Vueltas de Lavín y concepciones morales - El Mostrador

Martes, 20 de febrero de 2018 Actualizado a las 02:20

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Vueltas de Lavín y concepciones morales

por 11 mayo, 2004

Hace algún tiempo, no más de un mes, el Ministro Insulza levantó un debate -que, como suele ocurrir en Chile, despareció en pocos días- al referirse a las concepciones religiosas de Joaquín Lavín, líder de la oposición chilena. En efecto, el Ministro Insulza se mostró cauto ante el supuesto fanatismo de la prelatura (Opus Dei) a la que, el alcalde de Santiago, adhiere.



Ante los embates del Ministro, que las caricaturas políticas tienden a asimilar a un tanque, el representante de la derecha indicó que, en la arena política, deben dejarse de lado las cuestiones relativas a la religión. Básicamente, discurrió el alcalde, las concepciones morales pertenecen a la vida privada de las personas y no deben ventilarse en los espacios de discusión pública donde ellas -las concepciones- no importan ("no respondo a los ataques personales", indicó entonces).



El tipo de respuesta que Lavín entregó, en sentido estricto, supone admitir una división tajante entre la vida privada y la vida pública. Este tipo de respuesta, sin embargo, parece un tanto extraña en un católico ferviente, como espero demostrarlo.



En efecto, la distinción anterior supone que la vida privada es el espacio en donde las personas desarrollamos nuestra verdadera personalidad, donde nos configuramos en nuestros aspectos más íntimos que, luego, en el espacio público, escondemos bajo un disfraz de neutralidad. La vida privada sería, bajo esta separación, el espacio donde las personas nos mostramos tal cual somos, con todas nuestras fortalezas, pero también con importantes debilidades.



La vida pública -insisto, bajo esa separación que subyace a las declaraciones iniciales de Lavín-, en cambio, sería el espacio donde nos despojamos de aquellas características que nos constituyen como individuos y, para ello, el disfraz de la ciudadanía ayuda bastante. Esa condición de neutralidad, donde nada molesta, donde todo sirve, donde yo no discuto y no quiero que discutan conmigo, se lograría con el disfraz, como digo, de la ciudadanía. Dicho de otra forma, la condición de ciudadano nos permite aparecer en las discusiones públicas sin la carga y peso de nuestras concepciones morales.



Como se aprecia, esta distinción entre espacio privado y espacio público exige que las personas nos despojemos, para concurrir al foro público, de nuestra individualidad. Es decir, que todas esas circunstancias que nos configuran en nuestra verdadera personalidad, queden entre las cuatro paredes de nuestras casas pues, al foro público, a ese espacio en donde se discuten los asuntos de relevancia para la sociedad, debemos concurrir provisto de total neutralidad. Nuestra concepciones morales, obstarían a ese logro.



Este tipo de respuesta, empero, es contradictoria con la que un católico ferviente debería entregar. En efecto, un católico ferviente, creyente de Dios pero, además, respetuosamente fiel a las órdenes de las máximas autoridades eclesiásticas, debería sostener una unidad entre el espacio privado y el público, esto es, una continuidad entre la vida privada y la pública. Es que la religión entrega a sus fieles respuestas frente a la pregunta de cómo deben desarrollar sus vidas y, generalmente, además, respuesta sobre la forma en que deberían resolverse las cuestiones, por ejemplo, de justicia social, de planificación familiar, en materias económicas y otras más (cuestiones públicas).



El caso de la religión católica no es la excepción; así, dicta a sus fieles pautas para que adecuen sus actuaciones diarias a la voluntad de Dios -los mandamientos-, pero también les entrega respuesta sobre cómo deben resolver los asuntos relativos al espacio de lo social -a través de las doctrinas sociales de la Iglesia y otras-. Dicho de una forma distinta, la religión católica exige de sus fieles una continuidad entra la vida privada y la pública. Por ello, entonces -estemos o no de acuerdo-, no ha de extrañar el llamado que el Cardenal y otras autoridades eclesiásticas hicieron a sus fieles diputados y senadores para votar en contra de los proyectos que atentan contra la doctrina de la Iglesia (divorcio, píldora del día después, por nombrar algunos).



Tampoco debe extrañar, entonces, que por estos días se realice un nuevo llamado desde los cargos más altos de la Iglesia. Esa orden, manifestada por el Cardenal, reclama de los alcaldes, fieles a la Iglesia, hacer uso de la objeción de conciencia para no cumplir con las órdenes del Gobierno de distribuir, entre los consultorios de sus comunas, la píldora del día después.



Por lo anterior, tampoco debe extrañarnos la voltereta de Joaquín Lavín en este tipo de polémicas, pues, luego de afirmar -en su entredicho con Insulza- que esas cuestiones pertenecían al espacio de la vida privada, frente al llamado del Cardenal a los alcaldes no tuvo problemas en señalar que, si la religión de los alcaldes les ordenaba acatar la voluntad de Dios por sobre la orden del Gobierno, la primera debía perdurar.



El paréntesis en que había ubicado las cuestiones relativas a la religión, cede en este caso por las mismas razones por las que, en un primer momento, se activó: afanes electorales.



Algunos otros asuntos de importancia surgen de este tema. No es cosa del pasado el que algunas de nuestras autoridades adopten decisiones sobre la base de sus concepciones religiosas que, de esa forma, terminan imponiéndose sobre la de los demás pasando por alto su voluntad al elegirlos. Tal fue el caso de la alcaldesa de Lo Barnechea. ¿Todavía es preciso preguntarse acaso las concepciones religiosas (y morales, en definitiva) de nuestros representantes, importan?





*Domingo Lovera Parmo es abogado.

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