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Terrorismo y sanción penal: ¿Una decisión correcta?

por 24 marzo, 2004

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Primero que todo, y despejando desde ya cualquier duda que pueda quedar, debo decir que el atentado de Madrid es, desde todo punto de vista, injustificable y horroroso. Sin embargo, la sola circunstancia de resultar injustificable no puede ser suficiente para enfrentar el tema del terrorismo sin la perspectiva y la racionalidad que un tema como éste merece. Sobre todo si, como espero, nuestro objetivo común sea prevenir nuevos atentados.



Una cosa es, entonces, justificar una conducta terrorista y, en consecuencia, no solamente darle un sentido, comprenderla dentro de múltiples factores, sino también considerar que aquella conducta es irreprochable; y otra muy distinta, es intentar comprender una situación, en los distintos factores que la generan. Esto último y no lo primero, es lo que pretendo hacer en estas líneas.



Los hechos, en general, no suceden porque sí. La mayoría de las veces pasan porque existe un conjunto -a veces más amplio, otras más reducido-, de factores que determinan la sucesión causal de los hechos, generando un resultado. Lo primero es, entonces, intentar comprender cada uno de estos factores, ver sus relevancias, sus preeminencias e intentar darle un sentido a la conducta que generan. Por eso los terroristas son, a diferencia de lo que piensa algunos, muy distintos entre sí. Lo que los une (pero es sólo un factor, entre muchos otros) es la decisión -a veces menos irracional que otras- de que la vía violenta es el único camino que les permitirá resolver los conflictos no solucionados.



El primer error, es, entonces, querer sostener criterios únicos respecto de estas conductas, señalando, como de hecho lo hizo el Ministro del Interior español, que todos los terroristas son iguales. Los terroristas son similares en tanto y cuanto han decidido utilizar el camino no democrático y violento como medio para obtener sus objetivos; eso es indudable, pero de ahí no se deriva que todos sean iguales, sino por el contrario, que sólo una circunstancia menor, el mínimo común denominador del conjunto de factores, les es similar. ¿Qué tienen en común la ETA, al Qaeda, la Yijad Islámica Palestina, los Tigres de Tamil y las FARC de Colombia? Quizás nada más que el hecho de haber decidido utilizar la vía armada como herramienta para alcanzar sus objetivos. Es imprescindible, por tanto, indagar en cada una de ellas, lograr identificar todos los factores que permiten que haya gente que quiera entregar su vida en una causa violenta, si lo que queremos es reducir la violencia.



Insisto: no pretendo justificar el terrorismo, sólo que me niego a pensar que la respuesta a la violencia sea aplicando mayor violencia. Me niego a pensar que a través de la violencia armada o la sanción penal, podamos terminar, o incluso impedir que hechos trágicos como el del día jueves 11 de marzo se vuelvan a repetir. Quiero sostener tres hipótesis diferentes con soluciones distintas, incluyendo, todavía, una hipótesis actual de nuestra propia realidad.



Supongamos que no fue ETA, sino Al Qaeda (o algún grupo islámico relacionado con Al Qaeda) la que ha sido responsable de los atentados contra los trenes en Madrid. La hipótesis no es, por cierto, antojadiza, ya que aunque el gobierno español ha insistido -creo, majaderamente, y algo de razones políticas habrá en ello- en sostener la autoría de ETA, algunas pistas concretas que ligan a este grupo terrorista islámico con los atentados, permiten sostener lo contrario.



Si fue Al Qaeda la que ejecutó el atentado, entonces las explicaciones del mismo son otras. Ya no se trata de un grupo separatista de una provincia española que ha luchado permanentemente por la separación del pueblo vasco; no se trata, en definitiva, de un grupo armado que, a decir de Baeza, se originó en las fauces de distintos seminarios vascos como resistencia a la dictadura de Franco.



Se trata, por el contrario, de un grupo fundamentalista islámico que responde a otras ideas, a otros objetivos y a otros estímulos. Grupos que perfectamente sienten que la agresión de España a Irak -aun cuando nosotros podíamos justificarla- no tenía justificación y era simplemente una agresión ilegítima. Y aun cuando en el atentado murieron o fueron heridas personas trabajadoras (incluso mucha de ellas opositoras a la invasión a Irak), lo cierto es que para estos grupos, probablemente, cada una de las víctimas civiles de la guerra en Irak tenía el mismo derecho a vivir.



Se podría decir, frente a este argumento, que en Irak había una guerra, en cambio lo de Madrid es un acto terrorista. Y eso es correcto, sólo que lo es desde nuestra perspectiva, desde nuestra interpretación de los hechos. Quizás ellos piensan que todavía están en guerra, que ante la magnitud armamentista de Estados Unidos y sus aliados, planear una guerra en los términos que nosotros la consideramos es un suicidio; quizás piensan, y en esto algo de razón hay, que la guerra no es simplemente mandar tropas y luchar entre fuerzas enemigas, sino que entran a batallar también (por sobre todo con la tecnología actual) diversos mecanismos muy sofisticados para provocar daño y temor en el enemigo. Por lo demás, cada una de las bombas que cayeron sobre Irak pretendía provocar el mismo efecto.



