La riqueza natural como capital crítico - El Mostrador

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La riqueza natural como capital crítico

por 16 diciembre, 2003

Cuando se sostiene que el actual modelo de desarrollo que orienta las políticas económicas y sociales en América Latina no es sustentable y que más bien nos condena al empobrecimiento, muchos alzan la voz para oponerse ferozmente, incluso recurriendo a la descalificación. Una de las acusaciones más comunes es el rótulo de "estar en contra del desarrollo". Sin embargo, ya deberíamos tener más o menos claro que, nuestras economías pueden crecer mucho, nuestras exportaciones pueden diversificarse y ocupar plazas importantes en los mercados del mundo, incluso, podemos ser un punto estratégico -como el Canal de Panamá- por donde pasa el comercio mundial entre los distintos continentes, y no obstante, ser un continente pobre, donde abunda la exclusión y en el que la desigualdad es una constante histórica desde los tiempos de la conquista española.



Como sostiene el premio Nóbel de Economía 2001, Joseph Stiglitz, a pesar de las promesas realizadas en las últimas décadas del siglo XX en cuanto a la reducción de la pobreza, el actual número de pobres se ha incrementado en 100 millones de personas. Esto ha ocurrido al mismo tiempo que la economía mundial ha crecido en un promedio de 2,5 puntos porcentuales anuales.



Ante esto, los ideólogos del crecimiento económico insisten en la necesidad de redoblar los esfuerzos para acelerar la expansión de la economía. Uno de los problemas con que se topa esta argumentación es la disminución de la capacidad productiva de los ecosistemas naturales. La información que proviene de organismos internacionales no deja de ser preocupante: la mitad de los humedales del mundo se destruyeron en el siglo pasado; la actividad forestal y la sustitución por especies exóticas han reducido los bosques mundiales a casi la mitad; cerca del 9% de las especies mundiales de árboles están en riesgo de extinción; la deforestación tropical excede los 130.000 kilómetros cuadrados por año; la flota pesquera es 40% mayor a lo que los océanos pueden sostener; cerca del 70% del stock mundial de peces marinos está siendo sobre explotado o están siendo capturados en sus límites biológicos; la degradación de los suelos ha afectado a dos tercios de los suelos agrícolas mundiales en los últimos 50 años; el 20% de los peces de agua dulce se ha extinguido, y está amenazado o en peligro de extinción.



Lo desconcertante es que los partisanos a todo evento de las soluciones de mercado, ideológicamente alineados al Fondo Monetario Internacional y las corporaciones multinacionales, son considerados voces respetables del sentido común en nuestra América Latina, mientras las justas demandas por nuestros derechos caen en la categoría del radicalismo o del comportamiento patológico.



Debemos hacer notar necesariamente que la presión impaciente sobre los ecosistemas se ve favorecida por algunas características que rigen la contabilidad de la inversión y del consumo. En los modelos de evaluación macroeconómica, no está considerado el costo real que significa la extracción de los recursos naturales. Es así como la disminución de la selva tropical, en la medida que tenga como objeto la producción de alguna mercancía para la exportación o el consumo en el mercado interno, será registrado como un incremento en el ingreso económico sin que se haga el menor descuento por la pérdida de un capital natural difícilmente recuperable. En nuestros sistemas de contabilidad macroeconómica, los recursos naturales no son parte de la riqueza de un país, tampoco se les considera un bien de capital, a pesar de que sí constituyen riqueza y son un bien de capital crítico. De hecho es el capital más abundante de América Latina y lo que explica categóricamente, la presencia de la inversión extranjera en nuestro continente desde tiempos inmemoriales.



Son muchas las señales de que la capacidad de los ecosistemas está en una fase descendente. El agua dulce, por ejemplo, es una de las víctimas de éste fenómeno. Hoy la mitad de este vital líquido inmediatamente disponible en los ríos se está extrayendo, y la interrupción de los caudales es tal que la cantidad de tiempo promedio que demora una gota de agua en llegar al mar se ha triplicado. Por otra parte, las intervenciones forestales y la destrucción de bosques se han traducido en una menor disponibilidad de agua, como es el caso de los humedales dulces, que han quedado reducidos a la mitad en todo el mundo. En cuanto a la calidad del agua, la degradación en zonas industriales o urbanas es sustancial, mientras que en las regiones agrícolas la contaminación por nutrientes y químicos es un problema grave. De hecho, en las últimas dos décadas se ha multiplicado la frecuencia de proliferaciones de algas relacionadas con la contaminación por nutrientes.



Respecto al dióxido de carbono, la capacidad de la naturaleza para almacenarlo se ha visto reducida de modo importante, especialmente por la transformación de bosques en tierras agrícolas que mantienen menos vegetación. De hecho, este fenómeno contribuye con más del 20 por ciento al volumen anual de dióxido de carbono en la atmósfera, que además es responsable del efecto invernadero.



Un paso importante es tomar conciencia de estos problemas, a fin de que podamos cambiar nuestras conductas y hábitos culturales. Para ello es importante revalorizar nuestras riquezas y utilizarlas de manera inteligente y racional. En esta dirección, integrar el costo y la depreciación del capital natural en nuestras cuentas macroeconómicas, es evidentemente un progreso significativo, puesto que ello nos permitirá disponer de la información adecuada que favorecería una asignación eficiente y racional, no para cualquier desarrollo, sino para el "buen desarrollo" que provea educación, salud y alimentación, no sólo para esta generación sino también para las futuras, buscando mantener la productividad de nuestra riqueza natural.





(*) Economista. Director Ejecutivo Oceana America del Sur

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