura poderosa, de una ruralidad vigorosa y de una industria que agregue valor a nuestra economía. Condenarnos a simplemente exportar materias primas no elaboradas e importar inteligencia hecha economía de los países ricos nos conducirá a la pobreza y no al desarrollo. Esa es la tarea que Chile espera de sus dirigentes políticos, líderes sociales y agentes empresariales.



(*) Director Ejecutivo Centro de Estudios para el Desarrollo, CED.



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