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Ligas mayores

por 7 enero, 2004

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Chile ha ingresado a las ligas mayores, junto con Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua. Así lo afirman nuestros líderes, quiénes se felicitan por ello. Utilizan este concepto - si se puede llamar así a esta denominación un poco ridícula por ser tan ajena a nuestra cultura - para celebrar los tratados autodenominados de libre comercio,} que todos estos países acaban de firmar con los EE.UU.



Los países centroamericanos firmaron hace unos días el pacto llamado apropiadamente en inglés CAFTA (Central American Free Trade Agreement) y los parlamentos de Chile y los EE.UU., como se sabe, acaban de ratificar el TLC, o FTA en inglés, firmado antes por sus respectivos gobiernos -tras seis horas de discusión parlamentaria en el caso de nuestros diputados-.
Los tratados que EE.UU. ha firmado con todos estos pequeños países no son, como se sabe, ni tan libres ni tampoco equilibrados, según señaló el canciller brasileño Celso Amorín y lo declaró el premio Nóbel de Economía, Robert Stiglitz refiriéndose al TCL chileno; o como ha manifestado Costa Rica, el más avanzado de los países centroamericanos, que se restó -en razón de ello- del CAFTA, o como expresaran con su actitud los países que se retiraron de la reciente reunión de la OMC en Cancún, encabezados por Brasil e India. También se retiró Chile, como rechazo de precisamente lo que había aprobado en el TLC.



Como es sabido, EE.UU. ha impuesto en estos tratados condiciones que no se refieren al libre comercio -sino a otras materias que son primordialmente de su interés- sin ofrecer nada a cambio, puesto que las materias relevantes que nos interesan, como la eliminación de las barreras para-arancelarias o los enormes subsidios agrícolas, no aceptaron incluirlas en estos tratados y son derivadas por ellos a foros como la OMC.



Las materias no comerciales incluidas en los tratados referidos obligan a los socios menores a ofrecer condiciones de protección excepcionales a las inversiones estadounidenses, otorgando a dichos inversionistas condiciones discriminatorias respecto de los empresarios nacionales en el propio país, como ha dicho Stiglitz. Nuestros negociadores se defienden aduciendo que los inversionistas chilenos gozan de las mismas ventajas al invertir en los EE.UU.



En el papel eso es así, pero no mencionan la enorme desproporción de los flujos de inversiones en uno y otro sentido, y no se refieren tampoco a que está por verse a quiénes les irá mejor en las eventuales reclamaciones de perjuicios. La facultad de los inversionistas extranjeros, establecida en los tratados, de recurrir ante tribunales si el Estado anfitrión modifica alguna condición supuestamente en su perjuicio -facultad que ha sido ejercida en contra de Canadá en el caso del NAFTA- pudiera volverse en contra nuestra bien pronto, si es que el Estado chileno, por ejemplo, decidiera poder término a la absurda situación actual en la cual se discrimina a favor de las empresas mineras nada menos que regalándoles su materia prima, es decir, dándoles acceso sin cobro a nuestros excelentes yacimientos.



Por otra parte, se abdicó en los tratados la utilización de herramientas de regulación del flujo de capitales probadas y muy bien evaluadas, como el bien ponderado encaje aplicado por el Banco Central de Chile en tiempos de Zahler y Ffrench-Davis (Ä„Como hemos retrocedido desde entonces en este ámbito!). Esta facultad ha quedado limitada ahora sólo para el caso que exista una grave perturbación al respecto -lo que parece difícil de argumentar en momentos de fuerte ingreso de capitales externos, como el actual, que es precisamente cuando correspondería aplicar el encaje, como se hizo a principios de los años noventas.



Otros capítulos no comerciales de estos tratados se refieren a patentes y propiedad intelectual y otros, todos ellos asimismo de interés principalmente de los EE.UU.
En lo que se refiere al comercio propiamente tal, EE.UU. impuso sus condiciones en forma muy asertiva, sin mucho derecho a pataleo, como pueden atestiguar los dirigentes empresariales que participaron en las negociaciones. Nuestros agricultores del sur, entre otros, han alegado bien clarito que el TLC los perjudica gravemente. La CUT ha rechazado el tratado, posiblemente influida por el hecho que en México los salarios reales son inferiores y el desempleo mucho más elevado, tras una década de haber adherido ese país al NAFTA.



Sin embargo nuestro líderes y nuestros negociadores, nuestros máximos dirigentes empresariales y nuestros economistas -en realidad casi todos ellos parecen ser hoy en día economistas- dicen que lo anterior ni es tan cierto ni importa tanto. Porque está demostrado, dicen, desde los tiempos de David Ricardo, que con el libre comercio ganan todos. Y si no miren a Chile -remachan- que se abrió al comercio antes que sus vecinos y ahora se encuentra mejor que todos ellos. A decir verdad me parece que estos señores son bien cortos de vista.



¿Es que realmente creen el cuento de que los Estados modernos estuvieron todos equivocados -o que no habían leído a Ricardo- cuando aplicaron a lo largo de todo su desarrollo diversas políticas de protección a sus empresarios y líneas estratégicas de desarrollo? ¿Piensan realmente que nuestros países y todos los que conformaron durante el siglo XX el amplio conjunto de países subdesarrollados, aplicaron sus políticas estatales desarrollistas sólo como producto de la ignorancia? ¿Piensan realmente que dicho comportamiento fue sólo el resultado de presiones de grupos, en perjuicio del progreso general de los mismos países?



