Honold, reflexiones en torno de un premio - El Mostrador

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Honold, reflexiones en torno de un premio

por 1 noviembre, 2003

Se sabe: no siempre la base social, otrora llamada la ciudadanía, camina sobre los mismos carriles por los que transitan las autoridades que -pareciera desde siempre- la manda, le prohíbe o graciosamente le permite. Y a medida que nos adentramos en la intrincada contemporaneidad este divorcio tiende a hacerse mayor.



Aquellos hacen guerras a destajo, los ciudadanos piden paz. Y pan, desde luego. Los gobiernos limitan, las personas buscan amplitud; el poder es proclive a dictar olvidos, los pueblos se aferran a la memoria; unos abren paso a toda costa al mercado reglador, las personas suelen elegir la solidaridad. El poder no trepida en dañar el tejido social, si conviene a los intereses de quienes lo detentan, mientras que los ciudadanos procuran, como pueden, su cicatrización. La organización exige identificar, el llano prefiere la identidad. La dicotomía así planteada origina contradicciones insalvables. Los gobiernos se suceden, los pueblos se renuevan, la historia late.



Su latido es audible en los grandes asuntos que moldean el presente y el futuro de las sociedades, pero también se lo advierte en los pequeños que afligen la cotidianidad. Los ciudadanos europeos despertaron de una manera con el timbrazo de la economía en crisis lego que las torres neoyorquinas fueron destruidas; comprendieron que habían abandonado su lugar en el escenario mundial. Los ciudadanos estadounidenses comprendieron, finalmente, después de Afganistán que su rol se tornaba parecido al de sus iguales romanos hace 22 siglos, cambiado el circo por los jueguitos del computador.



Lejos de los escritorios y conferencias donde se toman y rubrican las grandes decisiones, el ciudadano de Amsterdam tanto como el de Santiago, tomemos por caso, comienza despertar convertido en mero habitante de un imperio, aun informe pero voraz. "Hemos ingresado en la era del imperio -inicia de este modo Giulietto Chiesa La guerra infinita-. Y el imperio entró en guerra".



Teatro sin protagonistas



Después de que los pequeños hobbits cumplen su misión, son aniquiladas las huestes de Sauron y el rey vuelve a ocupar su trono, Frodo y sus amigos regresan a la comarca. Entonces Tolkien nos pone ante una paradoja: el país de la gente pequeña se ha salvado, pero sus habitantes ignoran la guerra que comenzó en su territorio -y de algún modo iniciada por uno de los suyos- y no les interesa en absoluto lo que sucederá con la Tierra Media, su mundo.



Los hobbits, aferrados a sus tradiciones, son ignorantes. Pero no mucho más que nosotros. Los casi 6.000 millones de personas que somos no tenemos contacto con el producto de nuestro trabajo, nuestras relaciones sociales tienden a convertirse en epidérmicas, remedos del parentesco y la amistad, valores que pretenden moldearnos, no conocemos a nuestros mandatarios, que se convierten apenas los elegimos, en dirigentes, y con tendencia dinástica como señaló Chiesa en este mismo diario el 17 de octubre de este año -La memoria, la revolución, la herencia-.



La mundialización de la economía implica, en el esquema actual, la globalización de la cultura. Lo supone a su vez mayor difusión de la información entre los países. Ello no sucede, al menos en la prensa tradicional. Los temas a los que accedemos -sin duda importantes- se limitan, considerando las últimas semanas, a medio ocultar el desastre iraquí, las incursiones israelíes y las bombas humanas en Palestina, los incendios forestales en California, las boutades berlusconianas, la crisis política en Gran Bretaña, la carrera política de un actor menor y una serie de etcéteras que atraviesan la superficie de la vida de las élites.



Somos partiquinos en una obra de teatro sin protagonistas cuyo texto es una incógnita.



El conocimiento, sí, pero además la acción



El conocimiento, "reflexionado" como sabiduría, claro que nos hace libres en una dimensión interna, profunda, inalcanzable a ciertas formas de opresión. Pero es la acción, el movimiento, la autodeterminación lo que nos permite vivir libres en sociedad y -por lo menos- acotar el apetito de Leviatán. Y los ciudadanos buscan cauce para autodeterminarse. Aquí, en Bolivia y en Copenhagen.



Un ejemplo: el próximo martes 4 de Noviembre, a las 11, en el Salón de Honor de la Universidad de Chile -Casa Central- 15 organizaciones sociales entregarán el Premio Ciudadano al Urbanista Destacado al arquitecto Juan Honold. Los organizadores dejan establecido que no se debe confundir este homenaje con la premiación que entregarán las autoridades de gobierno por estos días a otra persona.

Honold, dirán esas organizaciones, es respetuoso del medio -del natural y del humano-
e impulsor de la participación ciudadana en la elaboración de las políticas públicas; dirán, asimismo, que es partidario de un concepto racional de planificación urbana, en contraste con las ideas neoliberales y mercantilistas que -asegurará quizá Juan Pablo Cárdenas, director de la radio de la UCH- erróneamente impulsan las autoridades



Para concretar estas reflexiones no está de más nombrar a quienes discernieron el premio: Agrupación Defendamos la Ciudad, Asociación Chilena de Voluntarios, Capítulo Chileno del Ombudsman, Cívika, derechos ciudadanos, Ciudadanos por Valparaíso, Ciudadanos por Viña del Mar, CODEFF, Chile Sustentable, Foro América, Fundación Terram, Greenpeace-Chile, Instituto de Estudios Río Colorado, Movimiento Acción Ecológica, Movimiento Aquí la Gente y Red Nacional Ecológica (RENACE).

Acaso un día las personas -que no esa entelequia de "la gente"- recuperemos el escenario. La obra está por escribir.


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