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Sólo en la medida de lo posible

por 6 enero, 2004

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Con el Golpe Militar de 1973, se pensó que sólo se abriría un "paréntesis institucional" en nuestra sólida tradición democrática. Los propios militares no sabían cómo seguiría todo después del bombardeo a La Moneda, la muerte del Presidente Allende y el estado de sitio que por tanto tiempo se prolongara en nuestra vida y costumbres. Como ha quedado demostrado, el propio Pinochet llegó tarde a la conspiración y entre los caudillos uniformados pasarían largos meses antes de definir un rumbo y consolidar los equipos civiles que colaborarían con su gobierno.



Recién ahora se aprecia que los 17 años de dictadura constituyeron la verdadera revolución o contrarrevolución. Trece años han pasado desde que a Patricio Aylwin recibiera la banda presidencial y lo cierto que este proceso de "Transición a la Democracia" tiene poca cara de concluir en favor de un sólido régimen republicano, en que el pueblo -Ä„vaya que palabra tan antigua!- asuma realmente como el soberano y se dé una Constitución, un régimen electoral y un orden económico, social y cultural inspirado y dirigido por las mayorías, pero que respete el disenso y los derechos humanos de todos los chilenos.



El triunfo del "No" en el Plebiscito de 1989, al final nos llevó a decirle un más que prolongado "SÍ" a la institucionalidad pinochetista, a las iniquidades e inequidades del régimen económico, cuanto a la impunidad negociada entre los que se siguieron y se reincorporaron a la política cupular, todavía más acotada que en los albores de nuestra independencia. La gesta histórica de los uniformados encuentra hoy reconocimiento en los equipos económicos de la concertación gobernante y no son pocos los diputados y senadores que se complacen en el sistema electoral binominal y en privado, por supuesto, lo reconocen como una de las genialidades de régimen anterior. Se piensa que sin esa representación casi idéntica de mayorías y minorías en el Congreso Nacional, la "política de los acuerdos" habría sido imposible y las demandas ciudadanas habrían forzado a los nuevos moradores de La Moneda a hacer efectivas todas las promesas que se prodigaron durante la etapa de las protestas que convencieron al Dictador y a los Estados Unidos de la conveniencia de poner término al régimen unipersonal.



El destino del Poder Judicial fue el que mejor escapó a la solución negociada. Pero, finalmente, esta entidad del Estado tiene por misión aplicar las leyes que le dictan los otros poderes del Estado y su funcionamiento en gran medida depende del presupuesto anual de la nación, que propone cada año el Ejecutivo y sanciona el Congreso. Ello explica la relativa independencia practicada por los tribunales en materia de Derechos Humanos y el surgimiento de algunos jueces que en el mundo entero se les reconoce arrojo al procesar y condenar a algunos agentes de terrorismo de estado. Sin embargo, es evidente que el juicio y castigo a Pinochet, después de su detención en Londres y regreso a Chile, se consagraría como uno de los imposibles consignados en esa lamentable advertencia de que sólo se haría justicia en la medida de lo posible.



Bajo el mismo predicamento es que se le oponen "razones de estado" a la posibilidad de revisar las turbias transferencias de empresas fiscales a la propiedad privada durante el régimen militar y se le da orden al Consejo de Defensa del Estado de que no investigue los negociados que atañen al hijo del ex dictador y regatee hasta el último peso de las indemnizaciones que los jueces han definido para reparar de alguna forma los horribles crímenes cometidos por agentes del Estado. El caso más emblemático, como se sabe, es de la joven quemada Carmen Gloria Quintana, quien ha debido gastar elevadísimas sumas para sus gastos médicos, sin que todavía reciba un peso de reparación



Desde luego que hay que reconocer un sinnúmero de buenas obras e intenciones de este período pos pinochetista. Nuestra apertura al mundo en una realidad palpable por los exportadores y las numerosas giras presidenciales, en las que nuestros tres últimos mandatarios siempre son recibidos por júbilo entre sus pares del mundo y los ávidos inversionistas extranjeros. George Bush nos tiró las orejas a propósito de la actitud de nuestro embajador, ya depuesto, en el Consejo de Seguridad de las Naciones, pero después nos ha tributado todo tipo de elogios y comprometió a su país en un tratado de libre comercio que nos deja prácticamente incorporados a ese firmamento de estrellas que integran la bandera del país más poderoso de todos los tiempos. Siendo un país chico, hemos sido capaces de un maqueteo político envidiable dentro del coro de naciones cuyos méritos y deméritos son evaluados por el Fondo Monetario Internacional.