Porque el proceso histórico concreto muestra en cambio, a mi juicio bien a las claras, que: 1) los Estados nacionales soberanos constituyen la institución más genuina de la modernidad capitalista; 2) todos los Estados modernos, especialmente aquellos que hoy conforman el mundo desarrollado, han ejercido a su arbitrio las políticas económicas que más les ha convenido en cada período de su desarrollo -a veces aperturistas, a veces proteccionistas, pero siempre discriminando a favor de sus propios empresarios y siguiendo estrategias definidas de desarrollo nacional-; 3) la competencia entre los empresarios ha derivado en competencia entre sus respectivos Estados -la que ha llegado incluso al extremo de la guerra en numerosas ocasiones, arrastrando al mundo entero a dos conflagraciones mundiales en el caso de los países europeos-; 4) ahora los mismos países capitalistas pioneros de Europa, al darse cuenta que incluso ellos mismos son individualmente muy pequeños para poder ejercer soberanía en las condiciones actuales, están dando forma a una nueva forma de supra-Estado, la Unión Europea.



Hacia el 2050 y aún antes según un reciente estudio del Banco de Inversiones Goldman-Sachs, las grandes potencias mundiales van a ser, probablemente, y en este orden, China, India, Europa Unida, EE.UU., Rusia, Japón y Brasil. Esas son las verdaderas "ligas mayores" que hoy día se están gestando. ¿Vamos a quedar los chilenos al margen de las mismas? ¿O, por el contrario, vamos a decidirnos de una vez por todas a seguir una estrategia seria y consecuente para compartir soberanía en alguno de esos grandes grupos?



En las verdaderas ligas mayores del siglo XXI, a Chile le caben algunas opciones soberanas. Podemos intentar ser como Suiza, por ejemplo, un país pequeño que se ha mantenido más o menos autárquico y neutral; claro que para lograrlo con éxito le ayuda a ese país el haber realizado -los señores y los gremios de artesanos y mercaderes de Berna- su revolución moderna en 1528, un siglo antes que Inglaterra y dos siglos antes que Francia.



A mi juicio nuestra opción soberana parece bastante evidente y no es otra que construir con nuestros iguales de América Latina, principalmente con Brasil Argentina y México, un espacio soberano grande y compartido. Es en ese espacio grande donde podemos concurrir, junto a los otras naciones asociadas, a implementar las grandes estrategias estatales de desarrollo, adecuadas a la etapa actual de desarrollo socio-económico de nuestra región.



El nuevo desarrollismo adecuado a esta época es diferente al que nuestros Estados implementaron durante el siglo pasado. Allí se trataba de construir las infraestructuras, industrias y servicios sociales que nuestra estructura social de entonces, predominantemente agraria tradicional, no era capaz de generar por si sola, como había sido el caso en los países de desarrollo capitalista más temprano. Hoy día, en cambio, y como fruto principalmente del esfuerzo desarrollista anterior que culminó en algunos casos en francas revoluciones sociales como en Chile, y también en parte como resultado de las reformas liberales posteriores, contamos con una estructura socioeconómica más o menos moderna.



En este nuevo contexto, si quieren acceder a la soberanía, corresponderá a los Estados latinoamericanos asociados, asumir en el siglo XXI el tipo de esfuerzos desarrollistas que los Estados capitalistas más avanzados asumieron durante el siglo XX. En nuestro caso, ello deberá considerar, entre muchos otros aspectos, desarrollar una institucionalidad económica común -políticas arancelarias, fiscales y monetarias comunes o coordinadas, etc.-; proveer una moderna red latinoamericana de comunicaciones, es decir, súper carreteras, ferrovías rápidas, telecomunicaciones y de energía; desarrollar una infraestructura Latinoamericana de ciencia y tecnología, así como apoyar algunas industrias que por sus dimensiones requieren de apoyo estatal, como la aeronáutica y espacial, entre otras, así como desarrollar las modernas instituciones de protección social -educación, salud, previsión y protección contra el desempleo, así como la legislación laboral y otros aspectos- que conforman los modernos estados de bienestar.



También deberemos avanzar hacia el tipo de formas de coordinación política y desarrollar una capacidad de defensa y seguridad común; tal como señala la experiencia Europea. Ese es, a mi juicio, el camino que nos conduce de verdad a integrarnos a las ligas mayores del siglo XXI.



Por cierto que podemos también continuar por el camino en que vamos, junto con otros pequeños países centroamericanos. Como afirmaba hace poco el diario inglés Financial Times, los países pequeños tienen una alternativa si no quieren decidirse a construir con sus iguales un espacio más grande que pueda aspirar a la soberanía en las condiciones actuales -el tipo de país pequeño a que se refería el diario era el Reino Unido-. Y dicha alternativa es, de acuerdo al Financial Times, convertirse en vasallos obsecuentes de los EE.UU.



A mi me parece un asunto de primordial importancia sacar estas decisiones de las manos de los economistas que las adoptan actualmente y pasarlas a los estrategas de verdad - incluidos por cierto los muy profesionales estados mayores de las FF.AA., los cuales ojalá bien pronto se terminen de depurar de sus resabios pinochetistas y neoliberales y se integren plenamente a estas materias; y otros escalafones que bien urgente parece reconstruir: nuestra burocracia civil del Estado, tan vapuleada en Chile por el anarquismo burgués neoliberal predominante, pero que ha sido decisiva en el pasado -en Chile y en todas las demás historias exitosas de desarrollo nacional-.



En definitiva pareciera que respecto de estas materias, a diferencia de lo ocurrido hasta el momento, en que se lo ha mantenido deliberadamente al margen, se hace indispensable involucrar al soberano mismo, es decir a la ciudadanía toda.



mriesco@cep.cl



(*) Centro de Estudios Nacionales de Desarrollo Alternativo (CENDA).




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