¿Qué sería Chile sin sus campos? - El Mostrador

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¿Qué sería Chile sin sus campos?

por 5 agosto, 2003

Chile es un país bendecido por Dios en la belleza y fecundidad de su naturaleza. Como me explica un experto, tenemos una heterogeneidad ecológica que permite producción de rubros y variedades diversas según localización geográfica.

Ahora surgen dudas con el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. En la televisión vemos amenazantes avisos publicitarios del desastre que se viene con la remolacha, el fin de las bandas de precios y el futuro de la importación de azúcar. Ello es motivo de confusión pues hasta ayer, y salvo contadas excepciones, los actores políticos y los medios de comunicación social profusamente habían dado a conocer sólo las ventajas del libre comercio.



¿Qué ocurre? Que como siempre el "trigo va acompañado de la cizaña". Que detrás de avances reales para la economía nacional se esconden gruesas desigualdades. No todas las regiones ni todos los sectores sociales se benefician de los tratados de libre comercio. Así hay una agricultura de exportación que ha hecho enormes avances, sobre todo en democracia. Pero también tenemos otra que es declinante y en la que la pobreza rural se expande y nuestros jóvenes abandonan escuelas y campos.



¿Qué hacer?



Primero, no temerle al cambio. Chile es un país bendecido por Dios en la belleza y fecundidad de su naturaleza. Como me explica un experto, tenemos una heterogeneidad ecológica que permite producción de rubros y variedades diversas según localización geográfica. Y a ello debemos agregar la heterogeneidad social de nuestros productores que van desde productores comerciales en rubros con alta intensidad en capital y/o capacidad empresarial (frutas fuera de estación y vinos finos). No estamos condenados a la pobreza rural. Recordemos que nuestra agricultura nos hizo, bajo la Colonia, "el vergel de Europa" y, bajo la República, "el granero del mundo".



Segundo, no ser ingenuos. Los tratados de libre comercio esconden proyectos políticos de envergadura. En este momento Chile firma con Estados Unidos y la Unión Europea. Y ambos se están disputando su hegemonía en nuestros humildes barrios. Estados Unidos fomenta sobre todo la plena liberación financiera que tantos dolores ha traído a México y Argentina. Y Europa y Estados Unidos no dudan en proteger sus productos menos competitivos con subsidios, aranceles y medidas no arancelarias. Estados Unidos nos imponen cláusulas de propiedad intelectual, industria farmacológica y otros. ¿Nos quedaremos de brazos cruzados?



Tercero, ser solidarios con los que pierden con estos tratados. Esto es clave. No sólo el Estado, sino también la sociedad civil y las empresas más favorecidas deben asumir sus responsabilidades sociales. Es cierto que con el Nafta México aumentó notablemente sus exportaciones y se instalaron las empresas maquiladoras. Pero el campo se desplomó, la pobreza aumentó, el PRI que impulsó el Nafta fue derrotado electoralmente y en las empresas maquiladoras del norte de México se pagan sueldos de 2 a 3 dólares al día.



Por eso, es clave que el Estado cumpla un papel activo inmediato en la reformulación del fomento agrícola y en el apoyo a los sectores más pobres y expuestos negativamente a la globalización. Hay que fortalecer la sociedad civil para que pueda participar más y mejor en la promoción de sus legítimas demandas. Participación tanto en el sistema político, dentro de las empresas y en el mercado. Y que los empresarios que vean aumentados sus ingresos, que mejoren sueldos y salarios, condiciones laborales y paguen impuestos justos. ¿Es mucho pedir?



Y, finalmente, como me lo ha recordado un filósofo a propósito de este debate, no debemos olvidar que uno de los modos de vida que muestran en toda su profundidad nuestro ser humano y la sacralidad de la Vida es el de los que trabajan cultivando la tierra. La mayor parte de los estudiosos de las culturas populares en América consideran los imaginarios y las prácticas de las culturas agrarias como parte de los tesoros de la humanidad.



Termino con las enseñanzas de la historia, "maestra de vida". Don Pedro de Valdivia se enamora de Chile. Desde la Bahía de Penco señala que la abundancia de su tierra "es tal que para poder vivir en ella y perpetuarse no la hay mejor en el mundo (Â…) Es la más abundante en pastos y sementeras y para darse todo género de ganados y plantas que se puede pintar; muchas y muy linda madera para hacer casas, infinidad de otra leña para el servicio de ellas, y las minas riquísimasÂ…, que parece Dios la creó a posta para poder tenerlo todo a mano".



Juan Ignacio Ovalle, jesuita que vive entre 1740 y 1829, escribe que "Chile es uno de los mejores países de América. La belleza de su cielo, su clima constantemente benigno y su abundante fertilidad, lo hacen sumamente grato como lugar de residencia; y cuanto a sus productos naturales puede decirse, sin exageración, que no es en ellos inferior a ninguna otra porción del globo terráqueo". ¿Nos debemos extrañar que el Abate Molina muriese en exilio ahogado por la nostalgia, pidiendo repetidas veces un poco de fresca agua de la cordillera chilena? Chile no sería Chile sin sus campos, agricultura y ruralidad. De eso dan también testimonio Gabriela Mistral, Pablo Neruda o Violeta Parra. Esto es lo fundamental.





(*) Director Ejecutivo Centro de Estudios para el Desarrollo, CED.



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