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Todos culpables... nadie culpable

por 8 agosto, 2003

Tengo la fundada sospecha, que Guastavino es la punta del iceberg de una estrategia, cuyo objetivo principal es otorgarle verosimilitud a la idea de que todos fuimos culpables.

Luis Guastavino padece de una enfermedad del entendimiento bastante extendida en estos tiempos. Su síntoma principal es que recuerda para falsificar (consciente o inconscientemente) la historia. Con su gesto de trasnochado arrepentimiento, aumenta los malentendidos sobre la época de la Unidad Popular.



Tengo la fundada sospecha, que Guastavino es la punta del iceberg de una estrategia, cuyo objetivo principal es otorgarle verosimilitud a la idea de que todos fuimos culpables. Esta operación de diseminación de la responsabilidad entre tirios y troyanos es, aunque Guastavino trate de negarlo, lo mismo que olvidar.



Si sacamos las consecuencias de lo dicho por este resistente desencantado, el cual en esta entrevista confiesa sus épicas aventuras para abjurar de ellas con mayor legitimidad, el resultado es insólito y delirante. Al ser todos responsables del golpe de una manera equitativa, como lo dice el entrevistado, la conclusión es transparente. Los que apoyamos a la Unidad Popular deberíamos asumir como responsabilidad nuestra el bombardeo de La Moneda, los desaparecidos y los torturados.



Mucho tiempo antes de que Guastavino descubriera la luz, numerosos militantes de la izquierda marxista chilena habían cuestionado el stalinismo y rechazado la invasión soviética de Checoslovaquia, entre ellos los socialistas. Otros habían reconocido de manera temprana los errores cometidos durante la Unidad Popular.



Pero la existencia de errores no significa que la única salida de la situación planteada por la crisis fuera el golpe militar. Solo en ese caso Guastavino, nuestro Paulo tardío, tendría razón. Ello porque el golpe y la dictadura contrarevolucionaria de Pinochet y sus corifeos civiles y militares representarían una consecuencia necesaria de la crisis generada por la UP. Pero esto no es así.



Guastavino aparece en esta entrevista como un intérprete inexperto de los procesos políticos, pese a su larga carrera de hombre de aparato y de ideólogo marxista leninista. Constituye un error propio de un estudiante de parvulario confundir dos tiempos históricos totalmente distintos, separados por un quiebre, para enseguida unirlos por un lazo causal, como si el terror hubiese sido la única salida y no hubiesen existido varias otras. Los errores de la Unidad Popular explican su fracaso pero no hacen necesario el golpe como desenlace y mucho menos la dictadura revolucionaria de carácter capitalista y antipopular.



Las conclusiones culpógenas de Guastavino conducen a análisis aberrantes. Aplicando su extraña lógica habría que afirmar, por ejemplo, que la República de Weimar fue responsable de los crímenes de Hitler. Esa conexión, aun reconociendo que esos gobernantes cometieron gruesos errores, es simplemente una tontería, pues las decisiones que condujeron a Auschwitz y Buchenwald no están vinculadas con la fase precedente por una lógica de necesidad histórica.



De la misma manera, el Pinochet déspota no es creado por la crisis del 70-73, sino por las estrategias de los que eligieron el golpe como solución y luego optaron por instaurar una dictadura en la que se vinculaban proyecto y terror, eliminando o contaminando con crímenes a los enemigos de esa posición.
Además, Guastavino se confunde al analizar los discursos de los partidos de izquierda del 70-73. Tiene razón al presumir de manera implícita que los discursos no son inofensivos pues crean realidad social. Por tanto en los momentos de crisis ellos pueden provocar climas paranoicos. Eso es real desde el punto de vista histórico, pero Guastavino en esa parte de su discurso se coloca en el nivel del análisis moral y jurídico. En esa dimensión del análisis del nuestro bolchevique arrepentido las intenciones no son hechos punibles, aunque hallan constituido gruesos errores desde el punto de vista político estratégico.



Por otra parte, las Fuerzas Armadas conocían muy bien la capacidad militar de la Unidad Popular. Su debilidad patética se había puesto en evidencia en el "tanquetazo". Por tanto los estrategas de los estados mayores golpistas actuaron con grados muy bajos de incertidumbre. Ellas sabían muy bien que los discursos apologéticos de la violencia eran realizados por "profetas desarmados". Desde que Pinochet se pliega al golpe, la suerte de la Unidad Popular estaba echada.



Por tanto, la violencia usada no tiene relación con la necesidad de reducir a los combatientes de la Unidad Popular, si no con las exigencias de terror del proyecto que se impone, una dictadura abocada a instaurar un "nuevo capitalismo".



De nuevo se equivoca Guastavino cuando, volviendo al sitial moral, juzga la violencia anti- dictatorial. Personalmente no creí nunca en ella, pero no por motivos de legitimidad sino de eficacia. Basta leer el libro Operación Neltume, publicado recientemente por Editorial LOM, para captar el carácter desigual de las fuerzas. Baste decir que los guerrilleros no tenían armas en el momento en que fueron atacados y estas (llegadas recién) estaban a días de camino por la montaña.



Pero el aspecto principal es otro. La violencia contra un régimen democrático no puede igualarse a la contra violencia ni puede juzgarse como si fuesen del mismo tipo. Además, no me imagino qué mayor castigo pueden sufrir la gran mayoría de quienes participaron en esos desiguales combates. Están muertos o fueron torturados y presos. ¿Quiere Guastavino que los manden al infierno?



El refrán popular dice que de buenas intenciones está pavimentado el camino hacia el lugar mencionado. Quizás el ex comunista Guastavino intenta realizar un ejercicio sincero. Pero la pasión por culparse y culparnos lo lleva demasiado lejos. Lo conduce a convertirse en un justificador. Decir que todos tienen la culpa es lo mismo que afirmar que no la tiene nadie.





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