¿Feliz año nuevo? - El Mostrador

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¿Feliz año nuevo?

por 30 diciembre, 2003

La navidad es una fiesta hogareña que nos invita a pensar nuestra vida a la luz de lo más profundo de nosotros mismos: sentido existencial, religión y familia. Y la fiesta de año nuevo nos impulsa naturalmente a realizar un balance del año que se fue. Como ciudadanos es bueno que nos detengamos también a reflexionar acerca del curso de nuestra sociedad, del hogar público.



Si hacemos un balance, este no ha sido positivo: la desconfianza ha caído pesadamente sobre nuestras autoridades. Las acusaciones de corrupción en contra de algunos parlamentarios y altos ejecutivos públicos, más las denuncias de conductas indecorosas y de pedofilia en contra de algunos jueces y representantes populares, hablan a las claras de un año doloroso para la ética pública y la confianza ciudadana.



Esto es malo pues la legitimidad de las democracias y las riquezas de las naciones depende de la confianza. Son los autoritarismos los que recurren a la fuerza para imponer su voluntad. Recordemos las calles de Chile en 1983. Y no andan bien las democracias que viven entre enfrentamientos callejeros y represión policial. Recordemos a nuestro país en junio de 1973. Las democracias se basan en la legitimidad, es decir, en que sus ciudadanos consideran digno de apoyo activo a sus gobiernos y decisiones. Una democracia no resiste un estado de cosas en que los ciudadanos no están dispuestos a acatar sus políticas en forma voluntaria y sin necesidad de estar a cada rato convenciéndolos o forzándolos a ello.



Del mismo modo, las naciones poderosas son aquellas que son ricas en capital. Por cierto un país es fuerte si tiene mucho capital físico expresado en fábricas, máquinas, aeropuertos, puertos y carreteras, etc. Pero su fortaleza depende mucho más de la calidad y cantidad de sus personas. Entre más sano, educado, creativo, laborioso y libre que sea su pueblo, más fuerte será la nación. Es lo que se llama hoy, con dudoso humanismo, "capital humano". Y, finalmente, está el "capital social". Este consiste en las normas morales que unen a las personas en relaciones de confianza, reciprocidad y cooperación. Un pueblo dividido o de ladrones no podrá acometer nunca grandes acciones.



En democracia se parte de la base que las normas serán respetadas. Porque ellas, como señala la filósofa Adela Cortina a quien seguiremos en las próximas líneas, "no son sino expectativas de comportamiento generalizadas en una sociedad". Nadie podría vivir en una sociedad donde tema que en cualquier momento será asesinada o defraudada. Partimos de la base que los pactos se cumplirán, que lo dicho es verdad y que nuestros derechos, tranquilidad y buen nombre se respetarán.



Por eso es grave la erosión de la confianza en nuestras instituciones públicas. Así ellas pierden credibilidad y fuerza. Y nuestros ciudadanos se desmoralizan pues ya no saben en quien creer. Y se sienten solos e indefensos en medio de las acusaciones de corrupción. Surge lo que se llama "cinismo democrático". El ciudadano común piensa en que sus dirigentes invocan el Bien Común y el Derecho, pero en el fondo lo que buscan es su propio interés y respetan la ley sólo cuando les conviene.



¿Cómo recuperar la confianza pública? Realizando actos dignos de ella. Haciendo pequeñas promesas y cumplirlas. Decir públicamente lo que se piensa en privado y haciendo lo que se dice que se hace. Y que nuestra ciudadanía tenga una opinión pública autónoma, informada y crítica.



El año 2004 nos deparará la maravillosa oportunidad de recrear la confianza pública. En octubre tendremos elecciones municipales donde se nos presentará la oportunidad de someter a examen a nuestras autoridades democráticas. Porque, a diferencia del empresario, del dueño de un medio de comunicación social, del dignatario eclesiástico o del oficial militar, los políticos democráticos dependen de la confianza que el mayor número de ciudadanos deposita en ellos.



Por eso es clave votar en forma crítica e informada. Así asumiremos la lección del 2003, que junto con la debilidad moral de algunos, también demostró la fortaleza de nuestra judicatura que no dudó en enjuiciar a poderosos agentes públicos. Y esa crisis obligó a poner límites a los gastos electorales, financiar públicamente y en parte las campañas junto con modernizar el Estado. Las crisis son oportunidades de crecimiento. La elección democrática de octubre debe ser una selección de los mejores. Que quienes aspiran a continuar en sus cargos nos digan qué porcentaje cumplieron de la promesa hecha en las elecciones pasadas y que se hizo un contrato con su comuna al ser electos el 2000. Y quienes quieren iniciar un nuevo mandato nos presenten con claridad su persona, equipo y plan de trabajo. Eso es lo que evaluaremos el 2004 y tendremos a la vista el 2008 en una nueva auditoría ciudadana. Y, por favor, a los que gasten millones en sus campañas, recordémoles que ya sabemos de donde salen esos fondos.



Se nos va un año cargado de escándalos públicos. Pero si éstos nos sirvieron para ser mejores ciudadanos y mejores políticos, despidamos con alegría el 2003 y enfrentemos el 2004 más esperanzados.



Director Ejecutivo del Centro de Estudios para el Desarrollo.

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