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Carta del homosexual desconocido

por 7 agosto, 2003

Incapacitado para vivir una mentira, hice de tripas corazón y le conté a mi familia. Hasta hoy no sanan las heridas. Vivo alejado de ellos, no me perdonan por ser como soy y lo único que me gustaría decirles es que soy el mismo al que quisieron antes, el mismo que educaron, el mismo que comparte sus rasgos y sus costumbres.

Tuve la mala suerte de nacer homosexual en Chile. Desde niño experimenté una fuerte atracción erótica por los hombres. Recuerdo mis fantasías con Armando, el jardinero en overol, mi fascinación cuando en Tardes de Cine anunciaban un ciclo de películas protagonizadas por Rock Hudson. No tenía más de siete años.



Luego vino la lucha, la horrible lucha por ser normal, por intentar satisfacer las expectativas ciegas de mis padres, de mis hermanos, de mis amigos, hasta de las pololas que tuve para incitar el anhelado cambio de giro. Nada dio resultado, ni Dios y sus oídos sordos ante mis ruegos, ni el colegio católico, ni la asistencia a grupos de oración, ni las placenteras experiencias sexuales con mujeres. Nada. Me gustaban los hombres y por mucho que odiara reconocerlo no cabía duda ni posibilidad de darme una vuelta de carnero y amanecer heterosexual.



Una noche fui a dar a la cama con otro hombre y me invadió la sensación de que los astros por fin se habían alineado para mí. "Esto es normal", me dije, "lo que sucedió con ese hombre en la cama es lo más natural del mundo, cómo no, si sólo me bastó obedecer al más básico de mis instintos". A partir de ese momento volví a tener fe en la vida, volví a nadar en su corriente. Mis sentimientos se expandieron y me habitó una esperanza que había dado por perdida hacía muchos años.



Incapacitado para vivir una mentira, hice de tripas corazón y le conté a mi familia. Hasta hoy no sanan las heridas. Vivo alejado de ellos, no me perdonan por ser como soy y lo único que me gustaría decirles es que soy el mismo al que quisieron antes, el mismo que educaron, el mismo que comparte sus rasgos y sus costumbres. No soy un alienígena que se tomó el cuerpo de su hijo, soy el mismo hijo de siempre, sólo que ahora saben que me gustan los hombres. Una posible alternativa hubiera sido callar y renunciar a la posibilidad del amor, sin embargo en mi caso hubiese equivalido a renunciar a la vida. Nadie puede exigirle a otro ser humano una aberración igual.



Más adelante me enamoré y llevo largo tiempo unido a mi pareja, partner, novio, amante, los más conservadores prefieren llamarlo amigo. Yo lo llamo marido, a pleno pulmón y con toda la ironía de que soy capaz. Lamentablemente, no fue suficiente con lo que ya habíamos tenido que pasar. Además de todos los rechazos, las postergaciones, las evidentes discriminaciones laborales, tampoco se nos permitió establecer una unión que al menos resguardara los derechos de uno y del otro en términos de nuestro patrimonio común.



Ahora, me ha llegado el turno de la muerte. Me queda un mes de vida, poco más o menos. Llevo veinticuatro años junto a mi marido y se ha preocupado de cuidar de mí día y noche durante los últimos seis meses. Mis padres no han venido a visitarme -y eso que me muero de cáncer y no de SIDA- y sin embargo la ley los consagra como herederos forzosos de mis bienes, es decir, de la mitad de "nuestros" bienes -la mitad del departamento, la mitad del auto, la mitad de la cabaña en Laguna Verde, la mitad de la cómoda, la mitad de las sábanas, la mitad del papel confort - y quien ha pasado una vida a mi lado y ha contribuido a la construcción de todo lo que tenemos, está indefenso ante tamaña injusticia.



La posibilidad de que mis padres lo despojen nos hiere a tal punto que hemos decidido vender lo más valioso y donar mi parte a una fundación que lucha por los derechos homosexuales. Ahora espero la muerte en un departamento que nos prestó un amigo, con una cama, una silla y poco más. El resto de las atesoradas pequeñas cosas está guardado en una bodega. Nunca se sabe con los cuervos de la muerte, quizás intenten llevarse hasta el último cenicero.



Podrán entonces comprender cómo caen las declaraciones del Vaticano y sus huestes comunicacionales en medio de este trance. No me queda más que matarme de la risa: si dicen que soy inmoral, pervertido y una mala influencia para la sociedad... amén.



Si les recomiendan a los parlamentarios católicos que se opongan a fórmulas legales que validen la unión entre personas del mismo sexo, que así sea. Si condenan públicamente a los homosexuales y encubren a sus miembros pedófilos, allá ellos. Que se oponga el Papa, que se opongan los cardenales, que en sus declaraciones el arzobispo de suave voz reúna de modo incomprensible su repudio hacia nuestra conducta y la misericordia que tanto pregona.



Qué más me da, ya tuve que arreglármelas solo, privarme del consuelo de que nuestras cosas quedaran en manos de uno de sus legítimos dueños y borrar de mi entorno todo vestigio material de mi paso sobre la tierra. Al menos así, la mitad de nosotros podrá morir en relativa paz.



Firma: El homosexual desconocido





*Escritor.

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