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Miedos, muros y recintos vigilantes

por 16 enero, 2004

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Allí donde no hubo "inercia de lo construido" en épocas clásicas, es decir fuera de Europa y Asia y de algunos excepcionales centros coloniales hispanoamericanos y africanos, la expansión de la ciudad moderna y posmoderna exhibe una vocación originaria por los muros y recintos invisibles, que no por invisibles aparecen menos poderosos y eficaces. La ciudad medieval y renacentista aspiraba a recogerse, a unir y a proteger a la comunidad levantando murallas perimetrales contra la amenaza exterior, mientras que la metrópolis moderna derriba aquellos murallas y se compartimenta en función de los conflictos internos, se protege contra sí misma mediante barreras interiores de orden social, económico y de casta.



Situación completamente inimaginable en América latina, los centros históricos de la mayoría de las ciudades europeas permiten aún la convivencia espacial de habitantes de la más diversa extracción social, y la actividad o posición del individuo no corresponde necesariamente a su colocación en determinadas zonas de residencia dentro del complejo urbano. Mezclada con las directrices de los muros invisibles de la modernidad, sobrevive allí una idea de urbe que atraviesa horizontalmente las barreras de la condición social y económica, porque el peso de la herencia urbanística representa un valor que nadie se permite despreciar. Realidad que permite la reproducción en el tiempo de un fuerte sentimiento de pertenencia y de uso de la ciudad, compartido incluso por los más recientes inmigrantes que proceden de otros continentes y culturas.



En Chile el sueño de una democracia popular dirigida políticamente estuvo también vinculado al imaginario de la cittÅ• futura de gramsciana memoria, heredero a su vez de la utopía renacentista. Ahora todo aquello es cuerpo muerto y olvidado, arrancado de raíz por la fuerza de los vientos que nos han arrastrado, con el espíritu del tiempo, en una dirección opuesta. La expansión urbana se entrega hoy exclusivamente a la caótica avidez de la especulación privada, el plan regulador es considerado un resabio burocrático y de esta manera la ciudad se convierte en una radiografía de los altibajos de fortunas y bancarrotas de trayectorias irracionales. El resultado está a la vista: la ciudad funciona a ciegas generando resentimiento, envidia y arrogancia, lo bello se pierde incrustándose en lo feo, y el principio supremo pretende imponer segregación y desintegración social. Modernización rigurosamente vigilada. Pero nunca se puede vivir tranquilos: la metrópolis moderna no genera sólo seguridad para unos pocos, porque es también escenario del crecimiento incontrolable de una nueva multitud.



Significativamente, las grandes transformaciones urbanas en todo el mundo han sido siempre un aspecto de la represión de movimientos revolucionarios, asumen el signo de la venganza restauradora. El miedo tremendo que provoca una insurrección popular ha dejado huellas gigantescas, grandiosas reconstrucciones espaciales preventivas que el tiempo ha venido adornando y dotando de nuevos significados. Un famoso americanista europeo que ha visitado en estos días Chile tras treinta años de ausencia se muestra abismado por la transformación chilena y adopta fundamentalmente una categoría para explicar la situación actual: el miedo.
El terror a la plebe como vector de un programa de transformaciones que abarca todos los aspectos de la vida pública, especialmente la evolución urbana. Tal como en el siglo XIX, cuando la casta de los criollos fundó un país y diseñó sus instituciones y espacios vitales sobre la base del pavor a la participación popular en la edificación de tal ambicioso proyecto.



En Chile el "pueblo" ha sido y es sinónimo de oscura amenaza, de peligro contaminatorio que hay que mantener relegado en desmesurados y anónimos arrabales. La ciudad se va configurando así como una secuencia de espejos de miedos y desconfianzas, en fuga permanente del contagio y la confusión. El impulso definitivo para el giro resolutorio lo proporcionó, desde luego, el golpe de timón de los primeros años setenta, cuando el miedo al derrame popular generó la reacción genocida que todos recordamos y un "rayado de la cancha" urbana de innegable claridad. "Progresistas" y "reaccionarios", como antaño "pipiolos" y "pelucones", organizan y consolidan sus reductos y ecosistemas lejos, lo más lejos posible, del vientre de la ciudad, del "centro", concepto que ahora va perdiendo rápidamente significado tradicional, y de las vastas extensiones suburbanas donde relegan a la plebe, a espaldas de la imagen que de la ciudad ofrece la publicidad oficial.



Sin embargo, estos procesos nunca han alcanzado realmente sus objetivos, nunca han sido unidimensionales y no lo son tampoco hoy, no hay un "final de la historia", porque los espacios que han sido aparentemente abandonados, o definitivamente inscritos como habitat marginal, casi colonial, van siendo incesantemente ocupados por fuerzas vivas que protagonizan una vida propia que a menudo se convierte en lo más vital y moderno que puede ofrecer la metrópolis a los ojos de un forastero que sabe mirar. Se van configurando así escenarios con una fuerte identidad que, a contrapelo de las inversiones dictadas por la "mano invisible" del mercado, van creando cultura material, literatura, arte, intercambio económico, resistencia al olvido: una multitud que se va reapropiando de los antiguos centros y barrios urbanos y le va pisando los talones al burgués en fuga, infiltrándose y usando los resquicios metropolitanos que el poder no ha tenido más remedio que conceder, no sin profunda desconfianza y temor. Los muros y barreras invisibles pueden comenzar a exhibir, entonces, impensadas brechas e imperfecciones, y pueden resolverse en definitiva como inútiles tentativas de organizar una impecable segregación. La multitud acabará llegando a todas partes, no cabe duda.





(*) Profesor, Universidad de Turín, Italia.


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