¿Resistirá Kirchner al FMI? - El Mostrador

Jueves, 23 de noviembre de 2017 Actualizado a las 17:31

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¿Resistirá Kirchner al FMI?

por 18 agosto, 2003

Kirchner nos ha hecho olvidar que asumió el poder con sólo el 22% de los votos y nos demuestra que para hacer una economía de mercado más humana, se requiere por sobre todo decisión y coraje político. Hoy día la inmensa mayoría de los argentinos lo apoya. Estamos ante un Presidente que ha sabido acumular fuerza para su momento decisivo: la negociación con el FMI.

Intensas son por estos días las jornadas de negociación entre el gobierno de Argentina y la delegación del FMI en búsqueda de un acuerdo que regiría hasta la primavera de 2006.



Por el lado de los Estados Unidos los pronósticos son optimistas: el Subsecretario del Tesoro, John Taylor, declaró que tenía razones para creer que van a ser exitosos.



Hasta ahí, todo parece ir bien. El problema surge cuando nos adentramos en las condiciones que hay que satisfacer para ser "exitosos".



Así es, nuevamente el FMI saca su recetario ortodoxo exigiendo a Argentina que introduzca las llamadas reformas estructurales que en este caso específico consisten en una serie de medidas, entre las que se cuentan: aumentar las tarifas de los servicios públicos privatizados; compensar a los bancos por los efectos de la devualación del 65% en 2002, cuyas cifras entregadas ascenderían entre 3.000 y 4.500 millones de pesos; en materia fiscal exigen un ahorro mínimo del 3.5% del PIB mientras el gobierno aceptaría sólo un 3%, asimismo, exigen una pauta creciente de superávit fiscal del 2.5%, para el 2003, a 4%, el 2004; en materia tributaria el FMI pide que se reduzcan las retenciones y elimine el impuesto al cheque.



El Presidente Kirchner ha protestado. Los servicios públicos fueron privatizados en forma escandalosa bajo Menen, con enormes ganancias para sus compradores extranjeros. Cuando nueve millones de niños argentinos viven en la pobreza, aumentar el valor de los servicios públicos o apostar a tamaño superávit fiscal no aumentará el prestigio de la democracia de la Argentina ni la suerte de los pobres.



El recetario del FMI no apunta a la reactivación, que supone medidas activas por parte del Estado y de las empresas. Eso es, claramente, lo que se hace en Corea del Sur, Europa y en el propio EEUU. Este, país sede del FMI, ciertamente no es un modelo a imitar, pues su déficit fiscal asciende a cientos de miles de millones dólares. ¿Seguiremos con la política de "hagan lo que nosotros decimos que se debe hacer, pero que no hacemos nosotros"?



Nuevamente, nos encontramos con un cuadro donde lo que es bueno para este organismo financiero no lo es para el país prestatario. No es ningún secreto que las consecuencias distributivas de las decisiones económicas suelen desempeñar un papel secundario frente a lo que el FMI considera que es la gran mejora de eficiencia que impone la disciplina de mercado.



En definitiva, se trata de medidas que parecen desatender la situación económico-social en que se encuentra Argentina en la actualidad, que no sólo ha tenido una pérdida sustantiva del poder adquisitivo de su población, sino también que presenta niveles de pobreza que afectan a la mitad de sus habitantes y tasas de desempleo sobre el 30%. Todo ello, sin considerar que la responsabilidad del FMI en la profundidad de esta crisis es insoslayable ante el fracaso de sus políticas de "rescate", cosa que también ocurrió en países como Bolivia, Indonesia y Tailandia, por citar sólo algunos.



Nuevamente, el FMI prescribe la idea contenida en el refrán: "nunca deje que la realidad enrede su ideología".



Hagamos un poco de historia.



Mientras Argentina mostraba, a fines de 1998 y comienzos de 1999, señales claras de ralentización de sus tasas de crecimiento, se persistía -a instancias del FMI- en la mantención del equilibrio de la balanza comercial y de cuenta corriente para lo cual hubo que reducir drásticamente el gasto público y endeudarse el Estado para cubrir la falta de ingresos fiscales. Todo ello aunque sea casi de sentido común saber que en esas circunstancias la reducción del gasto público frena la inversión y el crecimiento.



En consecuencia, los consejos e imperativos de estos funcionarios internacionales se impusieron, mientras los altos tipos de interés contribuían a mantener el peso sobrevalorado y el déficit en cuenta corriente seguía creciendo, llevando a Argentina hacia una espiral recesiva en el 2000 y 2001. Así se llegó a un compromiso sin retorno con la caja de conversión. En cambio, Argentina pudo y debió haber devaluado, puesto que su sistema de tipo de cambio que había tenido una sólida justificación económica en una coyuntura de elevadísima inflación, no seguía teniéndola en un período de baja inflación, bajo crecimiento económico y un aumento del desempleo. Claramente se requería de flexibilidad y pragmatismo, bienes que parecen escasear por el lado de estos prescriptores internacionales.



No tener ese pragmatismo llevó a la democracia Argentina a un despeñadero. El promisorio gobierno de De La Rúa, el Frepaso, la UCR y el justicialismo se hundieron. Cuando llegó la cordura con el Ministro de Economía Lavagna, se corrigieron los excesos y Argentina recuperó la senda de estabilización. Un país tan rico en recursos naturales y humanos no puede estar condenado a la pobreza.



Hoy, como nunca, Argentina necesita un acuerdo con el FMI, pero un buen acuerdo. Uno que contribuya a viabilizar el proceso de cambio en que se encuentra abocado el Presidente Kirchner.



Desde este lado de los Andes, las señales son promisorias. Todo indica que estamos ante un mandatario, que quizás como ningún otro en las últimas décadas de Argentina, ha entendido que la profunda crisis de su país es principalmente política e institucional. Así se entienden sus decisiones de saneamiento del mando militar, policial y de la Corte Suprema. Exige juicio a las violaciones a los derechos humanos y no duda en juzgar la corrupción.



Estamos ante un Presidente que lo avala su trayectoria como Gobernador de la Provincia de Santa Cruz, en donde mostró disciplina fiscal acompañado de logros en empleo, seguridad social y previsión. Estamos ante un político de un talante progresista pero secundado por un cauteloso manejo de las cuentas públicas. Lo uno sin lo otro, se llama populismo.



Kirchner nos ha hecho olvidar que asumió el poder con sólo el 22% de los votos y nos demuestra que para hacer una economía de mercado más humana, se requiere por sobre todo decisión y coraje político. Hoy día la inmensa mayoría de los argentinos lo apoya. Estamos ante un Presidente que ha sabido acumular fuerza para su momento decisivo: la negociación con el FMI.



En consecuencia, sólo nos queda esperar que Argentina sirva de ejemplo para demostrar en América Latina y, especialmente hoy día en Brasil, que es posible una política económica que se diseñe desde nuestra realidad de países en vías de desarrollo, que reclaman el ejercicio de su soberanía y reconocen la necesidad de soluciones económicas socialmente más equitativas y pragmáticas.



(*) Investigador del CED, ingeniero comercial y doctor (c) en Management.



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