Valparaíso: ¿y dónde quedaron los creadores? - El Mostrador

Domingo, 19 de noviembre de 2017 Actualizado a las 15:21

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Valparaíso: ¿y dónde quedaron los creadores?

por 23 agosto, 2003

Cuando llega a Valparaíso un proyecto nacional de la Cultura, es quizás el momento para redescubrir espacios de convergencia ciudadana. Un espacio cívico que coloque en el tapete las condiciones de participación, transparencia y control ciudadano, para que la nueva institucionalidad de la cultura no sea monopolizada por las trenzas de la burocracia.

¿Es para la ciudad de Valparaíso una oportunidad el haber sido declarada asiento de la Cultura nacional?



La respuesta está llena de aprehensiones. Porque si bien se inserta con esta medida un elemento promisorio para la ciudad, ya que constituiría un hito de descentralización, se lo hace sin que hayan cambiado las formas de gestión que ha vivido la comuna por más de doce años. Se percibe una distancia entre la gente que produce cultura y las entidades de gobierno local y regional.



Lo que ocurre es que la burocracia cultural, cruzada por designaciones políticas o proselitistas, genera una visceral e instintiva desconfianza entre la gente de la cultura. Sobre todo porque en Valparaíso son muchas las malas experiencias que se retienen en la memoria. Por ejemplo, cuando se otorgó el primer Fondart de la V Región, la Asociación de Críticos denunció públicamente una situación oscura en las adjudicaciones.



Son muchos los damnificados por usurpación de ideas, son muchos los que se visten con ropa ajena y se legitiman luego en cerrados círculos. Hay competencias absurdas por levantar organizaciones, en vez de fortalecer un frente amplio y transversal capaz de generar proyectos de envergadura. La cercanía al poder puede asegurar algún apoyo logístico y alguna cobertura de medios, pero en esa opción hay que aceptar que el político use la tribuna y que los creadores pasen a ser una suerte de teloneros de esos eventos oficiales. Por eso, son muchos los creadores que prefieren tomar distancia de las esferas oficiales y no lo hacen por cuestión ideológica, sino que por una intuitiva reacción de resguardo de sus espacios de libertad, un valor que normalmente hay que resignar para disfrutar los oropeles del poder.



El medio de la cultura es de por sí un espacio ambiguo, donde no son todos los que están ni están todos los que son. Hay muchas personas que desconocen la forma de acceder a respaldos, auspicios o patrocinios. Y tratan de producir cultura a pulso, personas que editan sus cartillas y las venden en los bares, payadores, actores, pintores, que pese a sus talentos no llega a articular proyectos culturales sustentables. Son pocos los que se han subido a la tecnología y eso los deja en desventaja para promoverse en el contexto de la globalización. En cambio, hay personas que se han avecindado en la comuna y que cuentan con experiencia en el desarrollo de proyectos, ya sea por haberlos conocido fuera de Chile o por haberse capacitado en la materia. Para ellos la declaración de Patrimonio Cultural de la Humanidad es una real oportunidad.



Por otra parte, pesa sobre la comunidad porteña el centralismo, esa actitud displicente que se mantiene hacia la provincia. En el plano de la cultura, es normal que la producción de un evento cultural, de una exposición o de un proyecto integral, se confíe a foráneos, normalmente capitalinos, que traen una gran cuota de audacia y autoestima, pero también un profundo desconocimiento y muchas veces menosprecio de la realidad y producción locales.



En general, como dice el adagio, pueblo chico, infierno grande, se vive en la cultura local un ambiente cruzado por celos, frustraciones o zancadillas. Frente a eso, y habiendo tomado saludable distancia hace muchos años de estos espacios sociales, creo que es preciso recordar que hubo en Valparaíso quienes trabajaron en silencio, con inversión personal para generar cultura. Artistas que pintaron sus murales antes que vinieran los pintores nacionales a descubrir las escaleras del puerto. Artistas profundamente involucrados en la lucha por la recuperación democrática. Personas que demostraron valentía en los momentos en que ser contestatario era un riesgo vital.



Si se revisa quienes están hoy a cargo de la cultura o las fundaciones dedicadas a administrar patrimonio cultural, se observa que hay escasos protagonistas de esa época y que son otros los que hoy compilan material para darle contenido a este desafío cultural de ser patrimonio de la humanidad.



Cuando se especula sobre la llegada de apoyos millonarios a la ciudad, seguramente los que están preparando sus cartas para aprovechar esos recursos no son aquellos creadores dispersos, solitarios. Pienso que convocarse para volver a tejer un espacio de comunicación y tolerancia sería muy oportuno en este minuto, cuando coinciden los treinta años del golpe militar y se abre una etapa nueva para la ciudad en materia de inserción internacional.



Sin ánimo de sublimar épocas pasadas, cuando se vivían aquellos años de lucha libertaria, en medio de las protestas, de la represión, los poetas escribían, los artistas organizaban recitales, los pintores llenaban los muros de colores y en los recitales se exorcizaban desde la metáfora los miedos ciudadanos.



En Valparaíso, durante los años ochenta funcionó una mesa larga e integracionista, que mostraba transversalmente todas las posiciones y expresiones de los artistas y creadores, escritores, dramaturgos. Hablábamos de Poesía y Democracia, Claudio Francia pintaba su mural América Temprana en el Teatro Mauri, los recitales en el paseo Rubén Darío unían a poetas, músicos y actores, se editaba poesía en la ciudad de Valparaíso. Todo sin ayuda oficial. Cruzábamos los Andes y generábamos hechos políticos a nivel binacional, inventábamos programas radiales y convocatorias de gran simbolismo. Todo sin ayuda oficial.



En 1990, se creó el Centro Cultural Valparaíso, pero que murió al nacer, ya que se le quiso utilizar como plataforma proselitista de un político, con la nominación a dedo de la mesa directiva. En ese minuto, con esa falta de respeto, se mostraron los nuevos estilos de los noventa y la gente que participaba comenzó lentamente a tomar distancia.



Nadie buscaba que los creadores fueran gregarios, sindicalistas o que llegaran a consensos. Todos entendíamos que por esencia las personas creadoras son solitarias y críticas. Pero el común denominador que nos motivaba era un inclaudicable compromiso con la libertad. En esa época se trataba de abrir espacios para el disenso, espacios para que nuevamente las ideas flotaran en el aire, sin ser sofocadas por la censura, esperando cada cual, tener una pequeña tribuna para mostrar sus obras.



Lamentablemente, avanzado el gobierno democrático, los artistas fueron viendo frustradas sus aspiraciones, la cultura se convirtió en un circo pobre y los caudillos de turno menospreciaron la historia reciente y asumieron su rol burocrático, para terminar convirtiendo a la cultura en batucadas que animaban elecciones o imitaciones burdas de Xuxa y sus paquitas, dejando que el apagón cultural se precipitara sobre la ciudad.



Por eso, cuando llega a Valparaíso un proyecto nacional de la Cultura, es quizás el momento para redescubrir espacios de convergencia ciudadana. Un espacio cívico que coloque en el tapete las condiciones de participación, transparencia y control ciudadano, para que la nueva institucionalidad de la cultura no sea monopolizada por las trenzas de la burocracia.





(*) Consultor internacional, escritor y columnista



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