Isabel Allende: confesiones de una flautista encantada - El Mostrador

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Isabel Allende: confesiones de una flautista encantada

por 21 septiembre, 2003

Cuatro gatos, no son lo mismo que cuatro ratones, diría el Flaustista de Hamelín, y doña Isabel, tan aficionada ella a los flautistas.

El éxito es a veces un fracaso. La literatura está plagada de accidentes, de inconfesables desaciertos, pero de alguna manera las páginas verdaderas permanecen en el tiempo. Son tantos y subjetivos los factores que un crítico, el público y el tiempo suelen considerar para avalar una obra, que a veces es mejor dejar que el cuello del cisne salga a la superficie cuando los cocodrilos duermen la siesta.



Los lagartos de la literatura son personajes escamosos e insomnes, antropófagos, muerden de vicio, cazan moscas para probar sus instintos, depredan el aire, el hueco de las palabras y suelen echarse cenizas a los ojos para justificar su ceguera.



El bosque de los pigmeos crece en la imaginación de sacerdotisas y mancos del espanto en el nuevo extremo, Chile capitanía general de la prosa, si hasta la poesía cierra los ojos y deja pasar la carroza con el fiambre aún caliente.



Definitivamente las polémicas literarias, las críticas entre escritores, los comentarios en algunos medios periodísticos, han caído en la fosa común del olvido y el viento de la pequeña historia se lo lleva todo, porque los protagonistas no están a la altura del debate, ni de los tiempos, ni de la literatura misma, y menos del oficio de escritor.



Me refiero a las recientes declaraciones de la novelista chileno-estadounidense, Isabel Allende, al diario argentino La Nación, donde dispara de chincol a jote, ignora a Cervantes, Borges y nos refleja un olvido por las cosas fundamentales de Chile, algo imposible de creer, la confusión de los 11.



Confieso que leo todos los días La Nación y el contenido de la entrevista me pareció hondamente superficial, con afirmaciones poco afortunadas, donde según ella, la envidia le otorga universalidad y permanencia a un escritor en el tiempo. " Soy americana (...), un atentado terrorista destruyó las Torres Gemelas del World Trade Center (...) Nada volverá a ser como antes y yo gané un país", comentó al diario argentino que le preguntó de dónde sentía que era.



Curiosa respuesta de una escritora nacida en Lima, criada, educada, formada en Chile, sobrina de un presidente mártir en un 11 de septiembre de hace 30 años, hecho que marcó la vida a millones de chilenos, de América latina y del mundo entero, y a ella misma que aún no lo ha notado. Una frase de antología para el reino de la amnesia, motivo quizás de una próxima novela best seller: La huerfanita de las Torres Gemelas.



Sorpresa, sí, porque Claudio Arrau nunca dejó de ser chileno aunque se nacionalizó norteamericano y abandonó el país a una corta edad. Pidió ser enterrado en Chillán. La Mistral, en su pasión de odio y amor a Chile, con justificadas razones en esa época, no dejó de amar su patria chica del Valle de Elqui, y escribió sobre Chile, sus fantasmas. Matta, el pintor, hablaba de poto y era un chileno universal. Neruda, el viajero inmóvil, como lo calificó Rodríguez Monegal, porque en el fondo nunca salió de Chile. Violeta y Nicanor Parra, dos de nuestros emblemáticos artistas auténticamente nacionales. El "pije" Huidobro, poeta millonario, viajero empedernido, chileno al cubo. El mismo Gonzalo Rojas, profesor por 20 años en Estados Unidos, viajero incansable, siempre chileno.



Desde luego, cada cual hace con su vida y nacionalidad lo que estima conveniente, y busca sus propias raíces, porque un escritor sin raíces es como un pez sin agua. El trauma de Chile da para un barrido y un fregado. Cientos de miles de chilenos se insertaron en la vida de otros países, en los más apartados continentes. Pero, un escritor es un ave de otra especie. Y ahí vemos a Oscar Hahn, profesor hace dos décadas en Iowa city, y su lenguaje es uno de los más chilenos de la poesía chilena.



Isabel Allende contesta tardíamente, post mortem, a Roberto Bolaño, quien la calificó de escribidora antes de morir, y nos da una cátedra de ignorancia literaria, superficialidad, ni siquiera esnobismo, sino una desubicación absoluta, al referirse con clásico desacierto y desdén a un manco que escribió por todo el idioma castellano junto y a un ciego que estampó sus ficciones con tinta indeleble. "Los leen cuatro gatos", dijo la dama que ha hecho fortuna con la literatura, en esta época de "babas-lidades" publicitarias, contemplaciones frente al televisor, y muchedumbres absortas tras la perdida huella digital del hombre banal que no tiene méritos ni siquiera para servirle el pienso a Rocinante.



No conozco a Isabel Allende, no me parece una persona desagradable, me alegra y lo he dicho, que su obra se venda, que sea exitosa, me complace que viva de su trabajo, pero sus opiniones son de una superficialidad, banalidad de dueña de casa, que ofende a la literatura.