Ahora bien, si efectivamente el atentados es de la ETA, entonces, todo el eje de la cuestión cambia. Ya no es lo mismo que si hubiera sido la organización islámica. Por el contrario, sería mucho más difícil comprender el atentado y, probablemente, incluso la misma gente que alguna vez apoyo a ETA, y que continuaba apoyándola, estará más reacia a seguir haciéndolo.



Pero hay algo que nos debe llamar a la reflexión, a saber, la cuestión de cómo es posible que un grupo terrorista (que por lo demás lleva casi cuatro décadas actuando en España), puede mantener apoyo y capacidad humana para poder mantenerse activo. Quizás la forma en que se ha actuado en España con ETA, en general, excluyéndola de la cuestión social, apresando a sus miembros y condenándolos cada vez a penas mayores, no hace sino ser un aliciente que, y eso es lo paradójico, termina por justificar la existencia de la misma organización. Esta es, en definitiva, mi preocupación central, o sea, que muchas veces nuestra forma de solucionar estas cuestiones, de terminarlas, más que cumplir ese efecto, se transforma en una combustible que lejos de apagar el fuego, lo aviva.



Quiero sostener, por ultimo, que toda la experiencia internacional nos debería enseñar mucho respecto de cómo resolvemos nuestros conflictos, que aunque escasos, pueden ser potencialmente fuentes de tremenda violencia. Me refiero, en particular, a la situación indígena. La particularidad de este conflicto es que es una materia no resuelta por nosotros, que ha estado permanentemente generando conflictos que, aunque en distintos niveles, nos debe llamar a actuar con toda la prudencia que un tema como este requiere.



La situación con los mapuches, con toda la complejidad que tiene, requiere de la mayor atención por parte de nuestras autoridades, que en definitiva conduzca a la pérdida de legitimidad de los grupos más radicales, no a través del uso de la violencia y la exclusión, sino que mediante el diálogo, las negociaciones y las concesiones mutuas. Por el contrario, intentar mitigar el conflicto mapuche, como creo que está ocurriendo en el sur, con la sanción penal, puede terminar siendo la peor de las soluciones. No se trata, en definitiva, de entregar todo lo que estos grupos exigen; no se trata de arrodillarse y entregarse al "enemigo"; se trata, simplemente, de evitar, en serio, que aquel que piensa distinto a nosotros, se transforme en nuestro enemigo. Y eso, sólo se logra con el diálogo, con la conversación, con la comprensión de los intereses del otro.



Probablemente nunca dejaremos a todos contentos, eso es una realidad, pero al menos el margen de legitimidad para una actuación como la que ocurrió en España, será tan mínimo, que nadie estará dispuesto a justificar un acto como ése y, lo que sería mejor, nadie estaría dispuesto a pertenecer a una organización como ésa.



Sin embargo, nada de esto es fácil. Por el contrario, se nos sigue invadiendo con el clásico discurso peligrosista, en el que siempre hay una emergencia, siempre hay un peligroso, un enemigo, alguien al que hay que eliminar, enfrentar, castigar y aniquilar. En definitiva, se nos sigue argumentando con un discurso del odio. Este discurso, por cierto, es unidireccional, termina en la guerra, en el conflicto y, extremadamente, en el exterminio. ¿Por qué? Porque al enemigo se le aniquila, no se le integra, no se dialoga con él, no se rehabilita, ese es el problema. El diálogo, a decir de Christie, nos permite acercarnos al otro, comprenderlo, entenderlo o, simplemente, conocerlo.



En definitiva, el diálogo nos permite deconstruir la imagen diabólica que tenemos sobre el otro, acercándolo mucho más a lo que nosotros somos. Creo firmemente que la mediación, el acto de mediar para encontrar puntos en común, puntos de inflexión y, sobre ellos, trabajar, es el mejor mecanismo para evitar que actos como el de 11-M vuelvan a pasar. Debemos preferir eso antes de dejarnos llevar en el juego de la violencia, de la sanción, del círculo vicioso de la no comprensión.



El diálogo, debe estar, aunque nos duela, siempre por delante. Siempre hay una primera oportunidad de dialogar y esa es la vía que hay que explorar, sentarse con quien piensa distinto, entender por qué hace aquello que nos perturba y nos atemoriza. Por último, y aquí termino, siempre hay algo que puede ser peor que lo otro; siempre hay algo que puede ser peor que el atentado a las torres gemelas o al tren de Madrid, pero lo único que nos puede permitir que eso termine es el diálogo y no, como sostienen muchos políticos, la violencia. Conversemos con quienes tenemos problemas, busquemos fórmulas de mediación, entendamos por qué quieren algo que nosotros no queremos dar. Tratemos, en definitiva, de no convertirlos en nuestros enemigos.







* Ignacio Castillo V. es abogado del Grupo de Estudios Penales
de la Universidad Diego Portales.

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