El problema es que hemos llegado a una situación de alto riesgo. La impunidad consagrada en tantos aspectos ha dado origen a un evidente desarrollo de la corrupción. Nepotismo, indemnizaciones millonarias, sobresueldos a altos funcionarios públicos, irregularidades en las licitaciones fiscales y nuevos asaltos al erario fiscal avalan el desprestigio actual de la política, el desencanto popular y la renuencia de los jóvenes a asumir sus derechos y obligaciones ciudadanas. Los partidos políticos ocupan el último lugar en la credibilidad y hasta la Iglesia Católica pierde confianza y prestigio ante el extremo conservadurismo de sus pastores y los escándalos clérico sexuales largo tiempo soterrados.



En la medida de lo posible los jueces encargan reos a algunos políticos, pero ya se ve que la mayoría de ellos saldrá inmune gracias a los resquicios legales y las presiones que se siguen ejerciendo a través de los poderes del Estado en sólida connivencia con los poderes fácticos. Finalmente, porque el tiempo que pasa desinteresa a los medios de comunicación, favorece la prevaricación y, porqué no decirlo, ablanda a la propia opinión pública. La misma que exige la cabeza de los más terribles delincuentes y, con los años, se compadece de su comparecencia al cadalso.



Hasta las redes de pederastas son abrigadas por los poderes políticos y del dinero. Pero, por grave que sea, cada nuevo escándalo tapa a los anteriores: las próximas elecciones dependerán de la capacidad que las fuerzas en competencia tengan de desacreditar a su adversario. Hasta ayer, ganaba la Alianza por Chile. Hoy, no cabe duda que la Concertación se viste con los errores del bando contrario. La cosa es aproximarse a los comicios con más dardos envenenados. Las ideas y las promesas ya no valen un comino. Lo único que se nos ofrece es más de lo mismo, el tiempo consagra el legado pinochetista. Todo se vale cuando los bandos políticos se convierten en bandas y la impunidad respecto de los crímenes de ayer justifica el uso de micrófonos, cámaras secretas en la intimidad de los adversarios. Los nuevos periodistas buscan fama en los métodos que ayer se repudiaron. El reitin sobre los principios de ética claramente establecidos por el Colegio de la Orden.



Todo se favorece, también, con la incapacidad demostrada hasta aquí por la sociedad civil de hacer prosperar nuevas opciones, desarrollar nuevos instrumentos políticos y emprender esfuerzos por desplazar a la casta gobernante. La izquierda extraparlamentaria escindida y dominada por liderazgos de papel. Los estudiantes de la FECH divididos en un indescifrable abanico de listas y opciones que hablan más de las diferencias de sus padres y abuelos que de los temas y desafíos del presente y el provenir. Las organizaciones sociales y gremiales sacudiéndose demasiado lentamente de los instructivos partidistas y de los recursos que les proporcionan sus propios grupos fácticos.



A 30 años de aquel 11 de septiembre de 1973, qué duda cabe que el país es otro. Se coincide que los chilenos vivimos en mayor inequidad y menor solidaridad que antaño. Somos un país más moderno, más globalizado, pero perdemos identidad cultural. Acumulamos bienes y servicios, pero nos quedamos sin utopías. Una escritora nacional recientemente nos observaba que de Chile sólo nos quedaba el paisaje, pero según los ecologistas hasta éste ya arriesga un provenir catastrófico, como las de nuestra convivencia.



"La alegría ya viene" cantaba el himno del NO a Pinochet y nos encaminamos a cumplir el mismo número de años que éste gobernó en esta Transición en la medida de lo posible. Y que a ratos avizora más una nueva desgracia más que una genuina democracia.



(*) Periodista. Director de la Radio de la Universidad de Chile

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