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El general que fingía

por 29 mayo, 2004

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El 11 de septiembre de 2002 fui a Manhattan al estreno del documental "El caso Pinochet" del chileno Patricio Guzmán. De eso escribí aquí en El Mostrador una columna el 22 de octubre de ese año. Era el aniversario - si se puede llamar así al acto terrorista- del desplome de las Torres Gemelas. Días antes los medios masivos repetían una y otra vez la tragedia ocurrida un año atrás. En algún comentario se decía que en esos tres días previos de aquel 11 de septiembre del 2002 la mayoría de los norteamericanos había visto caer las torres más de 50 veces.



También ese mismo día un largo artículo del New York Times -junto a más fotos y testimonios del atentado a las Torres- anunciaba el documental chileno en una de sus páginas principales. El artículo terminaba con estas palabras: "El Caso Pinochet sugiere que la justicia, aún una débil justicia que apenas tocó al general, puede dar una cierta satisfacción. Y en la situación de Chile, aquel caso transformó profundamente la memoria histórica de aquella nación. Ya no se levantarán estatuas de Pinochet por el país ni quedará como un libertador. Ni menos nada público llevará jamás su nombre".



Los 110 minutos que duró la proyección fue entrar al pasado de nuestro país. Pero a pesar de lo que dijo el columnista del "Times" en septiembre de 2002 , sin embargo -y después de ver el documental- aquella memoria en estos momentos continua profundamente dañada aun cuando el famoso juicio en Londres dejara universalmente una imagen tenebrosa del ex dictador ¿Pero entonces la detención de Pinochet realmente fue suficiente para curar tanto daño hecho? Es esa una de las tantas preguntas que parecer recorrer todo el documental de Patricio Guzmán. Y que los defensores de los Derechos Humanos en Chile, abogados, Familiares de Desaparecidos, no quieren dejar sin respuesta.



Ayer la Corte de Apelaciones de Santiago desaforó al ex dictador, aún cuando algunos le llamen el ex-presidente, el que nunca fue elegido por voto popular.



Lo interesante es que ahora la justicia chilena revierte aquel fallo categórico del gobierno británico. Lo que dijo aquel gobierno, a través de su ministro Jack Straw, se convirtió hasta entonces en una famosa frase histórica porque devolvió a Pinochet a Chile para no ser nunca extraditado a España. Además para dejar desesperanzados a los que miles queríamos un juicio. Un juicio al que daba las órdenes y tenía un plan definido para exterminar "subversivos y comunistas". Dijo el ministro británico : "El único factor en contra de la extradición del senador Pinochet la cual es potencialmente decisiva, es su estado actual de salud. Pero particularmente es su salud mental que le imposibilita enfrentar un juicio".



Hoy la frase parece no tener sentido nunca más. Ojalá así sea lo que vendrá. O será cierto que los criminales o genocidas no deben pasar el resto de su vida esperando apaciblemente la vejez mirando el mundo desde su casa de campo. O haciendo declaraciones a la prensa en Miami, mostrando que su mente está realmente lúcida y no trastocada y que, finalmente, lo que hizo el ex dictador fue fingir. Riéndose a escondidas (o con su familia y abogados) que nadie pudo tocarle un pelo después de aquella frase de Straw. Ni menos ponerlo jamás en la silla de los criminales. El asunto claro es que Pinochet no se ha imaginado nunca sentado como aquellos que sentaron en Nuremberg o aquellos que condenaron en los famoso juicios de Dachau, ciudad muy cerca de Nuremberg también.



Recuerdo que nadie en aquella sala donde se pasaba el documental de Guzmán, aquel 11 de septiembre de 2002 en Nueva York, pudo contener las lágrimas. Es que algo en el pecho se nos apretaba, especialmente con el comienzo tan estremecedor. Un grupo de familiares de desaparecidos esperan encontrar algunos restos, huesos, un pedazo de ropa que fuera de su familiar allá en el norte chileno. A muchos nada le entregaba aquella desolada tierra aunque se la escarbara con obstinación una y otra vez.



En el documental son impactantes los testimonios de familiares de desaparecidos o víctimas de torturas. Algunos de ellos -y que en Chile, antes de 1998, ningún medio informó que hacían en aquel país- fueron a España a testimoniar ante el juez Baltasar Garzón quien necesitaba oír de ellos mismos sus historias para luego formular y pedir la autorización legal a la justicia española y después a la justicia británica y concretar así la espectacular detención final de Pinochet en octubre de 1998. "Ningún juez antes de Garzón, ni siquiera durante el gobierno de Patricio Alwyn ni luego con el de Eduardo Frei recibieron a esa gente. Nadie antes de 1998 en Chile quería remover ni hablar -a nivel de justicia o de gobierno- sobre los torturados o la gente desaparecida durante la dictadura. Era la primera vez, en casi 26 años, que los recibía y escuchaba respetuosamente un juez", son juicios certeros del abogado Joan Garcés en el documental.



Y aún más cuando dice: "luego de haberse ganado en Inglaterra lo que nunca se pensó, hacer un juicio a Pinochet ; sin embargo todo después quedó en manos de la decisión política: el gobierno chileno pide a Londres que se le haga exámenes físicos a Pinochet y entonces se decide que mentalmente no está en condiciones de ser extraditado a España.". Luego de Londres el documental filma la llegada de Pinochet a Chile y aquella escena -tal si fuera un Lázaro que resucita- donde el enfermo se levanta de su silla de ruedas, camina y abraza sonriendo al general en Jefe de las Fuerzas Armadas chilenas de entonces.



Pero uno de los testimonios que queda grabado en los espectadores es el de una mujer cuando dice: "Siempre me preguntan que por qué no somos capaces de olvidar el pasado. Yo podría otorgar el olvido si es que los victimarios nos pidieran perdón por lo que nos hicieron Porque sin ese perdón nos están diciendo, y ante la historia chilena, que fue bueno lo que hicimos contigo, fue bueno matar a tu hermano, torturarte, violarte, fue bueno hacer desaparecer gente, fue bueno mandar al exilio a miles de personas".



Pienso que esas mujeres que testimoniaron en el documental, escuchando ahora la noticia que ocurrió ayer en Santiago de Chile donde se dice que el ex-dicatdor no está demente sino bastante sano para enfrentar un juicio, tienen esperanzas de vislumbrar el castigo al principal victimario de la dictadura chilena. Especialmente borrar para siempre aquella indignante, testadura y orgullosa última carta de la historia chilena que el ex -dictador envió el 5 de julio de 2002 al Senado chileno renunciando a su cargo vitalicio: "Por lo mismo, tengo la conciencia tranquila y la esperanza de que en el día de mañana se valore mi sacrificio de soldado y se reconozca que cuanto hice frente a las Fuerzas Armadas y de Orden, no tuvo otro fin que no fuera la grandeza y el bienestar de Chile."



La noticia de ayer no es para olvidar, sino para fortalecer la memoria y ofrecerla a nuestras generaciones futuras. También para tirar al fuego para siempre esa indignante carta del ex - general que fingía.



(*) Javier Campos es escritor y académico chileno. Profesor de la Universidad Jesuita de Fairfield, Connecticut, EEUU, y autor de "La mujer que se parecía a Sharon Stone" (RIL), libro de cuentos sobre "latinos" en el país del norte.

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