Bolaño puede estar contento, casi nadie lo ha leído en Chile, menos aún los escritores-detractores, e Isabel Allende se confesó que le pareció aburrido. "Eché una mirada a un par de libros y me aburrió espantosamente".



El autor de Los detectives salvajes le había dicho varias cosas, entre algunas, esta: "su glamour de sudamericana en California, sus imitaciones de García Márquez, su indudable valentía, su ejercicio de la literatura que va de lo kitsch a lo patético", para rematar: "Es decir: la literatura de Allende es mala, pero está viva, es anémica, como muchos latinoamericanos, pero está viva. No va a vivir mucho tiempo, como muchos enfermos, pero por ahora está viva. Y siempre cabe la posibilidad de un milagro".



Bolaño está entrando a Estados Unidos y con ello toda la literatura chilena, de mano del ícono femenino de la intelectualidad de ese país, Susan Sontag. Además, está traducido a distintos idiomas y es conocido y leído en Europa. Un prosista como pocos en Chile y no hablemos de los premios, porque todo es relativo, pero se los ganó también.



La escritora, residente en California y autora de ediciones con tirajes no soñados, 38 en Argentina de su primera novela, La Casa de los espíritus, sólo reconoció como verdaderos escritores permanentes en el tiempos Homero y Shakespeare. A los demás probablemente no los haya leído. Borges podía darse sus lujos, "boutades", decir que había leído poco, cuando fue tan importante como lector que escritor. Tenía un cheque en blanco con sus ficciones. Era discutido pero un indiscutible gran escritor.



El porteño, un enamorado del Quijote, consideraba que las primeras palabras del clásico español "deben ser estudiadas por todos aquellos que escribimos relatos". Yo las recuerdo de memoria, nunca se me han olvidado, y le aclaro que las aprendí de muy chico, dijo en una entrevista. En un lugar de la Mancha... El autor de El Aleph, reconoce la sinceridad de Cervantes como uno de sus grandes atributos en su obra: no nos miente en ningún momento. La inmortalidad del Quijote, según Borges, al igual que la de Hamlet, de Shakespeare, a la voz de sus autores, y podrían desaparecer todas las copias del Quijote en el mundo, pero se conservarían la imagen del hidalgo y de su escudero, porque ambos personajes son parte de la memoria de los hombres.



En 1605 se editó el Quijote por primera vez y estuvo lleno de fe de erratas. Sin embargo, tal fue el éxito, que ese mismo años se lanzaron seis ediciones más en Madrid, dos en Lisboa, dos en Valencia, y otra en Barcelona. No estaba globalizado el mundo, no existía Internet, ni las computadoras, ni el marketing. Tampoco se obligaba en los colegios la lectura del manchego personaje. Comparable con Harry Poter en un mundo más pequeño con todas las desventajas. Con la diferencia, que Mr. Harry no durará como La isla del tesoro, ni El Principito, ni Pinocho y tantos clásicos inmortales, de había una vez con Hansel y Gretel. Cervantes, con una vida llena de infortunios, envidiado, murió con la sonrisa de la posteridad en los labios. "Más versado en desdichas que en versos", dijo Miguel de Cervantes, a quienes le negaban su condición de poeta.



La virtud de todo lo bueno en literatura es ser siempre reciente, recordaba Borges, con relación a Oscar Wilde. George Moore, citado por el autor de El Hacedor, dice que el éxito, por lo general, un atributo del sensiblero. Todo esto con relación al olvidado Quevedo, que creía más en las palabras que en los sentimientos. Para gozar a Quevedo, sostenía, hay que ser hombre de letras. La perfección no le ha permitido tanta universalidad y menos ser traducido a otros idiomas, reconocía.



La publicidad sin duda es de un alcance tan vasto en su daño en la cultura, como el SIDA en el cuerpo humano, corroe la imaginación, pudre el seso, y aviva el espanto, se apodera del alma y la lanza al basurero delante de tus ojos con tu propio consentimiento.



No esperamos a Sartre y Camus en la escena del siglo XXI, Cortázar y Arguedas, García Márquez y Vargas Llosa, pero tampoco este tinglado de cuarta categoría, submundo de la tierra de nadie, como si un idiota hablara al mismo tiempo en todos los canales.



El poeta chileno, Armando Uribe opina que lo más llamativo de Isabel Allende, flamante premio José Donoso 2003, es que ella asegure una y otra vez que la resistencia que encuentra en el medio literario chileno se debe a que los escritores locales no le perdonan el enorme éxito de ventas que ha alcanzado.



"Pobre señora; ella cree que la envidian, y eso me parece divertido, porque sería como envidiar un comercio exitoso. La literatura no tiene nada que ver con el comercio de libros", sentenció Uribe Arce, uno de los poetas más originales de Chile, a un diario de ese país suramericano.



Cuatro gatos, no son lo mismo que cuatro ratones, diría el Flaustista de Hamelín, y doña Isabel, tan aficionada ella a los flautistas.





* Periodista, escritor y poeta chileno residente en Panamá.

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