En camión hacia la Yuma - El Mostrador

Viernes, 24 de noviembre de 2017 Actualizado a las 19:33

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En camión hacia la Yuma

por 26 julio, 2003

No sólo la política de ambos países en cuestión inmigratoria es subrealista, también la manera de llegar a adquirir la residencia norteamericana sin ser deportado. Es cierto, se puede llegar al paraíso pero primero hay que pasar por el infierno.

Si uno no viera aquella fotografía, nunca lo creería. Sólo en la ficción de algún cuento o novela puede ser que lo demos por ocurrido. O en la imaginación virtual. Sin embargo ocurrió el 16 de julio entre las aguas que dividen Cuba y el estrecho de La Florida. Un camión flotante, muy campante, de fuerte color verde, iba con 15 cubanos flotando sobre las aguas en busca de la tierra prometida. Arrancando a 8 millas por hora.



Al viejo camión Chevrolet 51, que en Estados Unidos sería una reliquia que pagarían miles de dólares, le incorporaron una hélice. La adaptaron al motor original en la parte trasera y la conectaron al volante. A los lados pusieron galones flotantes para no se hundiera. Y por si fuera poco, el camión llevaba una lona amarilla para que los pasajeros se protegieran del calor en la travesía. Habían pensado también en las comodidades del viaje.



En toda esta tragedia que lleva ya más de 40 años -intentar huir por mar desde Cuba hacia Estados Unidos (para pedir asilo)-, y hacerlo en múltiples embarcaciones caseras donde solamente es indispensable que flote, miles de cubanos arriesgaron sus vidas. Unos pocos llegaron a las costas y tocaron la tierra. Pero la mayoría ha muerto en el intento.



Como se sabe, "La ley del Ajuste cubano" consiste en que los Estados Unidos concederá asilo (pero sólo a los cubanos y a ningún otra persona de cualquier parte del mundo) quienes toquen físicamente en territorio norteamericano. Si son capturados en el mar, son devueltos inmediatamente a Cuba. No sólo la política de ambos países en cuestión inmigratoria es subrealista, también la manera de llegar a adquirir la residencia norteamericana sin ser deportado. Es cierto, se puede llegar al paraíso pero primero hay que pasar por el infierno.



Ese infierno es aquel espacio entre Cuba y Estados Unidos. Un mar que puede hundir en cosa de segundos a una endeble embarcación, o ser consumidos por el sol calcinante y la sed, o ser devorados por los tiburones. Pero aún así, hasta este momento en que escribo esta columna, hay balseros que siguen inventando cómo construir algo que flote para salir hacia Estados Unidos. Salir como sea de un encierro que consideran injusto.



Un reciente artículo sobre este suceso del camión, describía patéticamente el imaginado final, ilusorio, utópico, que miles en la isla caribeña quisieran lograr: "Uno contempla las fotos e imagina el resto: el camión que llega a la orilla y es liberado de los tanques flotadores y comienza a avanzar por la arena y sale a la carretera de Los Cayos y atraviesa el Puente de las Siete Millas y continúa por vías y autopistas —siempre siguiendo las indicaciones que marcan un destino anhelado: Miami—, hasta que el motor se agota finalmente frente a una bodega o una cafetería cubana".



Sin embargo, el final fue otro. Un final triste y patético. A poco de salir el camión de Cuba, los aviones rastreadores norteamericanos ya los habían detectado. Sin embargo, el camión seguía avanzando. Era de un verde intenso que contrastaba con el azul del mar caribeño. Y aún más, con una lona amarilla sobre ese inmenso caimán (o tucán gigante) que se movía lentamente. El conductor hasta iba fumando un puro. Los demás parecían contentos de que la guardia cubana aún no se hubiera enterado de su escapada ni de su ingenio. Iban "camión en popa" sin problemas.



Pero ninguno de ellos imaginaba que eran vigilados y que jamás tocarían aquella tierra prometida. Iban rumbo al fracaso total, pero o no lo sabían o no les importaba. Quizás algún santero de la religión afrocubana les había bendecido el camión con un poquito de ron y humo de tabaco. Y eso era lo más importante. Tenían fe en llegar. De seguro se imaginaban llegando a la playa de La Florida y serían famosos al instante por su ingenio. Quizás vendieran en miles de dólares esa antigualla "flotante".



Una noche, en febrero pasado, estaba en Centro Habana en casa de unos poetas, en una azotea que se podía ver El Malecón y sentir el oleaje del mar Caribe, uno de ellos contaba historias de balseros con su humor cubano. Me acuerdo de la siguiente:



"Dos se hicieron de un flotador y se lanzaron al mar hacia la Yuma, como le dicen a Los Estados Unidos. Uno para no caerse al mar, por si se quedaba dormido y no se lo comieran los tiburones, se amarró al flotador con alambres las dos piernas. Tuvieron suerte y llegaron a la costa de La Florida en tres días. Pero al que se amarró las piernas se le cangrenaron por la falta de circulación durante el viaje y le tuvieron que amputar una de ellas en Miami".



El poeta amigo seguía contando esa historia con mucho humor (porque lo patético y la tragedia estaba detrás de aquel humor cubano). Y la terminó así. "Luego, escribió una carta a sus familiares en Cuba contándole la historia agregándole al final de la carta: prefiero, chico, vivir sin una pierna aquí que con las dos sanas allá".



Entre la pequeña audiencia aquella vez había escritores de otras partes del mundo y nunca supe cómo reaccionaron ante la historia de aquel balsero. Algunos escuchaban en silencio sin movérseles ningún músculo de la cara. Otros se dejaban llevar (como yo) por el humor del poeta cubano quien no tenía temor (ni pelos en la lengua) de contar cómo intentaba la gente, con mucho ingenio, y sin miedo, arrancar de la isla. Quizás en otro lugar del mundo la misma historia hubiera sido dicha en tono quejumbroso y patético. Es decir, más políticamente correcto el tono del relato y dejando fuera el humor.



Sin duda, mi amigo poeta ya sabe de esta historia del camión Chevrolet 1951 que enrumbó despacito hacia la Yuma. Pero como miles y miles de otros casos que él sabía, estos 15 cubanos no lograron tocar aquella tierra que miles creen ver, alucinados, como la otra utopía que a lo mejor (o quizás no) es mucho mejor que la que se describe cada día en los medios oficiales de la Isla.





* Javier Campos es escritor y académico chileno en EE.UU.



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